miércoles, 26 de julio de 2017

25 CONCEPTOS DE ISLA EN VISIONARIA

Me habían invitado en varias ocasiones para que participara en Visionaria. Si rodar un cortometraje de 5 minutos ya me parecía difícil, el reto de hacerlo con un máximo temporal de un minuto y medio me parecía toda una proeza. Pero rodé y edité una pieza y me seleccionaron con otros veinticuatro realizadores para su proyección en el CICCA en Las Palmas de Gran Canaria.


Lo que me impulsaba a sumarme al evento era la curiosidad de ver cómo otros cineastas habían encarado el reto. La Asociación de Cine Vértigo convocaba este año la 7ª Muestra-Concurso y muchos cineastas de las islas llevaban participando desde el principio. Me parecía que podían haber llegado a la mayoría de edad, perfeccionando la necesaria síntesis para que la comunicación con el espectador llegase a ser lo más diáfana posible.

Visionaria se propone como receptáculo de diversos “conceptos de isla”, que originalmente se circunscribían a la ciudad de Las Palmas y luego se fueron ampliando.
A mí la idea se me ocurrió a varios miles de kilómetros de distancia. Laly y yo nos encontrábamos en Washington DC visitando a nuestra hija y justo entonces la población de la ciudad, mayoritariamente demócrata, vivía enervada con la Convención del Partido Demócrata, que había cerrado filas alrededor de Hillary Clinton frente a la amenaza de un personaje más propio de una película de Batman, y que empezaba a asomar su hocico maloliente. Me sorprendió ver que Tommy no se desprendía del móvil, y como en la época del transistor seguía los discursos mientras paseábamos por la ciudad. En el aeropuerto, en las casas, en los bares, los televisores, siempre encendidos mostraban a los políticos y a las masas enfervorecidas con sus pancartas.
Ya en casa, y con el resultado de las elecciones, edité estos planos con otros que había tomado en el parque Malcolm X unos años antes, donde todos los domingos por la tarde, en los bochornosos meses del verano, se reúne un nutrido grupo de personas de diversas culturas, edad, género y raza para hacer retumbar los tambores en un frenesí ininterrumpido. Me pareció que la colisión de aquellos planos y los más recientes que anunciaban un posible cambio en la deriva de la nación podía alumbrar una idea sobre cómo la política influye en aspectos como la tolerancia, la convivencia o la ilusión por la vida.

Un corto de un minuto está más cerca del cartelismo o de la publicidad, por la necesidad de síntesis y la voluntad de llevar al límite los recursos expresivos, que de lo que entendemos como cortometraje, aunque no llega al extremo de los microcortos de 6  segundos de Vine, la plataforma de vídeos de Twitter, que tiende a la banalización del discurso. La inmediatez de Internet ha propiciado la creciente mengua en la duración de los vídeos publicados, al mismo ritmo que los textos escritos en el movimiento creciente del microblogging. Incluso los festivales de cortos más tradicionales han ido reduciendo la duración máxima, que está ahora en la media hora y en los veinte minutos en algunos festivales.
Pienso que la propuesta de Visionaria debería entroncarse con el cartelismo de los movimientos contraculturales, donde los medios expresivos se contraponían a las  ideas preconcebidas y a los estereotipos socialmente aceptados, cuestionándolos con las mismas técnicas que la propaganda y la publicidad, que a su vez se habían apropiado del lenguaje de las vanguardias.
Cada año Visionaria plantea un lema y el de este año debía llevar a los cineastas a reflexionar sobre conceptos como la identidad, el género y la sexualidad. Los lemas a veces se transforman en trampas y es muy difícil desprenderse de los lugares comunes.
Observo cómo los cineastas lo abordan desde distintos géneros, documentando la realidad de otras identidades sexuales que no tuvieron cabida en contextos históricos anteriores, como en las “Micro memorias aisladas” de Dani Curbelo, o en “Caro Antonio” de Cayetana Cuyás, o intentando una mínima narrativa, como el conflicto de una pareja en “Coraje” de Óliver Ortega o el tránsito de mujer a hombre descrito mediante una inmensa elipsis y el cambio de perspectiva de la narración en “Abrazos al alma” de Héctor Martín.


Otros cineastas optan por una descarnada improvisación de los actores (“Int./Habitación de Vanessa/Noche” de Amaury Santana) o por un simbolismo en la puesta en escena: el hombre desnudo que se acerca a un hombre abatido y le hace entrega de una cajita con una máscara con la que se cubre el sexo, en 90” de Javier Estévez. En “Hacia dentro” de Maxi Ojeda aparecen unas cintas de colores que encadenan al hombre y a la mujer impidiendo que sean ellos mismos.
Un cine conceptual quizás sería el más apropiado, por su brevedad. Cris Noda en “Los colores de la nieve” visualiza los más variados matices de lo blanco. Carlos de León graba una lavadora centrifugando en “Eyaculador precoz”. Rafael Navarro Miñón se graba a sí mismo planchando una camisa mientras escucha un partido de fútbol en “Heterosexual”, donde juega con dos estereotipos contradictorios: el del hombre adicto al fútbol y el del hombre que nunca plancha la ropa.


Más filosófica es la reflexión de Cami Mendoza en “Soy: presente”, donde la cámara levanta acta de la presencia de una mujer, sola en su habitación, encuadrando partes de su cuerpo, los zapatos, su vestimenta, el entorno en el que vive, mediante una sucesión de planos fijos. Es la potencia de la imagen la que nos la muestra tal como es, en el presente continuo del cine. Ella es porque la imagen lo afirma. Una voz en over reivindica esta radicalidad del ser y no la mujer que fue o podría haber sido. Somos lo que somos y no podemos lamentarnos de no ser de otra manera, en su individualidad que nos diferencia de los otros.

David Pantaleón parece muy consciente de los tópicos a los que se enfrenta. La primera opción sería mostrar a gays, a lesbianas o a transexuales, de modo que pone en escena la relación de dos chicas en “Topicazo”, pero lo hace a su manera en dos únicos planos. El primero es un exquisito encuadre de un bosque, filmado a la manera de los románticos, con su personaje minúsculo que aparece al rato por el fondo y avanza hasta sentarse en lo alto de una peña y esbozar una suave melodía con la armónica. Un plano que dura 50 segundos sin que apenas pase nada, en el contexto de un microcorto, crea sin duda un desasosiego muy grande en el espectador. En el siguiente plano dos chicas se despiertan en el interior de una tienda de campaña, se miran y se besan. La llamada del fauno despierta a las ninfas de su sueño.

En “Heavy de explicar” también encontramos a dos chicas aparentemente enamoradas la una de la otra, que mantienen una conversación sobre la dificultad de que su familia y su entorno entiendan su pasión mutua. Core Ruiz juega con el equívoco del plano contraplano y nos sorprende desvelando que los contraplanos no se correspondían en el espacio sino que cada una de la chicas mantenía su diálogo en otro contexto, rompiendo no solo las expectativas del espectador sino confrontándolo con el rechazo de la sociedad respecto a comportamientos fuera de la norma, en un tour de force excesivo.
La cineasta Jacinta Agten, recién obtenida la Estrella del Festivalito unos meses antes en la isla de La Palma, intenta en “Dueto” mostrar la experiencia del sexo en su crudeza, en un corto cercano a las vanguardias, mediante un montaje percutante de planos de detalle de los cuerpos excitados.

Frente a estas propuestas excesivas también se presentaron miradas naif sobre las convenciones respecto al sexo, como “Juego de muñecas” de Jacqueline Koumatse, o “Juego de niños” de Emma González Luzardo.
Rito José Vega se aleja de este cine naturalista y pone en pie, en un insólito corto, un ritual guanche de estética expresionista, donde el rostro del personaje, el vestuario, la luna y diversos objetos rituales se combinan en un montaje muy inquietante, más allá del significado de Tiziri como “luz de luna”, que en el mundo amazigh  estaba asociado a la fertilidad.  En “Gen 2:23” Sara Álvarez retrocede hasta la creación de la mujer descrita en el Génesis y exagera hasta el esperpento la diferencia entre hombres y mujeres que se presupone en nuestra sociedad.
Leo en la novela “Máscaras” de Leonardo Padura, que el travestismo tiene mucho de mascarada, de ocultamiento, pero también es una rebeldía de los cuerpos para superar la dualidad hombre mujer sobre la que se sustenta la sociedad patriarcal. Creo intuirlo en la máscara que oculta el sexo en la pieza de Javier Estévez, o en las cintas que nos atan a una determinada manera de vestirnos y de ser de “Hacia dentro”.  Algunos de estos cortos describen el proceso de transformación como un ritual necesario, como en “Maquillaje” de Isabel Ortega y Joaquín Fernández, o en “Sacrificio” de Ángel Pantaleón, desde puntos de vista opuestos.

Ayoze García utiliza el collage con anuncios de sexo de diversos periódicos en “Mi experiencia con la miristicina”, una toxina vegetal de la nuez moscada que en el corto se afirma que produce adicción. A León Arocha solo le basta mostrar los maniquíes masculinos y femeninos en los escaparates de las tiendas de ropa para hacer patentes los estereotipos que la moda nos impone a diario, conformando nuestra apariencia y la manera de relacionarnos. Maniquíes y recortes de prensa son el reflejo de nuestra forma de vida que tomamos como modelo.

Más atrás hablé de la facilidad con la que algunos cineastas abordan el lema propuesto para cada convocatoria. “Hamorfobia” de Miguel Aragonés y Nicolás Cardona reflexiona sobre el prejuicio contra los homosexuales que ellos mismos tienen interiorizado, pero los autores lo expresan de manera directa y sin mediar tratamiento estético alguno.
Por el contrario, Macu Machín bucea en el imaginario occidental sobre la imagen de la mujer indígena y lo encara desde el punto de vista de la mirada: en el siglo pasado el desnudo de las mujeres indígenas estaba permitido por la pacata sociedad ya que se les consideraba poco humanas. En “Ernesta y Elena” la directora toma las postales tomadas por Robert Lehmann en 1902 de dos indias desnudas y no solo las viste en la última de la serie de fotografías sino que también les restituye el nombre.

Algunas de las piezas presentados son fragmentos de otros trabajos más amplios, como ocurre con las “Micro Memorias Silenciadas” de Dani Curbelo o en el corto de Amaury Santana, que pertenece a una de las improvisaciones con actores para su proyecto de largometraje “Suecia”.
Otras piezas seguramente serán remontadas por sus autores, añadiendo planos hasta completar una duración más estandar, para ser presentadas en festivales de otras características, en este furor actual de la festivalitis imperante.
Es de agradecer que poco a poco se vayan sumando mujeres cineastas, aquí había ya un grupo muy nutrido, para que deje de ser un comentario al margen y podamos hablar de la normalización de género en el ámbito de la dirección y no se quede en el contenido de los trabajos. 



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