Dice Godard que hablar de cine es hacer cine, que pensar o escribir sobre cine es hacer cine, y que imaginar una película y escribir o dibujar luego lo que se ha desarrollado en tu mente es hacer cine. Pues bien, los amigos de la Casa del Telégrafo han invitado a unos cuantos cineastas para unas charlas acompañadas de proyecciones de películas en esta peculiar convocatoria de este año, los encuentros que organizan anualmente en Los Silos a mediados de agosto. En esta ocasión, las charlas se iban a llevar a cabo en un único día. Fuimos a los Silos el día anterior, y ya desde la comida de aquel viernes, junto a Melchor y a Laura, empezamos a hablar de cine y, curiosamente, de Godard. Estábamos haciendo cine.
Aunque en estos encuentros suelen reunirse poetas, fotógrafos, científicos, pintores, cinéfilos y practicantes del cine (y alguna bailarina), por alguna extraña razón esta vez a los cineastas nos han dado un protagonismo absoluto. Melchor López ha hecho descansar el peso del Télex en nuestros hombros, en los de David Delgado, en los de Ismael García y en los míos, menuda responsabilidad. En aquella comida inaugural nuestro primer tema de conversación fue el eclipse, cómo no, pues todavía el recuerdo del acontecimiento celeste seguía alojado en nuestras retinas. David lo contempló a través del visor de su cámara y yo cambiando los canales del televisor, por si a alguien se le ocurría hacer una buena retransmisión, pero no, se mantenían en su fórmula “fin de año” alternando diversos lugares de manera frenética, que no permitía hacerse una idea cabal del temido oscurecimiento, contado en tantas películas. Me hubiera gustado presenciar en un plano secuencia toda la alteración lumínica en su continuidad, capaz de alterar el comportamiento de los animales y el alma de los seres humanos, agarrados esta vez, en la total oscuridad, a la pantalla salvadora (y sanadora) del móvil.
Abría yo el programa con una charla que titulé (con la aviesa intención de llamar la atención) “De bikinis, ballenas y rollos desparecidos: el cine canario, una invención”, que no consiguió la convocatoria prevista de cineastas canarios prestos a discutirme tamaña aseveración. Me habían sugerido hablar sobre el cine canario, un tema ya demasiado gastado en tantas charlas y mesas redondas, sin llegar a ningún lado, más allá de la inocua fórmula de “cine en Canarias”, al incluir todas las posibilidades soslayando cualquier espíritu crítico. De modo que me despeñé en la descripción, o más bien fabulación, de una historia alternativa de este supuesto cine, en forma de ucronía, como la definió Joaquín Ayala al término de la charla.
Imaginé qué hubiera ocurrido si Rivero hubiera rodado, no El ladrón de guantes blancos, sino una película de tema canario como se le pedía, con un argumento parecido al de Guarapo, que hubiera obtenido el éxito internacional que se esperaba y hubiera podido seguir rodando más películas de tema canario. Si no le hubieran matado de un disparo pocos años antes del inicio de la guerra civil, su productora hubiera podido consolidarse y se habría constituido una sólida y próspera industria del cine. Los hermanos Ríos, años más tarde, quizás hubieran optado por realizar una película de género parecida al ladrón de guantes blancos, y también ellos, bien engrasados por la industria canaria ya floreciente, sin la necesidad de mendigar ayudas oficiales, hubieran tenido un éxito internacional con sus películas de acción.
Discurriendo por este camino distópico, imaginé otras disyuntivas menos luminosas: que en Gales hubiera hecho buen tiempo y John Huston no hubiera necesitado trasladar el rodaje de Moby Dick a Gran Canaria. Ya no se hubiera hablado de Moby Dick cuando se cita como uno de hitos del cine canario. Y aproveché para demostrar que en toda la película no se ve ni una línea de la costa de la isla, si siquiera un relieve mínimamente reconocible, tan solo agua. En contraste, proyecté un montaje de planos de Grand Canary, la película de la Fox sobre una epidemia de fiebre amarilla en La Laguna (?), donde se recrea una isla de cartón piedra en los estudios de Hollywood. Y cómo Raquel Welch cruzaba el paisaje volcánico de Lanzarote y el de Las Cañadas del Teide en una caminata. ¿Se trataba de un sueño surrealista? Quizás la sorpresa de la mañana fue proyectar un fragmento de una película de un desconocido José Moralejo, un cineasta amateur que filmó una buena cantidad de películas oníricas en super8 y 16 mm. en Gran Canaria durante los años 70 y 80.
Por la tarde, David Delgado San Ginés, en la charla “Pathé-Baby Las Palmas (una espectral sinfonía urbana / seguido de Una película de papel”, especularía sobre las conexiones de un poema del modernista brasileño Antônio de Alcântara, publicado en 1925, donde describía sus impresiones sobre la ciudad de Las Palmas, con las llamadas sinfonías urbanas del cine de vanguardia de los años 20 y 30. David Delgado nos regaló un espléndido trabajo documental donde se contempla la ciudad de aquellos años desde la mirada del presente, cosiendo las imágenes mediante un montaje sonoro que aúna el sonido ambiente del puerto de La Luz, la calle mayor de Triana o la plaza de Santa Catalina con las canciones antiguas rasgadas por la aguja del gramófono. Al cineasta Pedro García se le pide que lea un par de capítulos del poema modernista en plena calle. Más tarde le vemos sentado en un banco de la calle Triana escuchando viejas músicas en el móvil, utilizado también para identificar edificios y rincones añejos en la nueva fisonomía urbana. Al propio David le escuchamos fuera de plano dándole indicaciones a Pedro, y en un momento dado le vemos en la imagen, sentado en el banco junto a él. Una paloma cruza el encuadre en una imagen que parece fija y turistas y viandantes emergen a cámara lenta como surgiendo del pasado. Contrasta la ausencia de barcos y de movimiento en el puerto ante la avasalladora presencia de bajeles de todo tipo y de carros y de gente que se desparraman por la ciudad desaparecida. La cámara de David sorprende a unos pocos viandantes en las calles. En Triana, frente a la geometría de las vías del tranvía, el taconeo de unos zapatos de tacón precede a la aparición de una mujer desconocida. En un balcón, David captura el ballet que unas cortinas ejecutan bajo la batuta del viento, como el de unos enamorados.
Sin transición, se proyecta la última pieza de Ismael García bajo el título Tres viajes a oriente. Ismael es, al igual que nosotros, un asiduo de los Télex, y su nuevo trabajo no nos sorprende porque ya le hemos visto otras incursiones suyas en el cine del “desenfoque”, piezas que, nos lo confiesa más tarde, solo se pueden ver en Los Silos invitado por los telegrafistas.
Para entender de qué va el cine del desenfoque habría que referirse a la reciente exposición “Desenfocado. Otra visión del arte” de Caixa Forum, cuyo origen sitúa en los nenúfares de Monet, donde lo borroso y lo impreciso invitan a una mirada más analítica, o bien a dejarse llevar por las sugerencias plásticas de las obras. Ismael García lleva años dejándose atrapar por las imágenes que le asaltan en sus paseos cotidianos o en excursiones a otros parajes u otras islas. Su cámara, siempre inestable, transmuta la idea de paisaje llevándolo hacia la abstracción, manteniendo sin embargo el recuerdo de las formas originales para que podamos identificar la silueta de una montaña, la línea divisora del mar o la trayectoria de un camino. Manipula los parámetros de la cámara en el momento de la toma de imágenes, y el paisaje cambia de manera brusca, delimita zonas brillantes como un rectángulo o una pantalla de cine en medio del campo, o aísla una barca suspendida en un mar ominoso, que emergen de la bruma mientras el paisaje vibra en una sucesión de planos sin embargo pausada.
Del viaje a los límites de lo visible nos adentramos en otro viaje, esta vez sonoro, de la mano del compositor Javier Goldin, cuyo título “Salto al vacío”, ya nos prepara para una experiencia única y envolvente, desde los primeros compases, un abecedario sonoro visual a aprender, hasta alcanzar cimas rítmicas más propias de una rave. Y es que Goldin manipula un enorme sintetizador modular, extrayendo extraños sonidos mientras golpea superficies metálicas o se pierde entre cables y clavijas. Sobre el aparataje mecánico se enciende una pantalla cuyas imágenes abstractas vibran y viven con el sonido.
Sin darnos cuenta, hemos transitado por la película papel de David, el cine germinativo de Ismael y el sonido visual de Javier, en este transbordador telegráfico comandado por Melchor, Antonio, Laura, Nicolás y Quique.
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