sábado, 2 de abril de 2016

AYER NOS HICIMOS UNA DE ZOMBIS

No sé por qué las películas de muertos vivientes tienen tanto predicamento. Dicen que reflejan muy bien la zozobra en la que vivimos últimamente,  si saldremos indemnes de la crisis. Lo cierto es que cuando les pedí a los chicos y chicas de quinto de primaria que hicieran unos guiones para rodar un corto enseguida salió una de zombis.




A Laly le tocó este año dar clases en el sur, en el colegio público de Los Abrigos, muy cerca de donde tantas veces habíamos ido a comer pescado fresco en el mismo borde del mar. En una de las clases se le ocurrió preguntarles si les apetecía hacer un corto. A quién no. Así que les dejó que pensaran una historia, algo que pudieran hacer en el centro, sin muchas complicaciones.

Invitado por Laly me presenté allí una mañana y empezaron a leer sus propuestas. Desestimamos aquellas que a todas luces eran impracticables (aquellas que transcurrían en casas ajenas o aparecían ambulancias o coches de bomberos) y nos quedamos con cinco o seis y en una de ellas aparecían los consabidos zombis, en este caso, niños zombis, y a todos se les iluminaron los ojos como platos. ¡Iba a ser tan divertido!

Normalmente paso los guiones a votación, pero en esta ocasión se me ocurrió proponerles una fusión de varias de las historias y así, la discusión entre tres amigas (que luego fueron cuatro), les impedía darse cuenta de que algo pasaba en el centro, y luego, claro está, todo era una broma.



Hicimos dibujitos con los planos, Laly les contó que debían distribuir los papeles, conformar un equipo técnico y otro artístico, buscar las localizaciones, convocar un casting. Lo que más les atrajo de aquel primer día fue la claqueta, objeto enigmático por excelencia que pone en marcha la magia del cine.

Pasó la semana santa y Laly me comunicó que ya estaba todo listo, que tenían claro los papeles de cada uno en el rodaje y solo faltaba fijar el día.

El cine debería estar presente desde primaria. No hay mejor proyecto educativo que poner en pie un cortometraje. El alumnado se responsabiliza, aprende a confiar en los demás, a ponerse de acuerdo en mil detalles, adaptar su propuesta a la realidad del centro, esforzarse alrededor de un proyecto común, precisa de concentración y disciplina, y además es divertido. Y desde luego, ahí sí que se trabajan las competencias básicas ni se olvida el currículo,  pues ¿no se deben escribir las historias? ¿no es necesario indagar, informarse bien antes de ponerse a escribir? ¿no es preciso en la preproducción calcular tiempos y necesidades? ¿no hay que tener buen gusto al establecer el vestuario y la ambientación que precisa el corto?



Claro que si uno se pone con una de zombis, tampoco hace falta mucha investigación. Todos sabían cómo se mueve un zombi, y las madres que a golpe de teléfono de sus hijos acudieron al centro para maquillarles sabían muy bien cómo tenían que hacerlo. Así que al grito de uno de ellos pidiendo acción, los niños y niñas, tras muy pocas indicaciones, conformaban la estética de ese imaginario cinéfilo tan en boga, y unos gritaban y otros les perseguían con esos murmullos típicos mezcla de ronroneo y alarido, y cuando el director mandaba corten ellos se aprestaban displicentes para una segunda o tercera toma, y el director a veces les pedía que no se rieran demasiado, porque todo daba risa, las caras pintadas y los gestos a veces tan plausibles de los niños y niñas puestos a actores.

Hace poco me atreví a introducir al cine a niños de 5 años, en la clase de tercero de infantil donde está una de mis nietas. En el colegio Máyex organizan todos los años una semana cultural. Me propusieron, o yo me propuse, ahora no lo recuerdo, dar una charla de cine. La idea era hacerlo con los de 1º de la ESO, que estaban ya realizando un corto para presentarlo a Filmfest y yo les había estado asesorando cuando estaban con los guiones (al final no ha sido uno sino cuatro los cortos realizados). Pero me tentaba ver qué pasaba con los más pequeños. Laia ha estado jugando con la tableta, grabando vídeos con los clips que ella y su hermanita movían con la mano y los hacían hablar, así que no era tan descabellado.

Les propuse un juego muy simple que siempre me ha dado buenos resultados a cualquier edad. Solo hace falta un folio y unas tijeras. Consiste en que recorten una ventanilla y miren. Se lo ponen cerca de la cara o lo alejan un poco. El fragmento de realidad que encuadran se hace mayor o menor. No es lo mismo lo que uno percibe y sabe que le rodea en un lugar determinado que aquello que encuadra y selecciona. Es así de simple. Pero una niña me preguntó que para qué servía eso y ahí me dije a ver cómo se lo explico ahora. Se me ocurrió que encuadraran un fragmento de la pizarra blanca y les pregunté qué veían. Nada, me dijeron. Entonces, ¿qué podría ser? Y ahí sí empezó a funcionar: un techo, un cuarto de baño, una bañera. Y el cine se hizo.

También estuve con los más mayores. Vimos secuencias de películas y también cortos grabados por el alumnado de otros centros. Les hice ver porqué el corto que este año habían realizado un grupo de alumnas del centro, sobre la incertidumbre de una niña que se siente niño, funciona tan bien (la presentación de la protagonista, que la cámara parcela haciéndonos ver tan solo la ropa que lleva), y luego me pidieron verlo de nuevo y se hizo un silencio que revelaba una intensa emoción.
Insisto siempre en la importancia de lo que no se ve, de lo que no se cuenta pero está presente, del espacio off (lo que está fuera del encuadre) y de las elipsis como las herramientas más importantes de las que dispone el cineasta.





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