Buscar este blog

Mostrando entradas con la etiqueta catálogo canarias en corto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta catálogo canarias en corto. Mostrar todas las entradas

sábado, 3 de febrero de 2018

VIDA Y MUERTE EN EL CATÁLOGO 2018

Como cada año, Canarias Cultura en Red, a  través de un jurado externo, esta vez compuesto por gestores de festivales y muestras afines en la península, selecciona un puñado de cortometrajes con una doble finalidad, mostrar en el exterior el cine que se está produciendo en Canarias ahora mismo y presentar estos cortos en los diversos festivales de cine de todo el mundo para que puedan ser seleccionados, mostrados al público, y acceder a premios, a través de la empresa Digital 104.

Este jueves se presentó el Catálogo 2018 en el Espacio Cultural Aguere, bajo los auspicios de una lluvia torrencial que sin embargo no arredró a unos espectadores interesados en el cine que se hace en su tierra, con bufandas, gorros y algunas mantas, que no sabían qué hacer con sus paraguas, y que, sin llenar la mítica sala 3 de proyección, supo envolverla con el calor de sus aplausos al final de cada corto y las risas cómplices que generaron las presentaciones que los directores hicieron de sus trabajos al inicio del acto y sus respuestas a las preguntas de los espectadores al final del mismo.
Algunos de los cortos ya se habían podido visionar en diversos festivales y muestras de Canarias, como “El gigante y la sirena” en Tenerife, “El mar inmóvil” en Lanzarote o “Los colores de la nieve” en Las Palmas de Gran Canaria, otros constituían un estreno absoluto, pero lo interesante era verlos todos juntos, confrontándose las diversas propuestas en una sucesión a priori arbitraria que conforma una determinada mirada en el espectador, de la misma manera que una determinada sucesión de secuencias conforma y da sentido a una película.
La primera impresión que ofrecían era la de solidez (un espectador habló de coherencia), incluso de oficio, como si el trabajo de los diversos equipos detrás de cada una de las producciones, en esta engañosa catalogación entre equipo artístico y técnico, hubiera llegado, a lo largo de los diversos catálogos, a un grado de excelencia, que se podía palpar en una fotografía mimada que casi te hacía olvidar su procedencia digital, ese rodaje al filo de la luz de “El gigante y la sirena” con su fotografía agrisada a tono con el hilo narrativo, o este gran simulacro de película china que constituye “La muñeca rota” emulando la imagen evanescente de un Yimou,  las electrizantes imágenes nocturnas de “Smoking Break” a la manera de algunas películas de Winterbotton, o la misteriosa decantación de lo real en lo onírico en los encuadres de las salinas de Lanzarote de “El mar inmóvil”.
Me impactan las localizaciones en algunos cortos, en su propósito de configurar una realidad inventada, creíble y al mismo tiempo metafórica.
Macu Machín extrae de un pasaje de Agustín Espinosa la posibilidad de recrear una isla inventada a partir del paisaje y sus gentes de la isla de Lanzarote, en una superposición de los dos planos, real y onírico, en un mismo encuadre, utilizando varios mecanismos, en la relación de la imagen y la banda sonora, en la relación de figura y fondo en un mismo encuadre, o en el descentramiento de las propias imágenes, a partir de la propia estrategia de Agustín Espinosa, figura clave del surrealismo en Canarias, en su texto “Lancelot 28º-7º”, donde mezcla el costumbrismo con la invención surreal, como cuando afirma que en su Lancelot inventado la sal “se pesca”.

Macu Machín, directora de films de observación, apegada a la realidad socioeconómica que la rodea, hace el camino inverso, desde el costumbrismo a la ensoñación. Al inicio del film encuadra frontalmente a dos mujeres de campo sentadas frente a su casa, una de ellas apresa a una cabrita y la mantiene contra su cuerpo mientras el perro de la casa se pasea indolente recorriendo el encuadre de un lado a otro. Macu Machín deja que transcurra el tiempo, un tiempo inmóvil que ya desde el título del corto se nos anuncia, y que los encuadres posteriores de las salinas corroboran. 
Se nos propone de entrada una suerte de documental etnológico sobre el trabajo de extracción de la sal, y así contemplamos el quehacer de un trabajador con la pala, alisando uno de los conos blanquecinos que puntean el paisaje. Pero ya muy pronto la cámara se desdice, y el hombre se va desvaneciendo mediante un cambio de foco que privilegia las líneas convergentes de los montículos blancos, mientras mucho más allá, en la planitud lejana del horizonte, se deslizan los automóviles como maquetas.
De modo parecido, las cuatro propuestas más narrativas huyen del academicismo fácil y se arriesgan en una puesta en escena capaz de construir una realidad inventada.

Roberto Chinet, en “El gigante y la sirena”, se propone hacer converger dos mundos, dos realidades. En uno de ellos un personaje se detiene en la carretera para recoger a una chica desorientada. En otro un niño se esconde en la habitación de un hospital para leer el cuento que primero soñó y luego puso por escrito, con el fin de trascender su propia realidad y poder asomarse al mundo de otra manera. 
Una historia se desarrolla en la cercanía del mar, a esta hora en que todo se desdibuja y las personas se convierten en siluetas contra el sol poniente. Aunque presuponemos que se trata del segmento fantástico, la manera en que está filmada la naturaleza, la textura de las rocas, la presencia del faro, la casa en el promontorio, adquieren gracias a la fotografía una resonancia vital, un mayor grado de realidad, que contrasta con los colores apagados y la penumbra constante de la habitación hospitalaria en la que el niño se refugia.
La voz del niño narrador nos cuenta que coexisten con nosotros seres asombrosos de cuya existencia no nos apercibimos, de tal manera que cuando descubrimos al hombretón acodado en la barra del bar asumimos que se trata de uno de estos seres, y que cuando este detiene su automóvil para invitar a la chica a subir, entendemos que quizás sí, que este va a ser un encuentro trascendente, que podría ser la sirena del cuento. Pero el desarrollo de la historia no acaba de encajar con los arquetipos conocidos. 
Es un cuento cruel, contado de modo crudo y realista, apoyándose en el tratamiento de la luz y en la interpretación de los dos actores, en su manera cortante de decir sus frases, en las miradas y gestos, en la presencia casi mineral de Antonio de la Cruz, en la vulnerabilidad de Aída Ballmann, en los ojos del pequeño Leo Ramal, en la ambivalencia de sentido. ¿Qué es, a fin de cuentas, lo real?


Coré Ruiz desempolva en “Osito” una idea que le rondaba hacía tiempo, planificar un diálogo campo contracampo a destiempo, de modo que en cada plano se escuche la voz fuera de campo de su oponente, dándole prioridad a la reacción del otro cuando escucha. Este dispositivo juguetón, junto a un montaje casi paroxístico, obsesivo, de planos de detalle de objetos y fragmentos de la anatomía de los personajes, está al servicio de una historia macabra, donde el sexo y la sangre se combinan para rarificar un tempo de amores obsesivos y pasiones enfermizas, casi pornográfico en la mostración de los fluidos corporales y los primerísimos planos. Otro de los trucos, a los que Hitchcock era muy aficionado, consiste en mostrarnos un plano asqueroso y sanguinolento para cortar acto seguido a un plato apetitoso que uno de los personajes engulle con delectación.

Sin embargo, la suma de estos procedimientos de montaje, donde el espectador espera escuchar al que habla, mediante una pirueta del montaje que le hurta el movimiento de los labios, la fragmentación de los  cuerpos planeada desde la story board, que invita a mirar y al mismo tiempo escamotea la mirada,  y el exceso guiñolesco del argumento,  consiguen distanciarlo del horror, transmutándolo en comedia que invita a la risa.
En “Smokimg break” Iván López desarrolla el encuentro azaroso entre dos jóvenes en clave naturalista, que la puesta en escena desdice en cierto modo. Ya sobre la pantalla en negro asistimos al rompimiento de una pareja al escuchar las voces quebradas, casi histéricas, de los dos jóvenes.  Unos pocos planos nos los muestran al poco tiempo, pegados a sus móviles, en lugares distintos de una ciudad sin nombre. Él, imperioso, le pide una segunda oportunidad. Corte brusco a los títulos de crédito.

A partir de ahí le seguiremos a través de la noche por un parque de atracciones y su posterior inmersión en una discoteca. Las luces de neón, los contraluces violentos, el montaje quebrado, las personas como sombras pasando a su lado o moviéndose sumergidos en la música. Es una secuencia inmersiva, que Iván López rodó tres años después de haber rodado la parte central del corto, que crea el clima adecuado para el encuentro de los dos protagonistas en el pasadizo de entrada a la discoteca, donde ambos han salido a fumar.

Esta segunda parte rompe con la estridencia anterior mediante un plano secuencia fijo en el que se desarrolla buena parte del diálogo. Los chillones tonos rojos y amarillos dejan paso a una atmósfera azulada que tiñe los rostros, como en un acuario. Es un acierto la elección de este lugar inhóspito, como una pasarela que podría haber pertenecido al hospital de “El gigante y la sirena”, un lugar de tránsito entre dos mundos, el mundo vital y acogedor de la discoteca, cuya puerta cerrada entrevemos al fondo, y la frialdad del exterior, ese otro mundo al que el joven se va encaminando, como la mujer moribunda del corto de Chinet. También aquí la mujer deberá enfrentarse a lo inverosímil, a lo fantástico.

“La muñeca rota” de Daniel León Lacave, cuyos últimos cortos han estado en anteriores catálogos al igual que Iván López,  fue sin duda la sorpresa de la noche, pues nadie se esperaba una producción canaria que podría muy bien hacerse pasar por una película rodada en China o, en el mejor de los casos, por una coproducción chino-canaria.   
De tarde en tarde, el cine canario, en un exceso de autoconsciencia, se pregunta por su existencia. Ya pasó en los años 70, cuando los amateurs superochistas pensaban que estaban inventando el cine canario, y también está sucediendo ahora, tras una explosión incontrolada de lo digital, que ahora se amansa, y los cineastas se agrupan, conceden premios, hay encuentros y cursos de cine, críticos que unifican sus recursos en una revista de cine canario como una guía para los cineastas, se suceden nuevas generaciones de jovencísimos cineastas que se buscan la vida en las redes. Y surge la pregunta trascendente: ¿somos?, ¿qué somos?
Si esta selección de cortometrajes representa el cine canario que se hace, la discusión bizantina entre cine local o universal salta en pedazos al confrontarla con “La muñeca rota”, pues la presunta canariedad solo podemos vislumbrarla de refilón en los nombres de los títulos de crédito, sobre todo en los nombres de las niñas chinas adoptadas por parejas de canarios, en los que coexiste el nombre occidentalizado con las raíces de los apellidos de cada una de ellas, en un vano intento de cordón umbilical simbólico que les recuerde su procedencia. Niñas canarias sin embargo, con el deje de cada una de las islas, que constituye una realidad en la Canarias actual.
¿Y el tema del corto? ¿Qué relación guarda con Canarias la explotación de estas niñas en un taller de confección de muñecas en el otro extremo del mundo?

“La muñeca rota” sorprende asimismo por su rara perfección. A Daniel León Lacave le interesa el cine social, lo hemos visto en “Ruido” y en sus largometrajes “Crónicas del desencanto” y “Los días vacíos”, pero también ha rodado algunas piezas donde ha mimado más la puesta en escena, tanteando el lado oscuro de la existencia, como en “Ángeles”. Podríamos decir que unas iban dirigidas al hemisferio izquierdo de nuestro cerebro, al lado racional, mientras que las del segundo tipo apelan al lóbulo de las emociones.
Su última producción, sin embargo, mediante un encaje casi perfecto entre las intenciones pedagógicas y su andamiaje estético, logra en el espectador una interrelación entre la poesía de sus imágenes y el sentido último de la denuncia social, dejando que la intuición que siempre guía al espectador genere sus propias metáforas: la muñeca rota, la infancia rota, las ilusiones rotas, y sin embargo, esa reconstrucción minuciosa de la niña sobre el cuerpo inerte de la muñeca, la muñeca como espejo que le devuelve la ilusión perdida.

Y todo ello mediante el poderoso rostro de la pequeña actriz Yanai Cruz que vehicula todas las emociones. Y una planificación medida, estilizada, el aprovechamiento de su formato panorámico como nunca se había visto en el cine canario, esa panorámica cuando la niña entra en la casa que mantiene en el encuadre los dos ámbitos, el vestíbulo en penumbra y la cocina tamizada por el humo de los fogones, los silencios solo rotos por el ruido constante de las máquinas de coser, el estallido seco de una bofetada o la reprimenda de la madre. Como en los cortos anteriores, el trabajo concienzudo del director de fotografía confiere vida (y sentido) a la narración.
Hay una idea de la muerte que atraviesa el cuerpo de los cortos seleccionados, la muerte como tránsito y transformación en “El gigante y la sirena”, la muerte y despedazamiento del otro en “Osito”, la desaparición del paisanaje y su mutación en cuerpo poético en “El mar inmóvil”, la muerte de la infancia y su superación por el doble en “La muñeca rota”, la lucha por la vida en “29 de febrero”, el reconocimiento del yo a través del otro en el umbral de la muerte en “Smoking break” y la construcción del mundo por el lenguaje ante el caos y la desaparición en “Los colores de la nieve”.


El documental “29 de febrero” de Ángel Valiente, productor de “La muñeca rota”, nació como un encargo del colectivo del mismo nombre que el cortometraje, constituido por agricultores en el norte de la isla de La Palma para defender un precio justo para el plátano. Ángel Valiente graba a uno de ellos en la platanera con su cámara manteniendo la toma mientras el hombre va cortando las hojas secas con un machete. Es un trabajo laborioso. También le vemos cortando la flor en el extremo de cada uno de los plátanos mientras van madurando. O quitándole los hijos, esas nuevas plantas que podrían arrebatarle la fuerza a la planta principal. Si las plataneras fueran personas sería algo salvaje, incivilizado.

El personaje central del corto tiene algo así como dos vidas. Se mueve entre el cuidado de las plantas durante el día y el cuidado de las personas por la noche, su madre enferma y una tía de 102 años. Como esos dos mundos que se pliegan uno sobre otro que hemos visto en los demás cortos, lo real y lo fantástico en “El gigante y la sirena”, lo rural y lo surreal de “El mar inmóvil”, lo íntimo y lo socializado en “La muñeca rota”, lo pasional y lo inerte en “Osito” o lo vital y lo enfermizo de “Smoking break”, también aquí los caminos discurren en paralelo, constituyéndose en metáfora de la vida, en una filosofía de la vida, que cada cineasta gestiona como puede.


-->
Quizás todo sea una construcción, como afirma Cris Noda en “Los colores de la nieve”, la pieza más corta de la velada, de apenas dos minutos, un corto reflexivo, que condensa muchas horas de ir dándole vueltas a una idea, una idea que se enrosca en sí misma, porque las muestras de nieve distintas que se muestran en el film son a su vez construcciones, puro artificio artesanal, con la apariencia de las diversas clases de nieve que los inuits, los habitantes de las regiones árticas de América, discriminan del blanco, de la misma forma que los habitantes del desierto o de las selvas amazónicas disponen de muchos nombres para orientarse en una naturaleza casi igual.

jueves, 22 de octubre de 2015

COSECHA 2015: CORTOS CANARIOS INDEPENDIENTES

Como cada año, Objetivo Canarias presentó al público en general los cortos seleccionados para su distribución nacional e internacional, el llamado Catálogo Canarias en Corto, en ambas capitales de las dos provincias.  En Santa Cruz de Tenerife se celebró en el Espacio Cultural CajaCanarias, en la sala de proyección que albergó, hace ya algunos años, el festival de cortometrajes organizado por esta entidad.



El acto que tuvo lugar en Tenerife, al que asistí junto a otros cineastas (más bien pocos), actores y amigos de los participantes de los cortos a proyectar, contó con la presencia de la directora general de Cultura, que dio cuenta de la transparencia en la selección de los cortos, tanto en la elección del Comité de Expertos (que se renueva cada año) como en la de la empresa encargada de la distribución de los cortos (Digital 104, que ya dispone de una buena cartera de cortos y largometrajes que han obtenido premios en diversos festivales).



Me llama la atención que solo se hubieran presentado dieciséis cortos, como si este año hubiera declinado sorprendentemente la realización de cortos en las islas, cuando todos sabemos que ocurre todo lo contrario.

El cine canario, dejado a su aire por la suspensión de ayudas a la producción, ha empezado a volar por su cuenta. Las productoras que habían sustentado trabajos anteriores, y que habían engrosado los catálogos de los anteriores nueve años, han desplazado su energía hacia la publicidad y otras actividades más lucrativas, como dar apoyo a las producciones nacionales e internacionales que acuden a las islas, atraídas no por sus paisajes o la calidad de sus técnicos y actores, sino por las desgravaciones fiscales del Gobierno Canario.

Sea por esta razón o por otra, esta es la primera vez que no han exigido el requisito del aval de una productora, sino que en esta ocasión han podido presentarse todos los cineastas independientes, dados o no de alta en la Seguridad Social, un requisito que cerraba las puertas a directores con talento, que debían costearse la distribución después de haber sufragado todos los gastos de producción de su bolsillo.

También el formato del acto cambió este año, al prescindirse de la ritual  presentación de los cortos que hacía cada director, optándose por una posterior mesa redonda, en la que Jairo López, en representación de Digital 104, oficiaba de moderador, presentaba a los directores en su trayectoria fílmica y personal y les dirigía preguntas individualizadas que aclarasen aspectos significativos de cada uno de ellos.

Dos cuestiones reveladoras me parecieron interesantes, que marcan de algún modo el devenir de este cine canario que pulsa para hacerse un hueco, todavía inexistente, en la sociedad canaria.
Hace un año, desde este mismo blog, expresaba mi extrañeza por la ausencia de la crisis, tanto económica como de valores, que nos estaba atenazando, en el texto de este cine canario. Parecía como si, sobrecogidos todavía por la ola de devastación que amenazaba por cambiar de manera definitiva nuestro futuro, los cineastas hubieran optado por refugiarse dentro de sí mismos, pulsando un íntimo malestar sentimental, quizás primera víctima de la crisis, mientras que los aspectos más visibles, el paro, los desahucios, aparecían en un segundo plano, relegados al fondo del encuadre.

Pues bien, los efectos de esta crisis, al cabo de un año, da la impresión de que han alcanzado la visibilidad necesaria, tanto en el contenido de las cintas como en el talante de muchos de los directores allí presentes, al exponer un presente lleno de nubarrones, relacionado tanto con la trayectoria vital de cada uno como referida directamente a la profesión de cineasta, en su doble vertiente como técnicos y como artistas, y que expresaron, con un sentido del humor acre y corrosivo, tanto Iván López como Lamberto Guerra, cuyo rostro aparecía en cuatro de los siete cortos presentados (“El criterio de selección no ha sido mi presencia”, afirmaba con hilaridad Lamberto)

Iván López confesó cómo su último corto era el resultado de una doble crisis individual. Hace unos meses había decidido dejar de realizar cortos. Entonces se organizó un festival de cine expres muy cerca de su casa, y muchos actores acudieron a él para pedirle que rodara un corto con ellos.  Fue tal la tentación (“siempre había querido hacer un corto con todos ellos”), que tuvo que aceptar, construir un guión a toda prisa a partir de una idea de la actriz Alicia Rodríguez, que guardaba en el cajón para mejores tiempos, y empezar a rodar.

“Estoy harto, voy a dejar de hacer cine” es esa frase que todos le habremos oído decir a un cineasta., exhausto ya de tanto bregar sin recibir apoyos ni palabras de aliento y, sin embargo, catapultado a otro corto suicida por un impulso interior (“Hago cine como terapia”, Iván dixit), o por el abrazo de un amigo actor que te anima de nuevo (Lamberto de nuevo).

El otro aspecto que me gustaría destacar lo expresaba muy bien uno de los personajes del corto de Iván López, de nuevo en la voz de Lamberto cuando afirmaba, después de una perorata alimentada por el sarcasmo (“soy probador de alimentos para perros, una de las profesiones más raras del mundo”), se da cuenta de que ha expuesto quince años de su vida en siete minutos.

Pues bien, no sé si el corto dura exactamente estos siete minutos, pero esto es lo que hicieron prácticamente todos los cortos, un ejercicio de síntesis y contención narrativa, buscando las formas que pudieran condensar toda la rabia que cada uno llevaba dentro.  Desde la suavidad relamida de “La talega” al blanco y negro sin matices de “El canto del monstruo”, los cineastas optaron por un relato constreñido a una única situación, que se expresaba con la contundencia de un axioma.



En “Nadie”, el acto de maquillarse y desmaquillarse delante de un espejo contenía en forma de paréntesis la realidad de un vacío, consecuencia lógica de haberse plegado a una realidad poliforma sin tomar nunca partido, dejando que los demás piensen y decidan por uno, por la falta de compromiso. Daniel León Lacave, más optimista que sus compañeros por haber logrado terminar su segundo largo gracias a lo que él expresó como crowfounding emocional, consigue en “Nadie” la perfecta conjugación de lo íntimo y privado con lo social, quizás de una manera más suavizada que en “Ruido”, donde una crisis sentimental se dirimía en medio de una manifestación, ahogada por las consignas coreadas por la multitud.



En “Las tormentas son para el verano” Iván López levanta con pocos mimbres una película coral, que se enuncia con contundencia en su intertítulo inicial (“Nos dijeron que lo hiciéramos todo por amor y después nos engañaron”). Los jóvenes de este corto no se sienten responsables de su fracaso, sino de que se engañó a toda una generación prometiéndoles un futuro que se ha demostrado falso. El corto se inicia abruptamente con un primer plano frontal de una chica dejándose llevar por la melodía de Aretha Franklin, que está girando en un tocadiscos. Así, la música como contendor de una nostalgia de futuro, el rostro devastado por las emociones, los fondos amarillo fuerte iluminados por bombillitas de colores, que contrastan con la alegría triste de estos amigos que desgranan sus penas en secuencias aisladas, donde la ausencia, el paro, las desdichas sin fin del presente, se diluyen en una cena compartida entre amigos.

César Yanes en "Las tormentas son para el verano"



“Nice song”, rodada en menos de cuarenta y ocho horas en el contexto del concurso de cine expres “La Laguna Plató de Cine”, bajo el lema “Todo por amor”, opta por el cine musical, dejando que la letra de la canción que escribió Lamberto Guerra con arreglos de Jonay Armas (“le tarareé la canción por la mañana y ya por la noche tenía la música”), se conjugara con imágenes idílicas de La Laguna, una canción que a la mitad del corto se convierte en diegética, cantada por el propio director actor y dirigida a conseguir una dádiva de dos mujeres que, perteneciendo a las clases adineradas, son las causantes de que los artistas tengan de mendigar en las calles. Cine social y de denuncia, un SOS dirigido a un espectador cómplice que aplaude, un mensaje envenenado envuelto en una música pegadiza que tanto gusta a las señoronas y que les recuerda aquellos ratos viendo musicales de Hollywood pero cuya letra nunca han entendido.





“En el banco” es otro corto resultado de un festival expres, esta vez en Lanzarote, de un recién llegado a esto del cine, como tantos otros que se acercan a este tipo de competiciones, donde la rapidez y la economía de medios son destrezas indispensables para conseguir ese corto de 4 o 5 minutos que se exigen. Iñigo Franco asumió el reto con inteligencia, dándole protagonismo a un banco (“que tuvimos que transportar a la localización que habíamos elegido, frente al Charco de San Ginés, en Arrecife“), que nos cuenta de manera vertiginosa la vida de todos aquellos que se acercan al banco para sentarse a charlar, descansar, dar de comer a un bebé o enamorarse, mediante un único encuadre y la voz en off del narrador. Como era de esperar, la suma de todas estas historias, que sintetizan a veces toda una vida proyectándose en el futuro, da cuenta de la realidad del momento, de las penurias y alegrías de la gente normal en un día cualquiera.



“El canto del monstruo”, el último corto de Armando Ravelo, mientras trata de poner en pie otro relato épico de la conquista de Canarias, toma distancia de este cine un tanto coyuntural donde los cineastas expresan en forma de grito su particular desazón existencial, para profundizar en los pliegues más oscuros del alma humana. Tomando el modelo de procesos terapéuticos que se dan en EEUU, una mujer acude a visitar al asesino de su pareja, como parte de su proceso curativo. Ravelo ejecuta un ejercicio de contención narrativa, escrutando el rostro de los actores, dejando que las miradas y los silencios puedan desvelar qué misterios inenarrables puedan explicar la explosión de la violencia en contextos de normalidad ciudadana.



Otra desviación de este modelo social que la selección del catálogo de este año nos ha deparado, es “La talega”, un corto de Beatriz Fariña, que me ha recordado el cine de los años 70 y que hubiera firmado un Roberto Rodríguez con su cámara de Super-8, al que solo le faltaban las rayaduras y las solarizaciones aleatorias de aquel formato, que recrea un momento detenido en el tiempo de un pasado feliz (el cabrero, el paisaje rural de Teno, aunque hubiera podido ser en cualquier otro lugar, el ambiente festivo, el sonido del folclore), sedimentado en nuestro imaginario colectivo y que contrastaba, por la contigüidad en la proyección, con la nostalgia compartida de los jóvenes de “Las tormentas son para el verano”.



Dejo para el final (y no solo porque se proyectó en último lugar), la sorpresa de la tarde, la estrambótica “Melodrama”, que dejó al auditorio perplejo, frente a Melo y Drama, dos personajes fascinantes, cuyas cabezas consistían en dos artilugios demodées, un televisor y un tomavistas con tres objetivos de los años 50, que debían pasar un test de normalización ante el personaje Society (de nuevo Lamberto Guerra), y cuyo críptico mensaje fue desvelado por un whatsapp que las directoras enviaron para paliar su ausencia en la mesa.

Hay en Melodrama un discurso metacinematográfico sobre la muerte de una determinada manera de mirar el mundo, a través de los medios de comunicación. Melo y Drama se comunican a través de sus cabezas videntes, la una captando con sus objetivos la realidad circundante, la otra mostrando en su pantalla esa misma realidad. Melo y Drama podrían ser también las dos directoras. Cristina Noda (detrás de la cámara) y Cayetana H. Cuyás (directora de Arte) dirigen al unísono (“son como las plantas, se comunican a través de las raíces“ afirmaría Lamberto), y controlan a la perfección hasta el último e insignificante detalle, consiguiendo el efecto de extrañamiento deseado.


Me doy cuenta de que seguimos inmersos en la política de autor, confiriendo a los directores su presencia física en las mesas redondas, como últimos responsables de cada corto, cuando todos sabemos que una película la hace un montón de gente, desde ámbitos artísticos distintos. Así, me gustaría destacar el sólido ensamblaje de algunos de los artífices de los cortos, apoyando y colaborando en las obras de los colegas. Ya he hablado de Lamberto Guerra, delante y detrás de la cámara, presidente de la Unión de Actores de Canarias, y alma mater detrás de muchos proyectos. Por otro lado, Iván López le hace la fotografía y la edición en “Nice Song”, y lo encontramos detrás de la cámara en proyectos de otros actores que se deciden por dirigir su propio corto.

¿Qué le pasa a este cine canario, que parece que todavía no ha encontrado un huequecillo en la gente de a pie, los posibles destinatarios de este cine? ¿De qué pie cojea? ¿Hay algo que lo haga distinto o que lo minusvalore respecto al cine que nos viene de fuera?

Penélope Acín en "Nadie"

He visto en este catálogo una mayoría de edad en el campo de la interpretación, unos actores y actrices que se dejan la piel, que consiguen hacernos querer u odiar a tal o cual personaje. ¿Qué decir del trío protagonista de “Nadie”, de los minúsculos gestos, miradas, medias sonrisas de Penélope Acín? ¿O de las risas, las lágrimas, los besos que se suceden en “Las tormentas son para el verano”? ¿O de la dureza tanto de Marta Viera como de Mingo Ruano en su emocional  enfrentamiento cada uno en un extremo de la mesa en el interior de una cárcel.

Marta Viera en "El canto del monstruo"


La sobria fotografía del también director David Delgado Sanginés en “Nadie”, o la más colorista del fotógrafo Ja Doria en “Las tormentas…” (aprovechando los pocos elementos con los que se contaba, en un trabajo casi improvisado), la partitura musical de Jonay Armas en “Nadie” o en “Nice song”, ayudan a crear las atmósferas emocionales,  visuales y sonoras, que cada corto precisa. Nombres que se repiten en otros cortos, como el de Luis Adern, otra presencia indispensable en el cine canario, aquí oficiando de director de fotografía en “La talega”, animando a jóvenes cineastas con su proyecto Ópera Prima, produciendo cortos a todo aquel que se le acerca con un proyecto.