viernes, 27 de febrero de 2015

DE LOS ACADÉMICOS Y EL FUTURO DEL CINE

Leo en la página oficial de la Real Academia Canaria de Bellas Artes de San Miguel Arcángel (RACBA), que su función en el siglo XXI “es la de velar por la conservación del patrimonio para legarlo a las generaciones venideras”.



Su origen se remonta a mediados del siglo XIX, bajo las “nefastas” influencias francesas, y, al igual que otras instituciones parecidas, como el Ateneo de La Laguna, ha tardado más de un siglo desde la aparición del Cinematógrafo en incluir el cine como una de sus secciones. Se espera que, a partir de ahora, sea una de sus misiones la de conservar el legado cinematográfico.

En la reciente modificación de los estatutos, durante la presidencia de la primera mujer en la Academia (ha tenido que pasar más de un siglo y medio para que esto ocurriera), a las secciones de arquitectura, escultura, pintura y música se le ha añadido la de “Cine, Fotografía y Creación Digital”. Los primeros pasos consistieron en incorporar al fotógrafo Efraín Pintos como nuevo miembro de la Academia y a proponer a Jorge Gorostiza como nuevo numerario. Faltan ahora otros seis miembros para completar la sección, ya que en cada una de ellas hay un máximo de ocho académicos.

 

El acto se celebró en la actual sede de la Academia, en el edificio neoclásico de la recóndita plaza Ireneo González, que fue hace años la Escuela de Artes y Oficios y en el que se realizan ahora inútiles cursillos para aquellos que se mantienen a la espera de conseguir trabajo.

Los amigos de Jorge Gorostiza esperábamos en la pequeña sala de actos, rodeados de grandes y diversas pinturas colgadas en las paredes y donadas por otros académicos. Entonces sonó una música y todos nos levantamos para recibir a la procesión de académicos en número mayor a los asistentes, que acompañaban al nuevo académico y fueron a sentarse en sus asientos protocolarios, la plana mayor con la presidenta frente a nosotros, los numerarios a ambos lados y Jorge y el académico que lo presentaba cerrando un cuadrado frente a la presidencia y de espaldas a nosotros.

La extraña sensación de haber retrocedido en el tiempo se desvaneció de repente cuando con la ayuda de un palo se desenrolló una pantalla cubriendo el tapiz heráldico que presidía la sala y empezó la disertación del nuevo académico, ayudándose de técnicas ya del siglo XXI. Lo curioso era que la conferencia consistía en una historia de las continuas transmutaciones de la idea de pantalla, desde los orígenes del cine a la actualidad de la realidad virtual, y aquella pantalla donde se proyectaban las sucesivas pantallas del relato jorgiano era como una metáfora de las diversas y sorprendentes apariciones de pantallas en lugares antitéticos.

Las charlas de Jorge son siempre exhaustivas e inabarcables, en las que se aprecia un laborioso trabajo previo de documentación, el cuidado que pone en los detalles y en la búsqueda y selección de las imágenes ilustrativas, tanto si se trata del director artístico de una película española de los años 40 como si habla de Greenaway o de Cronemberg, dos de sus cineastas predilectos, a los que ha dedicado sendos libros, con la colaboración entusiasta de Ana Pérez.

 Jorge Gorostiza junto a Ana Pérez

Fue Jorge quien me convenció de que me llevara la cámara de vídeo a la isla de La Palma, cuando ambos coincidimos en uno de las primeras convocatorias de El Festivalito, allá en 2004, en calidad de  jurados de algunas de las secciones del festival. “Está lleno de actores y actrices y verás lo fácil que es rodar un cortito”, me dijo. Convenció a José Manuel Cervino y a Maite Blasco para que interviniesen en mi corto y Laly y yo conocimos a otros actores de Tenerife, a Javier de Martos y Fátima Hernández, con los que luego colaboraríamos. Este pequeño acontecimiento en nuestras vidas me animó a seguir haciendo cine, tras varios años de sequedad creativa.

La sencilla ceremonia de reminiscencias masónicas se desarrolló felizmente (a pesar de ligeros equívocos por el desconocimiento de la liturgia) y al final se le hizo entrega del correspondiente diploma, enrollado como un pergamino, apretones de manos, aplausos y posterior fotografía para la posteridad.

Nada más entrar en la sala, Aurelio Carnero nos recriminó con su sutil ironía, a mí y a Santi Ríos, la desconsideración de presentarnos sin la correspondiente corbata. Le recordé a Aurelio que ya hacía más de veinte años que, en el mediometraje “La ciudad interior”, lo incluí a él y otros amigos en una suerte de Academia, donde se refugiaban los amigos del protagonista para darle vueltas a sus contribuciones a la cultura en tiempos ya pasados y periciclados, pero en cuyo interior el tiempo no pasaba.


Imágenes de La Academia en "La ciudad interior"

Se me acercó el arquitecto Ernesto Valcárcel para recordarme su contribución pictórica en dicho film, pues yo necesitaba un taller de arquitectura para rodar una secuencia y me acordé que había visto una insólita exposición de sus pinturas en la sala de arte del Ateneo de La Laguna, que consistían en centenares de pequeños dibujos tamaño folio dispuestos en filas y columnas cubriendo todo el muro.





Tenía Ernesto su estudio en un pequeño edificio en Santa Cruz de Tenerife, cerca de la Plaza del Príncipe, y le pedí que cubriera también la pared con aquellos dibujos para el rodaje, que además se adecuaban a la idea de laberinto que subyacía en el film. A Ernesto no le disgustó la idea, y, una vez realizado el trabajo, mantuvo los dibujos en su taller durante un tiempo.


Cuando, hace unos años, y debido a una obra nueva que se llevaba a cabo junto a la casa, el edificio entero se desmoronó, destrozando por completo todas las instalaciones del taller, supo que debía abandonar la arquitectura y dedicarse en exclusiva a lo que había sido su pasión, la pintura.

Con Efraín Pintos también tocó hablar de otros tiempos, de la época en que estuvo ligado por amistad al colectivo Yaiza Borges y nos acompañó día tras día, durante un montón de meses de arduo trabajo, en la aventura suicida de realizar un largometraje que acabó no gustando a nadie.

Efraín, que realizó un magnífico seguimiento fotográfico del rodaje de “Bajo la noche verde”, depositado en la Filmoteca Canaria, nos animaba con su inmenso humor, tan necesario en las horas bajas del cansancio y la incertidumbre del rodaje.

Efraín Pintos y Juan Antonio Castaño 
durante el rodaje de "Bajo la noche verde"

Hablamos de su magnífica casa de Tegueste, ahora alquilada a los turistas, que también utilizamos en un par de secuencias clave, pues era en la ficción la casa rural donde residía el colectivo de médicos que, en los años 70, intentaba implantar en un caserío al norte de la Palma la medicina alternativa, y donde el protagonista de la peli consumaba una aventura extramatrimonial.

 Rodaje de "Bajo la noche verde" en la casa de Efraín Pinto en Tegueste

En una ocasión, invitado por Mengue y Ana Sánchez-Gijón, acudí a un taller de fotografía en el que Efraín nos mostraba cómo hacer la fotografía de un cuadro. El taller se desarrollaba en el plató que La Mirada tenía en Tegueste. Efraín se entretuvo más de una hora en situar la cámara justo en la perpendicularidad del centro del cuado y en calibrar la luz hasta que el lienzo estuvo bañado en una luz blanca y uniforme. Se trataba, sin duda, de reproducir lo más exactamente las cualidades de color, textura y proporciones de la obra de arte. Efraín nos demostró que disparar la cámara es el final de un proceso laborioso en el que no debe soslayarse ni un detalle.  

Y mientras yo me entretenía rememorando con Santi Ríos aquellos tres años de la década de los setenta (desde finales del 73 a mediados del 75), en los que se decidió un vuelco crucial en mi vida, conocer a Laly y quedarme a residir en Tenerife con mis nuevos amigos, ella se mantenía firme en el presente y mirando hacia el futuro, platicando con Sandra González, la directora del Festival de Cine hecho con móviles (Movilfest), pionero en Canarias (y en Europa) a la que acababa de conocer, y discurrían sobre la inveterada envidia que imposibilita, en los medios artísticos de Canarias y de España en general, prosperar adecuadamente, lo que me hizo recordar cómo en cada estreno de una película canaria cambia drásticamente el paisaje humano, formado casi exclusivamente por amigos y familiares del equipo artístico y técnico que ha intervenido en cada rodaje, como si nadie tuviera curiosidad en saber qué se está cociendo en el interior de un supuesto y siempre escurridizo cine canario.

A Jorge Gorostiza, recién terminada la íntima ceremonia, se le animó encarecidamente a que siguiera trabajando en pro de este cine nuestro, mirando tanto hacia al pasado como enfocando su análisis en el presente y anticipándose al futuro desarrollo del cine, como en esta imagen que nos proyectó de las gafas que Google ha retirado del mercado, y en las que se habrá eliminado definitivamente la distancia entre el ojo y la pantalla. Pues ya se sabe que los académicos no deben dormirse en los laureles.  



domingo, 8 de febrero de 2015

UNA NUEVA SESIÓN DE CINE LEVE

El jueves 12 de febrero de 2015 se proyectan en el TEA tres cortometrajes bajo la denominación Cine Leve. Y aunque todavía nos preguntemos de qué hablamos cuando hablamos del cine leve, pienso que para algunos espectadores, que ya acudieron al TEA en otras sesiones con el mismo enunciado, el cine leve se les presenta como algo seductor o, por el contrario,  como el tipo de cine del que hay que salir huyendo.





Y es que, aunque nos pese, y por lo ambiguo del término y de los distintas que puedan parecer las películas con esta etiqueta, ya se ha configurado un imaginario del cine leve.

Recuerdo una discusión con Enzo Escala, tras el estreno del primer largometraje “leve” de Daniel León Lacave. Se había hecho una idea del cine leve a partir de mis películas y no veía ninguna relación con el largometraje de Dani. Traducía la levedad como una búsqueda, la sensación de encontrarte en tierra de nadie sin un camino trazado de antemano.

A Dani le gusta un cine narrativo, que cuente cosas, con personajes, un cine de emociones. El mío es un cine distanciado, que busca una poética, un cine de ideas. ¿Qué pueden tener en común dramaturgias tan disímiles?

En el origen, el cine leve, tal como lo había definido Miguel Ángel Rábade, estaba en la forma de abordarlo y no tanto en el resultado. La levedad como una sensación que embarga al equipo durante el rodaje, como si las cosas fueran saliendo solas, sin esfuerzo.

El cine leve parte de una limitación, una limitación que aceptamos porque nos exige una búsqueda constante de nuevas soluciones técnicas y estéticas. Frente a un problema, sabemos que la alternativa siempre será mejor que aquello que las circunstancias nos han obligado a cambiar.

Un equipo reducido de personas permite una postura flexible, reposada, más cercana a la del pintor o del escultor, en la siempre necesaria distancia creativa. Poder sentir el momento, captar lo que nos dice el espacio en el que nos encontramos, interpretar las expresiones y las posturas de los actores justo antes del primer movimiento de manivela, en el paso, siempre excitante, que va de las palabras garabateadas en un papel a la creación de un personaje vivo que va a convivir en la mente y el corazón de los espectadores futuros.

Podría decirse que en esto consiste el cine. Que este temblor es el que experimentan todos los creadores. Pero frente a la frustración de la carencia de medios, mejor levantar el estandarte de lo leve. Mejor una pequeña chispa inspirada que el incendio monótono de lo académico que todo lo devora, sin dejar ni un poso, ni un pensamiento, tras él. Mejor lo inacabado, lo imperfecto, pero vivo, que lo bien construido sin alma alguna. O por lo menos intentarlo.

El cine leve está más en el hacer que en la obra terminada. Nadie se extrañe que al ver las obras, juntas en una sesión de tarde, nada las asemeje. Está en la voluntad de cada director sentir que su cine o que una determinada obra y no todas entran en tal categoría. Así, tan solo Dani, el gran converso, acredita con orgullo en los títulos de crédito su pertenencia al Cine Leve, mientras que otros, como yo mismo, dudan y desconfían de las etiquetas.

Y sin embargo, “Paraísos”, una nueva “naturaleza muerta”, y rodada ya hace bastante tiempo, en el verano de 2013, pertenece sin ambages al cine leve, pues fue cuando al finalizar el rodaje del primer corto de esta serie, precisamente llamada “Naturaleza muerta”, el actor Miguel Ángel Rábade, que en aquella ocasión me ayudaba en la dirección, comentó lo leve de aquel rodaje.

De “Paraísos” ya hablé en este mismo blog hace un par de años, en una entrada que yo titulaba Erótica naturaleza. Estuve tentado de llamarla naturaleza agria o amarga o algo parecido, en relación al limón que aquí sustituye a la manzana de “Naturaleza muerta”, de nuevo en referencia al pasaje bíblico de Adán y Eva, en aquella ocasión como una metonimia (la fruta por el árbol) y que aquí se representa de forma inversa (es el hombre quien, bajo el árbol, le ofrece la fruta a la mujer), marcando la oposición del mundo rural  y de la ciudad en la que viven los personajes, sometidos a las reglas de juego de la economía y la política. Un corto en apariencia sencillo, en la que se mezclan diferentes tiempos y capas de realidad, con una banda sonora que potencia los sonidos y excluye las palabras, con las escuetas notas de René Martín al principio y al final del corto y la suave fotografía de Eduardo Gorostiza. Detrás, como siempre, Laly en la producción y Leonor en el maquillaje y vestuario. Un equipo de apenas siete personas, incluyendo a los dos actores.

“Nadie”, el último cortometraje de Daniel León Lacave, perfecciona y ajusta su peculiar relación con los actores, que le permite extrae lo mejor de ellos, ofreciéndonos nuevos personajes desubicados, expulsados del paraíso, los hombres y mujeres de pasado incierto de su cine. Una única localización, y un equipo entregado, un grupo de amigos que siempre están cuando a Dani se le ocurre una idea, que le piden ya otra historia en la inmediatez del feisbuc, que fluye al compás de la propia vida. Acompañado de nuevo por el ojo y la sensibilidad de David Delgado en la fotografía.

Y en “Lost in Black Friday“, Eduardo Gorostiza, también ligado como director de fotografía a mis últimos films, nos ofrece, de la mano de Gabriel García y del actor Adrián Rosales, una reflexión un tanto esperpéntica de la condición del cineasta leve, que descubre la levedad tras la frustración, un corto que documenta en clave de comedia la imposibilidad de rodar un corto para uno de estos concurso que tanto se estilan de cineexpres, esta vez en Santa Cruz de Tenerife, al suspenderse por el anuncio de fuertes vientos, con la recomendación de quedarse en casa por aquello del Delta.

El cineasta leve no se arredra ante las circunstancias adversas. Se adapta. Era una buena ocasión para salir a  rodar en medio de la borrasca. ¿Cine temerario? Quizás. Y sin embargo…

lunes, 5 de enero de 2015

NEAR THE RIVER: RODANDO EN USA

Como siempre antes de un estreno, toca revisar todo el material, los niveles del sonido, los títulos de crédito (¿nos habremos dejado a alguien?), el ajuste y legibilidad de los subtítulos, el formato adecuado para la proyección.



El estreno se nos ocurrió hace pocos días. Si Ada Vilageliu iba a estar en Tenerife, ¿por qué no aprovechar y hacer una proyección en pantalla grande con la presencia de su directora?

Tuvimos problemas con la traducción de las entrevistas, pues se hablaba de temas que no conocíamos y nos faltaba vocabulario específico, además del expresiones afroamericanas de algunas de las mujeres entrevistadas.

Porque el documental va de esto, de mujeres de color ecolíderes peleando por la preservación de la herencia cultural y medioambiental del East of the River, la orilla Este del río Anacostia, uno de los dos ríos que bordean la ciudad de Washington DC.

Ada y Ángela estuvieron buscando mujeres para entrevistar, pero solo encontraron, para las fechas en que estábamos nosotros, mujeres afroamericanas.

de izq. a dcha.: Ángela Adrar, Laly Díaz, Iantha Gantt-Wright, Ada Vilageliu y Nurisa Rabiah

La idea inicial era que hablasen de los cambios experimentados en el entorno del río, abarcando un arco temporal, desde el pasado, cuando era habitado por su primitivos habitantes, los indios Piscataway, hasta el presente. Mientras que la ciudad se ha ido desarrollando junto al río Potomac, el Anacostia se fue marginando, de tal manera que es ahora uno de los ríos más contaminados de EE.UU.

Esta degradación del río afecta a los barrios de más bajo poder adquisitivo, con un alto índice de criminalidad.

El esfuerzo de mujeres activistas, ecolíderes de sus respectivas comunidades, está intentando revertir este proceso. Ada reunió a algunas de estas mujeres y las entrevistó. Me sorprendió la vehemencia de estas mujeres afroamericanas, el entusiasmo y la energía que proyectan, cada una de una manera distinta.

El documental trenza varias voces, al principio distintas, pero que van convergiendo al final en un mismo mensaje vital y ecologista: recuperar el contacto con la madre Tierra. Los temas que teje son la justicia medio ambiental y el racismo medio ambiental.

Al principio se trataba de grabar algunas entrevistas para un proyecto que dirigía Ángela Adrar, fundadora y miembro de la comunidad de mujeres EcoHermanas



A Ada se le ocurrió ir más allá y rodar un documental. Ya que íbamos a ir en julio a visitarla, aprovecharíamos el viaje para ayudarla a realizarlo. Le pedí a René Martín un equipo de grabación de sonido y Laly y yo nos fuimos para allá con mi cámara.

Coincidió que en estos días se celebraba una reunión de los Black American Indians (indigenas  afrodescendientes) en una iglesia y hacia allá nos fuimos, sin saber yo muy bien de qué iba aquello. Allí estaban indios de varias tribus, cheyenes, cheroquis,  y se realizaron varios rituales, cantado canciones y pronunciado discursos. Todos fueron muy amables con nosotros, nos dieron un pase de prensa, nos bendijeron a la entrada y más tarde muchos quisieron que les entrevistáramos para el documental.




Ángela y Ada nos llevaron a una reserva india cercana, donde una madre y una hija pertenecientes a los Piscataway, cuidaban de un pequeño museo. Nos cantaron varias canciones, a Laly le regalaron un cojín con motivos étnicos  y a mi un colgante con los cuatro colores que representan los cuatro puntos cardinales.

En el documental es curioso cómo la voz de una arqueóloga, que nos habla de esta tribu como si se tratara de una raza extinguida, se mezcla con los testimonios de esta madre y esta hija sobre el destino de sus antepasados, expulsados de la ribera del río por los colonizadores.

En el montaje, a mi me interesaba que los bloques de imágenes (los parques, la contaminación, los puentes que cruzan el río) fueran dialogando con los distintos bloques de entrevistas, con las imágenes de estas mujeres y el timbre y la modulación de sus voces.



Teníamos claro desde el principio que el documental debía empezar con un ritual de purificación en el río y cerrarse con las imágenes idílicas de los Jardines Acuáticos de Kenilworth, en el Parque Anacostia, con la canción con que Maimouna Youssef, nominada a los Grammy, cerró el encuentro de los Black American Indians, y cuyos derechos nos cedió para utilizarla en el documental.



El documental se estrena en el Aguere Espacio Cultural el jueves día 8 de enero de 2015. En facebook hemos creado la página Near the River para ir añadiendo más fotos y comentarios.




domingo, 2 de noviembre de 2014

M. TAURONI, UN CINEASTA AMATEUR DEL PUEBLO


“M. Tauroni, un cineasta amateur del pueblo”, así lo definía su amigo y también cineasta Paco Dorta en una entrevista publicada el 19 de enero de 1977 en un periódico local.




El próximo martes, casi cuarenta años más tarde, la Filmoteca Canaria proyecta tres de sus cortometrajes, rodados en super8 y con sus propios medios durante los ratos y fines de semana que les pedía prestados a su familia, en el espacio privilegiado del Teatro Guimerá, en Santa Cruz de Tenerife, a menos de un kilómetro de la sede de la Asociación Tinerfeña de Cine Amateur (ATCA), el primer piso del Círculo de Bellas Artes, ahora abandonado, donde se proyectaban, en medio de un caluroso público y encendidas polémicas, las cintas de los voluntariosos cineastas amateurs.

Fue este un tiempo polémico y a la vez irrepetible, uno de estos momentos que uno lo vive como histórico (al igual que ahora), cuando la historia personal se cruza con un acontecer colectivo, a la vez impreciso y definitivo.

Yo lo viví en primera persona. Llegué a Tenerife en el mes de diciembre de 1973 y en enero se constituía la ATCA. El mismo día de mi llegada, paseando por la calle Castillo, la arteria de la ciudad, me encontré frente al Círculo de Bellas Artes. Entré y me di de bruces con un ensayo de la obra “La estatua y el perro” dirigida por un Eduardo Camacho eufórico que me presentó a Teo Ríos y a otros cineastas tras comentarle mis actividades en Barcelona.

Me uní enseguida a aquel grupo de entusiastas que iniciaban su camino juntos. Se habilitó la sala de actos para la proyección de películas en super8, se organizaron ciclos con las cintas de los integrantes de la asociación y concursos de cine para atraer a más cineastas amateurs, e intercambios con las películas de otras asociaciones isleñas de cine amateur.

Pero el país estaba cambiando. El régimen se resquebrajaba a ojos vistas y la sociedad civil empezaba a organizarse en la clandestinidad para asumir el cambio. Y el cine iba a ser una herramienta importante para ayudar a consolidar este cambio.

Las proyecciones de los cineastas amateurs, al ser públicas, se ofrecían a su consideración por espectadores y críticos de cine, cuyas opiniones se vertían en las crónicas de los estrenos y de las muestras de cine y en debate acalorados, tanto en la misma sala de proyección, en los coloquios finales, como a través de la prensa, donde algunos comentaristas se escondían detrás de seudónimos.




Algunos cineastas fueron asumiendo una especie de responsabilidad histórica y cambiaron el eje de la cámara para grabar el contraplano, de la visión bonita de las islas (su colorido, las fiestas, los bailes, las tradiciones) al abandono de sus campos y de sus barrios. A partir de un momento dado, no era tan importante la técnica o la estética como los contenidos. Se propugnaba un cine pobre, asumiendo el tercermundismo de las islas, y un cine popular, ligado a los intereses y necesidades de las capas populares. Se miraba mal a los artistas.



Estas discusiones llegaron al seno de la ATCA y se intentó una confraternización, alternando las proyecciones de unos y de los otros, pero la muerte del dictador mientras se celebraba el Festival de Cine de Benalmádena, donde habían sido invitados los componentes del grupo Neura para presentar su mediometraje “Vamos a desenmascarar al padre Manolo, bueno, vamos”, radicalizó ambas posturas.

En Benalmádena coincidieron también algunos de los críticos de cine que escribían sobre le cine canario y allí, durante aquellos días de pausa en los que se interrumpieron las proyecciones, cineastas y teóricos del cine empezaron a hablar sobre el futuro.

Un par de meses más tarde se constituía la Asamblea de Cineastas Independientes Canarios (ACIC), con su propio programa en forma de manifiesto, con su acento puesto en documentar la marginación y la miseria, como algo necesario.

En este mismo año empieza su andadura Manuel Tauroni, en su busca de un lugar propio en medio de aquella trifulca.
Tras unos comienzos titubeantes (La ruta del barranco de Santos, 1975), inicia un acercamiento a los propósitos de la ACIC, aunque manteniendo su independencia. La ACIC, por su lado, incluye algunos de sus documentales en los ciclos de cine que organiza por su cuenta por toda la geografía canaria. Incluso, más adelante, se le pide que intervenga en un cortometraje como actor, interpretando al hombre de la tarjeta de crédito que cree que lo puede comprar todo y seduce a una pobre muchacha de pueblo (“La tarjeta de crédito”, film colectivo, 1977).

Su prioritaria intención era dar visibilidad a la problemática de los barrios de la capital tinerfeña, mostrando sus cicatrices de un modo objetivo: María Jiménez (“Y lo llaman María Jiménez”), Los Lavaderos (“Líneas paralelas”), San Andrés (“Una gaviota llamada esperanza”),  y Los Llanos, sometido a un Plan de Ordenación que cambiaría su fisonomía de un modo radical (“La leyenda de Santa Cruz”).




Este empeño de Tauroni de retratar la realidad que lo rodeaba en aquel momento ha permitido que el paso de los años, y la transformación de la ciudad desde los años setenta hasta la actualidad, haya engrandecido su legado fílmico, convirtiendo sus cintas rodadas sin el bagaje técnico apropiado, fiándose tan solo de su mirada, en documentos imprescindibles de la historia de la ciudad.




La proyección tendrá lugar el martes 4 de noviembre en el Teatro Guimerá y se proyectarán los cortometrajes documentales  "Una gaviota llama Esperanza" (1976), "Y lo llaman María Jiménez" (1976) y "La Leyenda de Santa Cruz" (1977), coincidiendo con la exposición “Filmoteca Canaria 30 años (1984-2014)” en el Círculo de Bellas Artes. La intención de la Filmoteca Canaria, en palabras de su responsable María Calimano, es la de colaborar, en la nueva andadura del Círculo de Bellas Artes, con la proyección de películas y organización de coloquios en la pequeña sala del primer piso que albergó, hace ya tantos años, las sesiones de los amateurs.



lunes, 13 de octubre de 2014

CANARIAS EN CORTO: COSECHA 2014


Este jueves tuvimos la oportunidad de ver en Tenerife los siete cortos que van a formar parte del catálogo 2013-2014 Canarias en Corto, promovido por el área de Cultura del Gobierno de Canarias, una fórmula que ha permitido la distribución de cortos canarios a nivel internacional y su presencia en festivales de prestigio de todo el mundo.



A lo largo de estas nueve ediciones han pasado muchas cosas, la más importante ha sido el desmantelamiento de la ayuda a la producción de películas, tanto de cortos como de largos, de la que se nutría, en una segunda fase, el correspondiente catálogo anual, tras una selección realizada por una serie de expertos, no siempre los mismos.

Durante los últimos años se han ido modificando los requisitos de presentación de los cortos, ya en las bases del catálogo 2010-2011 no era imprescindible contar con una copia en 35 mm., sino que podían presentarse cortometrajes digitales. En esta novena edición ya no es preciso contar con el paraguas de una productora que avale el trabajo, una queja continuada de algunos cineastas, pues cerraba la puerta a otros cortos, quizás más interesantes, pero realizados de forma independiente.

Ya hace un par de años analicé en este mismo blog el catálogo 2011-2012, no desde el punto de la calidad de los cortos, siempre discutible, sino tomados como síntoma de las preocupaciones, tanto temáticas como estilísticas, de los cineastas en activo.

Aunque se presenten como tales, los cortos no representan lo mejor de la cosecha de este año, sino que son el resultado de una valoración, siempre subjetiva, de las personas seleccionadas para ello, en su calidad de expertos. Además, este año quizás la selección no haya sido muy representativa de lo que se ha estado rodando en estos últimos meses, pues solo se habían inscrito 18 cortos, de entre el centenar de cortometrajes anuales que se realizan en el archipiélago.

Muchos cineastas prefieren distribuir ellos mismos sus trabajos. El hecho de que ya no sea necesario enviar los cortos físicamente a los festivales, la existencia de plataformas on-line que facilitan la inscripción y la posibilidad de alojar los vídeos en la nube, le han arrebatado protagonismo a la iniciativa de Canarias Cultura en Red, tan imprescindible en los primeros años.

Otros motivos podrían encontrarse en la desconfianza creciente de los cineastas en los criterios de la elección de los “expertos” y en los propios criterios de los expertos a la hora de seleccionar los cortometrajes. En esta ocasión, las personas elegidas fueron tres cineastas y dos gestores de eventos cinematográficos (uno de Tenerife y otro de Las Palmas), cuya labor ha sido precisamente la de seleccionar cortometrajes.

Las preferencias de cada uno de ellos influye claro está en la elección, y no solo en cuanto a la valoración de las calidades técnicas y artísticas de cada uno de los trabajos, sino en la propia consideración de lo que tiene que ser un corto. Hay quien piensa que la virtud de una película está en contar bien una historia, utilizando los recursos del propio medio, mientras que para otros el cortometraje debe ser un campo de experimentación. Aunar estos dos criterios debería se la labor tanto de críticos de cine como de pedagogos, pero la realidad es que esta dicotomía se está polarizando.

Está claro que también se piensa en los gustos del público, en llenar una sala y contentar a los políticos de turno que han apostado por disponer de un festival de cine como escaparate ante el mundo.

presentación del catálogo en el Espacio Cultural Aguere
   
En aquella ocasión detecté un ensimismamiento de los cineastas, con la puesta en escena de narrativas generacionales: conflictos amorosos, nostalgia del pasado o los miedos inherentes al paso a la madurez y a la integración laboral, que seguramente pesaban sobre una generación de jóvenes realizadores que, tras una década de actividad, empezaban a ser conscientes del paso (y el peso) de los años.

Es muy posible que las expectativas de integración laboral de estos jóvenes cineastas no se hayan cumplido por una crisis que va durando demasiado tiempo.

De este modo, las preocupaciones temáticas de los cortos vistos en el Espacio Cultural Aguere se circunscriben a tres cuestiones relacionadas entre sí: la presencia determinante de la crisis en la propia narrativa,  el descubrimiento de la importancia del contraplano (lo que está al fondo, lo que no se ve), y la presencia de diversos tipos de ensoñaciones (lo que me gustaría que fuese).

El título “El tipo del fondo” explicita ya la temática del inclasificable cortometraje de José Medina, que consiste en la presentación de una serie de fotografías y su posterior deconstrucción. Ese tipo insignificante que habita sin pedir permiso las miles y miles de fotos que se disparan diariamente, se hace presente en la mayoría de los cortos seleccionados.

En el corto de animación “La trompeta”, son los tipos que vemos suicidándose por doquier, el vecino que se cuelga de la lámpara sin que nadie repare en él, o los que se lanzan desde lo alto de las azoteas, al fondo del encuadre, mientras la cámara parece seguir al protagonista en sus idas y venidas por la ciudad. y siempre como de pasada, sin subrayar estas cosas “que pasan” alrededor de uno. Es un detalle macabro que nos hace gracia precisamente porque convivimos con ello.

Los maniquíes de “Plástico reciclable”, elevados a la categoría de protagonistas, no dejan de ser seres inertes a los que nadie mira a la cara, al otro lado del cristal de los escaparates, testigos mudos del deambular cotidiano de consumidores preocupados por su aspecto exterior, y que miran sin ver a los maniquíes.

En este corto, son los seres de carne y hueso los que deambulan cual fantasmas, apenas entrevistos, tipos relegados al fondo del encuadre, o despedazados (una mano, unas piernas), o desenfocados (el basurero, la pareja que se besa).



En el documental “Caballo de mar” la voz del narrador se erige omnipotente, mientras que de su poseedor tan solo entrevemos una mano que duda o mueve las fichas sobre el tablero de ajedrez, mientras las imágenes de los rincones del barco sin bandera se multiplican llenando todos los intersticios del documental, que la intermitencia de una música inmisericorde se encarga de machacar, todo ello para reforzar la idea del extrañamiento del marino sin patria, un tipo del fondo en el que nadie se fijaría, desaparecido no solo del barco sino también desalojado del encuadre. 

En “Golosinas,” resultado de un taller de cine en Los Realejos, lo sabremos al final. Hay un personaje casi insignificante pero que sobrevuela todo el metraje, explicando, si algo había que explicar, los actos del protagonista, y es la presencia de la niña, siempre presente, aunque en el interior del vehículo aparcado frente a la gasolinera, y que el director evita encuadrarla, a pesar de que el corto comienza con el hombre apoyado en la carrocería del automóvil.


Es esta tensión entre lo que el encuadre deja ver y aquello que queda fuera, al otro lado del encuadre, la palanca que moviliza el sentido de un film, de atrás hacia delante, dejando que los significados se vayan enfocando o desdibujando en la mente del espectador, que es donde todo discurre, más allá de lo se ve en cada instante en la pantalla.

Este mecanismo primordial del cine es lo que “El tipo del fondo” pone en escena, dejando al desnudo el engaño, como un truco de prestidigitador sofisticado, mostrándonos algo sin importancia (para el relato) y escamoteándonos lo principal, dirigiendo la mirada del espectador hacia el centro del encuadre, seducidos por la sonrisa de felicidad y satisfacción de aquellos personajes que han alcanzado el cielo (y con los que nos identificaríamos de buena gana), mientras que el verdadero protagonista de la historia es ese tipo insignificante (o sea, yo), desengañado de la vida, sometido a las vejaciones cotidianas de la crisis, impotentes por alcanzar el centro de atención de que gozan los (pocos y guapos) triunfadores que viven en las pantallas mediáticas.

El fondo destaca a veces sobre las imposiciones narrativas del género, como en “Progreso al pasado”, un híbrido entre la comedia, el trhiller y la ciencia ficción, dirigido por Edgar García. Más allá de los chistes fáciles y el buen hacer de un actor, lo importante son las figuras fantasmales que deambulan por los recovecos del encuadre, los chicos que van o vienen del instituto, las malas hierbas enseñoreándose por los patios y los muros desvencijados, la vida cotidiana que bulle, supervivientes del estallido social.



Signo de los tiempos, en estos cortos hay sueños o ensoñaciones que tratan de poner fronteras al deterioro personal y frenar el advenimiento de la locura, una forma de vencer el desánimo (como ir al cine, por ejemplo). “Progreso al pasado” nos sitúa en un futuro distópico donde el euro es un recuerdo de la Arcadia perdida, y en el que reconocemos buena parte de nuestro presente. Un final sorpresivo que no desvelaré nos enfrenta a un futuro no tan solo inscrito en el presente narrativo sino que se configura como la pesadilla del presente del espectador actual.

“Un día cualquiera”, el último cortometraje de Nayra Sanz, comienza con la descripción de un mal sueño que la protagonista intenta explicitar a su pareja, un sueño que, como casi siempre ocurre en el cine, tendrá relación con el mal que devora a la mujer.

En “La trompeta”, el músico venido a menos rememora los tiempos gloriosos, a partir de las fotografías colgadas en las paredes. De alguna forma, esta trompeta que le han regalado tiene la facultad de convertir en presente aquel pasado recordado (lo que hace el cine).

La tensión entre lo que se muestra y lo que se sugiere es también la base de “Un día cualquiera”, expresado aquí de una forma extrema, y que dio pie, off de records, a una discusión apasionada sobre la falta de ética en el tratamiento argumental y visual de la bulimia, la enfermedad que aqueja a la protagonista de este corto que transcurre, fiel a su título, durante una jornada, desde el despertar de la protagonista hasta la noche.

Durante la primera mitad del corto se nos describe a una mujer con una gran inseguridad emocional, que sugiere un grave trastorno sin mayores explicaciones.

La primera imagen del film es su rostro recostado en la cama. Es un plano largo, que nos permite asomarnos a la palidez de la cara, a su mirada perdida, a las ojeras que se hunden en un rostro sin embargo hermoso.  Es una imagen que nos trae el recuerdo de las mujeres soñolientas y sensuales de la pintura del XIX, aquejadas de misteriosas enfermedades.



Esta ambigüedad del comienzo, tan estimulante, choca violentamente con un plano secuencia que describe de modo totalmente explícito el episodio más característico de la bulimia, obligándonos a contemplar cómo la mujer come compulsivamente y sin control durante varios minutos y cómo acto seguido, sin corte alguno,  se provoca una serie continuada de vómitos de gran aparatosidad sobre la taza del váter. Es un plano con una clara intención provocativa, que actualiza el debate sobre la ética de la mostración de la barbarie, ahora que los nuevos bárbaros dinamitan el buen rollo de las redes sociales mostrando decapitaciones en directo.

A estas alturas, ¿es suficiente sugerir el vómito o necesitamos que el plano dure lo necesario para que llegue a ser desagradable y, fascinados ante lo innombrable,  no podamos apartar los ojos?

Quizás, a fin de cuentas, el corto no nos hable de la bulimia sino de otra cosa, la bulimia como metáfora de la condición humana en tiempos de crisis, esa crisis de identidad que llevamos años sufriendo sin ser conscientes de ello, y de la que la crisis actual, social y económica, nos ha despertado.

Otro tema es el del abuso en la utilización de los actores, más allá de sus habilidades como comediantes, obligándolos a recrear, sin ningún truco por medio, la vida misma, donde la ficción se tropieza con lo real, en la huida de algunas películas del exceso de lo virtual.

Recuerdo las declaraciones de las dos actrices de “La vida de Adele”, quejándose de la tortura del rodaje de las escenas de sexo, que se alargaron durante una semana entera, en la búsqueda personal del director del film de un atisbo de verdad entre tantas repeticiones. Y sin embargo, allí a las actrices se las proveía de prótesis como barrera, para que no experimentaran una verdadera excitación, mientras que en “Un día cualquiera” la actriz se atracaba realmente de comida y acto seguido se provocaba ella misma el vómito ante la cámara.


viernes, 19 de septiembre de 2014

CRÓNICA DEL DESENCANTO: un leve largometraje





Para Daniel León Lacave, el estreno de su primer largometraje, "Crónicas del desencanto", ha supuesto el cierre de un año entero de sinsabores y dificultades.

Tras varios años como cortometrajista voluntarioso, lamentando que el producto final acabase menoscabado debido a dificultades sin cuento por las condiciones de trabajo, por no disponer de las condiciones adecuadas, o sea, de los medios técnicos y humanos que facilitan la labor de un guionista y director de cine con ansias de labrarse un huequito en el panorama del paupérrimo cine canario, decidió un día abrazar el Cine Leve.

 carteles de cortometrajes de Daniel León Lacave anteriores al Cine Leve


Desde entonces se prometió a sí mismo no sufrir la taquicardia que precede la puesta a punto de un nuevo proyecto, este en cuya consecución te va la vida, y los duros golpes que provoca un nuevo retraso, la imposibilidad de disponer de un steadycam cuando te parece que la escena lo demanda a gritos y no tener una supondría una traición a tus principios, o que ese día a la actriz le han cambiado el turno de trabajo y mira, qué le puedo hacer, tengo que dar de comer a mis hijos y pagar la hipoteca, y por fin y no acabo qué decir del sufrimiento de un estreno, con los colegas con las uñas afiladas y el deseo apenas reprimido de que dejes de una vez por todas ser un competidor en la selección de festivales o en una posible lista de los mejores del año, y te vayas al infierno de los fracasados.

¿Y qué era el Cine Leve? Para empezar disponía de un no manifiesto que el actor Miguel Ángel Rábade leyó en su día en el TEA, en la presentación de un pequeño grupo de cortometrajes leves de varios realizadores, que se adscribían alegremente a una nueva y prometedora corriente cinematográfica.

Vale, dijeron algunos, ¿qué diferencia existe entre esta denominación y el cine de guerrilla por poner el caso, o el de cine mínimo o de presupuesto cero?

El Cine Leve, a diferencia de los otros cines sin recursos, prometía un nirvana particular, una especie de terapia de grupo que transmutaba los sinsabores en alegrías, la imposibilidad de rodar de una manera ortodoxa en una oportunidad creativa, la escasez en poética, la organización vertical en empatía, la rutina en gozosa experiencia cercana al orgasmo.

Dani se quedó solo en la militancia del Cine Leve, y así lo rubrica en cada obra suya, un leve corto de, que figura en los títulos de crédito, hasta este leve largometraje que estrenó el pasado martes en los multicines Monopol de Gran Canaria y que aquí pudimos ver al día siguiente en el TEA en Santa Cruz de Tenerife, la sala que gestiona el Cabildo a través de Emilio Ramal, secreto entusiasta del cine de Daniel León Lacave, y que ha ido estrenando casi toda su obra, año tras año.




Carteles de cortometrajes de Daniel León Lacava adscritos al Cine Leve

¿Sigue siendo Cine Leve esta crónica desencantada del desencanto? Si han seguido “Algo que se parece al cine”, el blog de Dani, o han ido leyendo en su página de feisbuc sus emocionales exabruptos (“acuérdense, ¡¡festival de planos pastelosos esta noche en el Monopol!! “ “a las 13 h por la TV canaria estaremos hablando de nuestro truño de película” , “en el mundo hay dos clases de personas. Los primeros se quedan contigo toda la noche hasta las 7 de la mañana, corrigiendo audios, mezclando efectos, y los segundos te dejan tirados y en la miseria en mitad de la construcción de una película... He tenido que rodar un largometraje para saber quien es mi amigo y quien no”), advertirá que aquel ansiado descanso del cuerpo y de la mente que permitiría una excelsa creatividad quedó lejos de los objetivos a corto plazo de Dani, desde el momento que decidió que había llegado la hora del largo y que deseaba contar con todos y cada uno del os actores que le habían acompañado durante los últimos 10 años.

Que había llegado la hora del largo en esto estábamos todos de acuerdo, uno no se puede desangrar encadenando cortometrajes que aspiran a algo más, y más teniendo en cuenta las dos obsesiones de Dani, totalmente innegociables, su pulsión por contar historias, unas historias que le tocan aunque sea tangencialmente en lo más hondo, y el deseo de trabajar con los actores e implicarse con ellos emocionalmente.



¿Cómo se hace esto? Es muy sencillo, perpetrar una película coral con muchos personajes (vamos, con unos cuantos más que cuando haces un corto), y aprovechar tu experiencia como cortometrajista encajando varias historias entre sí dentro de una historia más general y vertebradora. 


Lamberto y Borja Texeira, actores y coguionistas del film 
junto a la actriz Leonor Cifuentes, en la noche de estreno en el TEA 


De modo que se pone a trabajar, y le pasa a Borja Texeira, su actor fetiche y colaborador en otras producciones, una novela inconclusa de estas que engrosan los bajos de tus cajones, junto a otros guiones y proyectos que se van apolillando. En un principio el personaje del psicoterapeuta tenía un valor testimonial, a su alrededor se desgranaban las diversas historias de los desvalidos personajes que acuden periódicamente a una terapia de grupo.

Es en este punto cuando Lamberto Guerra, otro de sus habituales actores y buen amigo, se incorpora al grupo de guionistas y desarrolla su personaje, convirtiéndolo en el eje estructural de la película.



Dani no se arredra ante las dificultades que la historia le presenta, un tema mayor, el de la muerte, el destino, la responsabilidad de tus propios actos que desenboca en la culpa, en la imposibilidad de reestablecer nuevos lazos, de rehacer una vida.

No se escurre hacia los ribetes de la comedia, de la que ha dado gozosas muestras en algunos cortos, que podrían suavizar la manera en que se presentan los tremendos cataclismos de las vidas truncadas de los personajes, pero tampoco evita las lágrimas, el descenso hacia las catacumbas del sentimentalismo. Digamos que Dani juega con fuego, y lo sabe.

Leo algunas opiniones sobre el guión con las que no puedo estar más en desacuerdo. Se afirma, y se afirma como defecto, que su estructura es poco convencional, cuando yo estaba a punto de decir todo lo contrario. Las sesiones de la terapia de grupo estructuran la narrativa, y las demás historias van evolucionando en los intersticios, ayudándose de secuencias de transición, que marcan el paso del tiempo, y que se apoyan en canciones, lo cual tampoco es muy original.

Pero el guión es la red que el trapecista cauto coloca sobre la pista, y Dani sabe que camina sobre una cuerda floja, en equilibrio inestable, a punto siempre de caer en las trampas del sentimentalismo fácil, de lo impostado y de lo ridículo.

Y Dani realiza otra película superpuesta a la historia que se cuenta, al desarrollar una narrativa de las imágenes sobre el cuerpo de sus actores. De este modo, Dani puede poner en valor sus dos obsesiones, la del contador de historias y la del director enamorado de sus actores.

La historia que se cuenta nos habla de la implicación en el sufrimiento ajeno y de la circularidad de la culpa. La historia de la enfermera, que no puede evitar sentirse implicada emocionalmente con sus pacientes en estado terminal, y en los que cree encontrar a antiguos conocidos, tiene un eco en el propio psicoterapeuta, dudando de sí mismo y de su profesionalidad en su esfuerzo por mantenerse al margen de las desgracias ajenas.


La circularidad de la culpa golpea a los personajes, uno tras otro, sin poder evitarlo. La propia puesta en escena de la sesión, la disposición de los pacientes puestos en círculo, y que incluyen al psicoterapeuta, así como los movimientos de cámara, desde el centro o desde la periferia, subraya esta circularidad de las emociones, que se van encadenando y fijando en los personajes sin posibilidad de escape.

Es ahí, en el manejo de la cámara y en el montaje sincopado de los diversos encuadres de los actores, tomados casi siempre desde muy cerca, en escorzos violentos o desde la nuca, donde la película verdaderamente se desarrolla.

Uno de los mecanismos expresivos con los que juega, sin que sean exclusivos, es el enfoque selectivo y la cámara en mano. Precisamente en el manejo inteligente de las excepciones es cuando uno se da cuenta de que Dani entiende este mecanismo y lo pone en valor, en la disposición de las marcas enunciativas, donde cada una de las elecciones del valor del plano y de su disposición desarrollan un mapa significativo.

La cámara está inmersa en un cuerpo a cuerpo con los actores, una coreografía de enfoques y desenfoques, como si quisiera atraparlos y ellos se resistieran. Dani enfoca a sus personajes desenfocando el fondo, o a veces los mantiene desenfocados mientras buscan las palabras que mejor expresen sus sentimientos. La cámara les aísla, expresa su desorientación y la pérdida de horizontes.



En dos únicos e intensos instantes, algún personaje abandona la zona de enfoque y se aleja de la cámara sin que ésta corrija el foco, dejando que la figura se desvanezca y se funda en este fondo líquido sin límites precisos.

En otros momentos, también escasos, la profundidad de campo nos devuelve a la cruda realidad de una habitación cuyo único mobiliario son estas tristes sillas que los personajes abandonan a veces y en otras les acogen en su hermetismo. La profundidad de campo es también utilizada cuando se atisba una posible relación de pareja. La nitidez también impera en la vivienda del psicoterapeuta, que nos permite vislumbrar, de un modo pausado y sin estridencias, la tempestad interior del personaje.

Estas escenas contrastan con la violencia de la cámara en mano, en especial durante el seguimiento por la calle del personaje interpretado con una extraña virulencia por Cathy Pulido.



Dani filma el cuerpo de sus actores, en especial sus rostros, con la esperanza del que quiere desvelar su esencia, con el ímpetu de un escultor que golpea la piedra para revelar lo que esconde. Este tramposo leve largometraje es ahora un documental que indaga en las emociones de los actores, poniéndolos en relación con las laceraciones propias. Así, el proceso de separación del psicoterapeuta, trasunto del propio autor, y las dificultades de relacionarse que todos experimentan, o un sentimiento de pérdida que rastreamos en sus cortos anteriores.

En la terapia de grupo, aunque no le veamos, está el director de escena de la propia película, hablando a través de sus personajes y escuchando, buscando, también él, una respuesta. El psicoterapeuta no deja de ser, asimismo, un director de escena que regula las intervenciones y controla las emociones.

Dani tiene fama de dirigir muy bien a los actores, cosa en la que estoy de acuerdo. Pero es una aseveración que se contradice con lo que los actores cuentan y él mismo se cuenta de sí mismo, que les da una libertad y autonomía absolutas, sin corregir u opinar sobre una determinada actuación frente a la cámara.

Y no obstante, es en los filmes de Dani donde podemos encontrar sus mejores interpretaciones. Dani, como el psicoterapeuta, deja hablar a sus actores y les escucha, deja que cada uno de ellos se impregne de su personaje y le comprenda. Me los imagino también a ellos sentados en círculo hablando de sus traumas y de sus miedos, y Dani transmitiéndoles su entusiasmo en el proyecto, un proyecto de todos, como afirma el cartel del final de la peli, eso de “un leve largometraje de” que preside la relación de todos los participantes en el film, actores y técnicos, porque todos han contribuido de alguna manera en la gestación del film, a partir de esta libertad que se les ha concedido.

Pero donde más se advierte la extraña transmutación de los actores en personajes es en los planos en los que nadie dice nada, o en los que simplemente escuchan y dejan hablar al otro. Es ahí, en este plano sostenido, que dura quizás un poco más de lo convenido, cuando las miradas se agudizan, los ojos se achican, los labios vibran en un mohín involuntario, es un instante intenso, irrepetible, de extraña belleza, que nos impide dejar de mirar la pantalla, fascinados por poder contemplar la intimidad prohibida del otro.



 “Crónicas del desencanto” se nos muestra como una pugna constante entre dos posibles películas, la película hablada, sustentada sobre la primacía del guión y de los personajes, y la película silente de las miradas y los gestos que se apoya en el cuerpo de los actores.

En el panorama del cine hecho en las islas, se nos presenta como un film insólito, de difícil catalogación, que pese a sus deficiencias y desequilibrios internos, ofrece secuencias de gran ferocidad e interpretaciones de gran altura, a la espera de que Daniel León Lacave acabe con sus luchas internas y nos ofrezca lo mejor de sí mismo.