Buscar este blog

Mostrando entradas con la etiqueta san rafael en corto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta san rafael en corto. Mostrar todas las entradas

miércoles, 13 de noviembre de 2024

CORTOS LARGOS Y CORTOS CORTOS: SAN RAFAEL EN CORTO (2)

El hecho de que dos cortometrajes de quince minutos compartan sesión con otros once muy muy cortos consigue que nos preguntemos por qué la mayoría de los cineastas canarios se mantienen en este espacio de confort y no se atrevan a levantar proyectos de mayor envergadura. La existencia de festivales de cine exprés, al limitar la duración de los cortos por una cuestión meramente práctica (en el Festivalito se realiza una media de cien cortos en una semana y se proyectan todos el último día), o incluso concursos como Visionaria que la limitan a 90 segundos, promueve una gran cantidad de cortos, realizados además en un ambiente de camaradería y buen rollo. 


fotograma de Vuelo a la Tierra

En este ambiente festivo se conoce gente y se acepta la colaboración de cineastas, de actores y de actrices desconocidos. Acometer un corto de más de diez minutos, lejos de aquellas semanas de excepción, cuando ya todos han regresado a sus casas y están absortos en sus propios proyectos, es muy complicado. Hay que levantar una producción con un mínimo de personal, además de precisar de un mínimo capital para hacer frente a los gastos de comida y desplazamientos, cuando no de pagar a los técnicos y actores. Para realizar un corto de más de diez minutos hace falta una productora, solicitar ayudas, dar de alta al personal, y no está al alcance de todo el mundo. Y sin embargo…


¿En qué se diferencia un corto cortísimo de otro de quince minutos? Pues que puedes desarrollar mejor los personajes, hacer más compleja la narración, conseguir un tempo para que la historia respire. Hacer un corto cortísimo, uno de 90 segundos, es subir de nivel, algunos les llaman piezas, es un cine conceptual, hay que hallar la imagen que nos cuente más cosas, una idea que llame la atención.


En la sesión del domingo 3 de noviembre se proyectaron 13 cortometrajes, de los cuales 8 son canarios y el resto procede de lugares tan distintos como Indonesia-Italia (Broken Wings), Venezuela (Karachy), Chile (Hermana) y Barcelona (París 70 y Vuelo a la Tierra). Aunque el lema de este año era el cambio climático, tan solo Vuelo a la Tierra nos avisa de un futuro colapso. 


Dos de los cortos tienen más de diez minutos: Paris 70 de 15 minutos, y Verbena, con 13, mientras que el resto se mantiene en la media de 4 minutos.


París 70, de Dani Feixes, nos cuenta una historia que se desarrolla a lo largo del tiempo, la de un hijo que cuida a su madre con Alzheimer, una historia íntima, que se desarrolla en el espacio limitado de una sala de estar y un dormitorio. La madre pregunta cada día por su marido y el hijo tiene que recordarle cada día que ya se fue, que ellos están solos, pero un día inicia un engaño, una fabulación, y ambos, a través del recuerdo suscitado por unas fotografías de viajes, viajan cada día a una capital europea, y en el engaño son felices. El arte del cine es el arte de la fabulación, del engaño.



Verbena, de Adrián González, es otra propuesta narrativa. Al contrario de que París 70, se desarrolla en una noche, una noche de alcohol y ganas de sexo, jóvenes divirtiéndose en medio de la nada, hombres y mujeres cada uno con sus apetencias y necesidades, en un determinado punto de su vida que no conocemos. Noche de seducción también: miradas, gestos, actitudes. Una sustancia vertida sin que nadie se dé cuenta en un vaso para conseguir lo que uno quiere y alejar la frustración del rechazo. Nada nuevo. Los quince minutos dan para ir generando una cierta incomodidad. Planos generales para ubicar a cada uno, primeros planos de rostros indolentes o enfebrecidos, con ganas de marcha, de diversión, que se atraen o se alejan, que entran y salen del encuadre. Una situación que incomoda al espectador, que lo apela. Una ficción que nos describe una realidad incómoda. Un trabajo producido por una escuela cine, el Instituto del Cine Canarias, en Las Palmas de Gran Canaria.



En el otro extremo, Tour, de Fátima Luzardo, realizado para el concurso Visionaria. Aquí el concepto es crear una discordancia entre lo que se ve y lo que se escucha, una distanciación irónica que propicie una toma de conciencia frente a las imágenes desgarradoras de la guerra.



Vuelo a la Tierra, de Ignacio Rodó, es otro tour, en este caso un tour cósmico y didáctico, un acercamiento al planeta Tierra centenares de años después del colapso, para que descendientes de los últimos pobladores del planeta presencien el estado actual, analicen las causas y tomen conciencia, también ellos, de lo ocurrido para no repetir los errores. Se trata también de un corto conceptual, aunque ligeramente más largo, consistente en un único plano de acercamiento a la esfera terráquea, después de haber rebasado la Luna. Hay también aquí una discordancia, aunque de otro tipo, entre este lento acercamiento y la narración del desastre medioambiental acaecido.


Karachy, de Elmer Zambrano, nos promueve un distanciamiento sin pretenderlo, al proyectarlo junto a piezas más turbadoras, pues lo que vemos es la representación de un paraje ideal, un ambiente bucólico, donde el agua es abundante, la gente parece ser feliz en sus trabajos, las vacas pacen tranquilas, el cielo es límpido. Y todo ello nos recuerda, por contraste, los paisajes yermos de Fuerteventura que contemplamos en la sesión del sábado, como si ambos fueran cortometrajes complementarios.



 

La intrincada selva de Indonesia, en Broken Wings, de Jerik Dozy, nos perturba sobremanera. Hay en sus imágenes una belleza abrumadora, que esconde una maldad inherente, la de los cazadores de pájaros, un negocio infame que debe mover mucho dinero. Se nos describe con todo detalle las malas artes con las que se atrapa a las aves, mientras contemplamos a un muchacho chapoteando en un riachuelo, loco de alegría con su cometa en forma de mariposa. La mariposa falsa parece remontar el vuelo, mientras las aves son incapaces de volar, adheridas a las ramas por el pegamento. Cada vez vemos más pájaros enjaulados, una orgía de jaulas, de trinos y de picos asomándose entre los barrotes. El pájaro finalmente volará a la gran ciudad, pero siempre en su jaula. A través de los grandes ventanales podrá contemplar la majestuosidad de los edificios, otra selva.



Los demás cortos ya se vieron en La Palma Rueda, a excepción de Cinco minutos, de Laia Zuazo, un típico corto que consiste en el diálogo entre dos personas, casi siempre chico chica, casi un género dentro de los cortometrajistas, quizás por la comodidad y sencillez de la realización.


Cuatro cortos coinciden en limitarse a una única situación: La actriz Alba Tonini rueda su corto exprés, Gara, en un establo con un caballo que ella acaricia para alejar la tristeza de una separación reciente. En Hermana, Matías Bize rueda un único plano sobre el rostro de una mujer que mantiene una conversación con su hermana con el móvil, al alejarse la cámara descubriremos que se halla junto a su tumba. Perenne, de Jalisse Walraet, se juega en el intercambio de miradas de dos mujeres, una desde la ventana, la otra una paseante ocasional, miradas primero de sorpresa, luego de deseo. En Furtiva, de Silvania C. Suárez, la mujer ejecuta un baile liberador, al acercarse a la cámara descubrimos que se trata de una ama de casa entregada a lavar la ropa.






 


Dejo para el final dos gamberradas que harán la delicia del espectador, pues siempre apetece una comedia. Atraco a medias, de Iris Carballo, nos cuenta de manera disparatada la preparación y posterior ejecución del robo de un “banco”, con unos actores desaforados. Camarero 2, de Víctor Hubara, levanta una sátira sobre el mundo del cine, la diferencia de trato de los actores protagonistas y los figurantes, siempre intercambiables.



   


sábado, 9 de noviembre de 2024

SAN RAFAEL EN CORTO: 20 AÑOS DOS MIL CORTOS

La primera sesión de un festival es siempre una obertura que nos anuncia las sesiones venideras. Hay que dejarse llevar por las luces y las sombras, sentir un íntimo regocijo por los placeres que nos deparará cada corto, aguzar las entendederas para colegir destellos, pistas y sentidos ocultos que nos asaltan en la mezcla de cortometrajes de apariencia disímil. 


En Aunque es de noche, ganador del premio Goya 2024 como mejor cortometraje de ficción, de Guillermo García López, hay una imagen reveladora, uno de estos planos que lo dice todo, al contener la semilla de todo el corto. Toni, un muchacho que vive en la Cañada Real, acude con su amigo a un almacén destartalado, guiados por la luz de sus linternas. Su búsqueda es infructuosa y en su impaciencia derriba una jaula con pájaros de vistosos colores, los cuales, al sentirse libres, aletean en la estrecha oscuridad del cuarto. Los chicos son descubiertos y tratan de huir. El plano al que me refiero comienza ya en el exterior: uno de los chicos huye y se aleja de nosotros, perseguido por dos hombres, y todos ellos desaparecen por una puerta al fondo del encuadre. Es ahora cuando la cámara inicia un movimiento ascendente para descubrirnos un cielo constelado, no de estrellas, sino del plumaje multicolor de las aves liberadas.

 

En una escena anterior, un grupo de personas se reúne alrededor del fuego, no hay electricidad en la Cañada Real, y una mujer mayor hace las delicias de grandes y pequeños con sus historias.  Lo real, la miseria de este barrio periférico, convive con lo imaginario, las historias que se cuentan  en el calor de la noche. El corto se cierra con otra hoguera, con Toni ahora ya solo. Ha perdido a su amigo, su sombra proyectada en las paredes deslucidas, ese otro yo que el fuego proyecta sobre la pantalla blanca de los sueños, quizás más real.



Esta dicotomía entre lo real y los sueños discurre por debajo de los demás cortos en esta primera jornada de San Rafael en Corto, una corriente subterránea que podemos rastrear en los modos de entrelazar el realismo de las imágenes con el imaginario del relato. 


En Apokalyse,  Alejandro González toma prestadas imágenes de zonas devastadas por una inundación con el fin de avisarnos de un posible colapso de la humanidad ante el posible accidente de una central nuclear en Eslovaquia. Las imágenes y las voces de los noticiarios son lo suficientemente creíbles, nos hacen dudar de si este accidente ha podido tener lugar en estas zonas alejadas donde ocurren todos los apocalipsis, un lugar que se aloja en nuestro imaginario cinéfilo. El puro realismo de las imágenes, de carácter documental, es puesto a prueba mediante trucajes ópticos, presentándolos como si se tratara de una película de super8. En Aunque es de noche, Toni utilizaba su móvil para encuadrar el paisaje de la Cañada Real, probando filtros que tiñen la realidad, y así vemos de manera consecutiva el espacio yermo y la miseria en amarillo, azul o naranja, su propio rostro en azul como si fuera él mismo un extraterrestre y nos halláramos a años luz de nuestra realidad. ¿O es quizás esta la realidad?     


En Bahari, Anatael Pérez toma como modelo las películas de aventuras para describirnos las atrocidades de los conquistadores al hollar tierras salvajes, una épica que se hace evidente en la representación del espacio (planos amplios de la costa, un cielo límpido, el mar impávido) y de los personajes (vestuario de la época, caracterización identitaria). Planos cerrados de la sangre, de los cuerpos retorcidos por el dolor, a su manera realistas, contrastan con la presencia de la mujer indígena surgida de las aguas, que guiará al protagonista a través de diferentes épocas de agravios y matanzas, como un espectador inocente. La mujer, sin embargo, nos descubrirá que el espectador inocente es una falacia,  al guiarle a través de la conciencia para descubrirle, y descubrirnos, una ignota responsabilidad ante el dolor y la iniquidad del mundo en el que vivimos. Lo real y lo mítico se entrelazan también aquí.




De manera mas sencilla, en Mierda para mamá, de Rocío Rubio, presenciamos el monólogo de una mujer sobre el acto de fabular. Enseguida descubrimos, primero que se trata de una novelista que debe hacer frente a sus responsabilidades cotidianas mientras busca tiempo y recogimiento para la escritura, e inmediatamente, cuando el plano se abre y vemos desde donde nos habla, que su parlamento estaba dirigido a su bebé y estaba ensayando un papel.  La mujer es Rocío Rubio, actriz y directora al mismo tiempo, y nos parece que habla de sí misma. Lo cotidiano, lo real, se entrecruza también aquí con la representación, lo imaginario.

Unas ollas sobre el fuego, un bucio, un pueblo en fiestas, una feria de artesanía. Cada uno de los planos con los que comienza Hay que ser buena, de Ismael Cabera, nos sitúa perfectamente en un lugar, Artenara, donde vive una señora mayor poseedora de la sabiduría ancestral.  El fuego de las hogueras, que en Aunque es de noche servía para reunir a la gente para contarse historias, aquí se utiliza para calentar la comida; el bucio nos habla de ceremonias olvidadas; la mujer hace ganchillo y vende las prendas en una de las casetas. Si el corto Mierda para mamá se abría con una dedicatoria, “a las tejedoras de historias”, aquí la mujer nos desgrana los rezados de ritos curativos mientras entrelaza hilos que nos llevan a otras historias. “Se va el cuerpo, pero eso que habla es el alma”, nos dice, “el alma es el habla”. Como si el alma de corto nos hubiera abandonado, contemplamos un plano amplio del monte.



Al otro extremo del realismo se hallan las imágenes impostadas de Sueño finlandés y paranoico, un corto procedente de Argentina de Jimena Aguilar, donde una mujer, cuyo rostro muta en avatar, nos explica cómo será el futuro, un futuro donde el lenguaje, nos dice, no va a ser una actividad compartida, y donde los humanos perseguirán los sueños que les salven de la indiferenciación del mundo. Las imágenes pop, sucediéndose y mutando continuamente, conforman una nueva realidad. ¿No es esa la esencia del cine? ¿Está hablando del futuro o de nuestro presente?



La erosión del agua
, de Yon Bengoechea, es una pieza conceptual presentada en Visionaria. También aquí se nos habla de mutabilidad de lo más tangible, el mundo en el que vivimos, de cómo el agua, como el tiempo, va borrando los contornos, los acantilados, los recuerdos, quizás también los sueños.


Core Ruíz levanta en Empezar de nuevo un corto de mimbres melodramáticos, la historia de una pérdida contada a media voz, un presente de primeros planos cargado de emociones contenidas que contrasta con las luminosas escenas del pasado. Se trata aquí de narrar siguiendo unas pautas bien engrasadas de un cine de la representación, y sin embargo, algunos planos, sobre todo al principio, la bandada de pájaros en un cielo inmaculado, o los planos desde el coche atravesando un túnel, adquieren un carácter premonitorio, cargados de sentido.



Que las imágenes puedan adquirir un determinado sentido o no para el espectador, es el tema del corto La mancha, de Nacho Peña, otro corto rodado en La Palma Rueda como el de Core Ruiz, un corto en este caso muy distinto, gamberro e irreverente, en el que un grupo de personas, mientras rehabilitan una casa para su venta, descubren una extraña mancha en la pared, como una fotografía detenida en el proceso de revelado, y cuyo significado se les escapa.


Elegir bien una imagen es dotar de sentido toda la narración. Este es el caso de 25 de mayo, de Sam Molina: una pareja de niños sentados en la penumbra, en el umbral de una puerta con un fondo de casas derruidas, en una inútil búsqueda de sentido de una guerra absurda. Instalados en el filo de la luz y la sombra, este umbral adquiere finalmente un nuevo sentido y el corto, sustentado en el realismo de las imágenes, se decanta por una película de fantasmas.




Desbaratar el sentido de una narración es muy usual en los rodajes exprés, con el fin de sorprender al espectador. Mi ratito, firmado por Emilio González, en el que Nacho Peña ejerce como productor, es otro corto de “Los de siempre”. Lo que se inicia como la típica guerra de sexos, una discusión de una pareja en la cama, concretada  más allá del diálogo en la oposición luz y oscuridad (aquí la lamparita que se enciende y se apaga, y la oposición cromática, colores cálidos para él y fríos para ella, termina comme il faut en un puro disparate.


Las imágenes de Matryoska, del cubano Joseph Ros, una producción cubana, nos remiten a Chernóbil, y nos habla del duelo, de la imposibilidad de una salvación ante uno de los mayores desastres medioambientales de la historia. El hilo de la narración, y también el sentido, lo lleva el cuerpo de la protagonista, en una coreografía de gestos que enlazan el pasado con el presente.


En la lluvia que fue, de Estela Lola Cedrún y Álvaro Carrero, las imágenes del cabrero en la planicie de Fuerteventura nos remiten a un pasado lluvioso, lejano en el tiempo, que contrasta con el paisaje yermo y del presente. Nunca vemos este pasado esplendoroso, no se nos dejan ver las gotas de lluvia, tan solo evocadas por el lamento del relato oral.



Domingo J. González y Elena de Vera nos describen en Atlántico un océano de colores, peces felices deslizándose por un presente continuo, pero esta representación es engañosa: entre nosotros y estos seres existe un cristal que no nos deja vislumbrar la realidad. Un operario limpia la pared del acuario y la cámara, al alejarse, nos descubre a estos peces en cautiverio, y la banda sonora se eleva para dejarnos escuchar las risas y los comentarios de los niños.



El corto Where are you from?, de Juan Cristiani,, procedente de Uruguay, comparte con los anteriores la representación del mundo animal: pájaros multicolores en Aunque es de noche, cebras en Sueño finlandés y paranoico, cabras en En la lluvia que fue, peces en Atlántico y de nuevo cebras también aquí, pero también toda la fauna que encontraríamos en El rey león o en El libro de la selva, pero aquí en un corto combativo, una lamentación como la del cabrero, de un mundo que quizás perezca para siempre, que no sabemos si nosotros le sobreviviremos o ellos, el mundo animal, nos sobrevivirá a nosotros.






lunes, 20 de junio de 2016

SAN RAFAEL EN CORTO: UNA MUESTRA HETEREOGÉNEA

El equipo en peso de Gran Angular se traslada a Tenerife para mostrar el palmarés de la XI edición SREC (San Rafael en Corto). Este año se inscribieron 500 cortometrajes, se mostraron 200 durante una semana y el público seleccionó 18, que son los que el sábado pasado se exhibieron en el Espacio Cultural Aguere.

Contemplar esta selección de cortometrajes de menos de seis minutos tenía un doble interés. Por un lado, poder pulsar las preocupaciones estéticas y narrativas de los cortometrajistas canarios, y por otro ver por donde andaban los tiros en cuanto a los intereses y gustos del público.


Esperaba una gran afluencia de público, sobre todo entre los cortometrajistas de la isla, algunos de cuyos trabajos se mostraban ese día. Al llegar me encontré con una larga cola de gente joven que me afirmaba en mis expectativas, pero en un momento dado todos ellos desaparecieron tras la puerta de una de las salas de la planta baja, donde se representaba una obra de teatro. Me asomé con timidez en la sala 3 y la encontré vacía. Vamos a esperar unos minutos, decían los desolados organizadores, a ver si llega alguien.

Esta muestra se realiza en Vecindario, en el municipio de Santa Lucía de Tirajana, una población que se ha expandido en los últimos años a lo largo de la carretera que comunica las Palmas de Gran Canaria con el sur de la isla, gracias al crecimiento del sector servicios y al desarrollo comercial. A pesar de hallarse a 35 kilómetros del centro cultural de la isla, ha conseguido poner en marcha un proyecto cultural autóctono, gracias al empuje del asociacionismo juvenil y a la participación social. 

El teatro Víctor Jara, un edificio que alberga varias salas donde se desarrollan todo tipo de eventos culturales, cursillos y diversas actividades, dispone de un envidiable espacio, en forma de anfiteatro, para la exhibición de teatro, danza, y cómo no, de cine, con un aforo que permite la asistencia  de más de mil espectadores.




Es en la sección oficial de cortometrajes, cuya duración nunca puede sobrepasar los 6  minutos, donde diariamente los espectadores eligen sus cortos preferidos. Como no hay premios en metálico, los organizadores se comprometen a exhibir los mejores cortos, según el público, por las islas. Esto es el catálogo.

En la sesión del martes, por ejemplo, se proyectaban algunos de los cortos que más premios habían obtenido en el concurso de rodajes exprés La Laguna Acción, que se había llevado a cabo unos meses antes, el musical Nice song de Lamberto Guerra y la hilarante M.M.U. de Gabriel García, donde los elementos del mobiliario urbano, buzones, papeleras, semáforos, expresaban sus quejas. Pues bien, el público se decantó ese día por un corto intimista de Esteban Calderín rodado en Gran Canaria, un corto satírico de Sergio Taño rodado en el norte de La Palma y un corto dramático de Daniel Suárez rodado en Alemania y hablado en alemán.

¿Existen públicos diferentes? ¿Influye que aquellos cortos se hubieran grabado en una isla distinta del lugar donde se desarrolla la muestra? ¿O fue que en La Laguna el público mayoritario estaba más o menos relacionado con los diversos equipos de rodaje que competían entre sí?

Lo que sorprende es la gran variedad de tonos, narrativas, estilos visuales y géneros cinematográficos en los 18 cortos que integran el palmarés de este año, a tres por día de los dieciocho o diecinueve cortos que se exhibían en cada sesión. Como la duración se limita a 6 minutos, muchos de los cortos presentados fueron realizados en los concursos de cine exprés que han proliferado por las islas, a la sombra del Festivalito de La Palma, y que surgieron justo cuando el Festival que impulsó el cine de guerrilla tuvo que suspenderse por falta de apoyos.

Se trata, pues, de unos cortos rodados en pocos días (dos o tres e incluso en 24 horas según las normas de cada concurso), sin tiempo para pensar, organizar o disponer de lo necesario, con un casting sobre la marcha, y en una limitación de espacio (a veces el propio municipio). Estas limitaciones determinan unas opciones narrativas y temáticas que pueden llevar a la contención o al desbordamiento.

Una contención que se deja sentir en los tres minutos escuetos que dura Medianoche, el corto de José Medina, donde una chica busca las palabras precisas para no herir a su pareja, intentando decirle que deberían dejar de vivir juntos. En un primer momento, parece que está hablando a través de la distancia por medio de un dispositivo digital, pero es la imagen de su compañero en la pantalla de la tableta la que le permite no encararse directamente con él al utilizarla como una barrera. En un instante, en lo que dura un plano, emergen una serie de consideraciones muy actuales sobre la pérdida de lo real en las relaciones humanas, donde la virtualidad puede unir o separar, permitir la comunicación o entorpecerla.



Contención figurativa en el nuevo corto de Agustín Domínguez rodado en el campamento de refugiados en Tindouf, con los niños sahauríes de la escuela. En Soy pequeñito Agustín Domínguez filma a los niños quietos y mirando a cámara, como para una fotografía, y narra la historia como un cuento mediante imágenes de una gran simplicidad, que funcionan como alegorías sobre la solidaridad, tanto individual como colectiva. El niño recorriendo la montaña, la selva, el desierto o el río (magnífica la imagen de la palangana y el paraguas en medio del patio), que no debe tener miedo a pesar de su pequeñez porque siempre habrá alguien a su lado que lo cuide y que lo guíe, nos lleva directamente a la idea de un pueblo chico que necesita la solidaridad de otros pueblos. 





Este corto se realizó durante la celebración del Festival Internacional de Cine del Sahara (FISÁHARA), con el cual la Agrupación Cultural Gran Angular, organizadora de San Rafael en Corto, lleva colaborando durante los últimos siete años. Algunos de los cortometrajes realizados en la Escuela de Cine del Sáhara se han exhibido en el Teatro Víctor Jara, en los ciclos sobre Cine y Solidaridad que acompañan las sesiones del Festival y constituyen una parte importante del mismo.




Otro corto cuya contención narrativa, de apenas un minuto, resulta fulgurante es Blanco y negro, de Guillermo Groizard, que juega con la frontalidad para oponer el mundo ficticio de los sueños (representado mediante el género musical), al mundo real (tomar una simple decisión), en el que el rostro de la actriz, mirando a cámara, resulta muy turbador.

Esta relación entre el mundo real y las expectativas que nos hacemos del mismo es el tema de Hashtag, el corto de Óscar Santamaría, con la actriz y también realizadora Marine Discazeaux, que interpreta a una estudiante de Erasmus insatisfecha por su destino en el interior de la isla de Gran Canaria, lejos de las apetecibles playas. Para que su frustración no se trasluzca en las redes sociales construye un imaginario capaz de engañar a sus amistades mediante un simple truco visual.


La preocupación por lo virtual, ese mundo futuro en el que ya vivimos, es visto como una pesadilla en Digital Detox, de la cual es inútil intentar escabullirnos. Gabriel García opta por el humor absurdo para contarnos la historia de un pobre adicto a los dispositivos digitales que trata de sobreponerse mediante la lectura de un libro de autoayuda. La abstinencia le lleva a convertirse en un sectario que huye de la proximidad de los móviles como de la peste, que le persiguen incluso en el fondo de una piscina, recorrida por un nadador que se sumerge para hacerse una selfie, en uno de los momentos más divertidos del cortometraje.



Es un humor sin aristas, que se desborda en el histrionismo de los actores y de las situaciones, que encontramos en Estaría guapo, el corto sarcástico y manierista de Sergio  Taño, que mezcla el blanco y negro con las escenas imaginadas en color (de nuevo la oposición entre lo real y lo ficticio). Encuadres imposibles, aceleramiento de la imagen, forzamiento del color, encubren la imposibilidad de una vuelta atrás para recuperar la vida pastoril de los antiguos canarios, una felicidad filtrada por la falacia del presente. 

Un presente visto con pesimismo, tanto por los jóvenes realizadores como por el público que ha valorado estos cortos, y que se comprueba una vez más en el corto postapocalíptico Casita de Pablo Fajardo, que nos sitúa en un mundo arrasado donde lo peor que puede sucederle a alguien no es ser el único ser vivo del planeta, sino que tenga que compartir su soledad con su propia madre, que sigue viviendo en la cotidianidad insulsa anterior sin apercibirse de lo absurdo de su situación.

Las primeras imágenes de Oculto en el corazón nos revelan de inmediato que estamos ante un nuevo trabajo del prolífico director Esteban Calderín, tanto por el clasicismo de su fotografía (esos colores pastel característicos ) como por el aspecto de sus actrices, casi siempre las mismas, y el mundo de los sentimientos que recorren su extensa filmografía, quizás aquí en uno de sus trabajos más cortos. También en este enfrentamiento de caracteres ante una situación luctuosa (el ex de una y amigo de la otra lucha entre la vida y la muerte en la cama de un hospital), se nos expone una visión pesimista de la vida, donde prima la inevitabilidad de la muerte.

La idea de la muerte y un excesivo pesimismo impregnan las imágenes tanto de Invisible como de        , y ambos trabajos se ubican en los extremos de la contención y el desmelenamiento. 

El corto que Daniel Suárez rueda en una población alemana revela en su voz en over tanto un pesimismo esencial, inherente a la naturaleza humana, como de crítica social (el homeless envilecido, apaleado y asesinado alegremente por un par de descerebrados racistas), mientras que el compositor frustrado del corto de Daniel Sainz llega al suicidio tanto por la incomprensión de las mujeres (algo habrá hecho, digo yo, para merecer tal desprecio), como por la de los dueños del cotarro en el mundo de la música.



Daniel Suárez en Invisible se impregna del consuetudinario distanciamiento de determinado cine alemán (la frialdad en la fotografía, la profundidad semántica), mientras que Karaoke en Tokio refleja el clima convulso y febril del Festivalito de La Palma, que lleva a todos los actores a la sobreactuación.  

Me sorprende gratamente Oasis, firmado por Txetxu de La Portilla, que se anuncia como videoclip, pero que transita por el imaginario del cine de piratas, y transmuta la isla de Gran Canaria, gracias a unos simples pero efectivos trucajes, en un territorio mágico, ofreciendo una mirada primigenia del paisaje canario.

Pero la gran gozada del Catálogo se encuentra en la pieza de Adrián León Arocha, ya un poco lejana en el tiempo, que rodó en un vagón de metro en Madrid en un único plano secuencia en 2013, y que se propone como un corto documental, social y musical, por decir algo sobre una pieza inclasificable, entre lo real y lo ficcional, la performance y la puesta en escena, en la que se mezclan sin que podamos discernirlo figurantes preparados y usuarios del metro de Madrid, y que Adrián titula de manera reveladora “Madrid Subway wagon claps”.

Ya Daniel León Lacave, que suele rodar en Madrid en viajes relámpago de fin de semana, me había advertido de la dificultad de rodar en las estaciones de metro, cuando no cuentas con los permisos pertinentes.

De modo que puedo imaginarme a Adrián estudiando el terreno como un general ante la batalla, intentando prever cualquier eventualidad. Desconozco qué parte se debe a la previsión y cuál es fruto del azar, y prefiero quedarme con mis impresiones que conocer el truco que desmontaría toda mi teoría.

Lo cierto es que el plano secuencia se inicia en el arcén, con la cámara siguiendo a una chica al subirse al vagón y termina dos estaciones más adelante saliendo del metro detrás de la misma chica. En este intervalo se desarrolla una escena cotidiana que todos hemos presenciado más de una vez, la actuación de un par de artistas que tratan de ganarse unas perrillas para, en palabras del que lleva la voz cantante (metafórica y literalmente), invertir en Mercadona. El corto se presenta como un fragmento de vida robado, pero lo maravilloso es saber que detrás hay un equipo de rodaje que permanece invisible en todo momento.

También es importante conocer la trayectoria artística de este joven realizador, que hizo sus pinitos en esto del cine siendo un adolescente,  y que tras unos comienzos en el cine testimonial, muy plegado al suelo, sobre las pandillas de jóvenes en los barrios marginales de Las Palmas de Gran Canaria (“El último golpe” o “Slum boys” rodados en 2008 y 2009 respectivamente), ha ido derivando hacia un cine más experimental en el lenguaje (la extraordinaria “Triángulo” en 2010, en el Festivalito), pero buscando los resortes de un modo de vida relacionado con la música, en especial el hip hop.



sábado, 24 de noviembre de 2012

EL SEÑOR G EN VECINDARIO

Este mes, en medio de la crisis que nos asola, se han solapado tres muestras de cine que han permitido la visibilidad de cortos canarios en salas. La muestra de cortometrajes de La Orotava, que fija su atención en los cortos de gran empaque en una carrera por llenar la sala Teobaldo Power a toda costa (esa obsesión por las audiencias que han llevado a las televisiones a las simas más profundas de idiotez), la muestra de cortometrajes San Rafael en Corto en Vecindario, mucho más modesta en intenciones pero llena de aciertos, y Cineescena, un feliz híbrido entre cine y gastronomía, que este año ha trasladado su sede al Espacio Cultural Aguere, donde el cine es la excusa y la excitación de las papilas gustativas el centro de atención.

Del festival orotavense ya dio acertada crítica Iván López en su su entrada "Conciencia de generación" del blog Cinematik76, de cómo se soslaya una y otra vez desde diferentes ámbitos la producción canaria, en una manifestación más de un sentimiento de inferioridad de lo canario respecto a lo de fuera, donde se priman unos estándares de producción que no se corresponden con el lugar que debe ocupar la imagen digital respecto al mundo, sino que, lo menos que se puede decir de ellas, es que son obras sin alma.

San Rafael en Corto celebraba su VIII edición. Nació como una iniciativa de la asociación cultural Gran Angular y sus inicios fueron muy modestos. Se instaló un televisor en una de las salas del Ateneo Municipal y allí se proyectaron los escasos vídeos que se habían presentado. Tal fue el entusiasmo de los participantes que al año siguiente pidieron permiso para proyectar en el Teatro Víctor Jara, una inmensa sala inclinada de forma semicircular con más de mil butacas, que se halla incluida en un complejo cultural con varias salas para exposiciones, talleres y conferencias.










En el espacio que se extiende frente a la fachada del edificio, varias banderolas anuncian el evento. En el hall, grandes paneles con la programación y una mesa donde se venden camisetas y en la que al final de cada sesión se deposita la urna para el voto popular. No hay premios en metálico, solo el reconocimiento de las obras que hayan tenido más aquiescencia. El palmarés inicia posteriormente un recorrido por diferentes centros culturales y salas de exhibición.





Los palmarés de las anteriores ediciones (los mejores dos cortos de cada proyección diaria por votación popular) se proyectan de continuo en el interior de un container cedido por el ayuntamiento, un espacio reducido pero muy útil, económico y versátil, con apenas una docena de sillas y un aparato de televisión.

En uno de los amplios espacios del centro, se exhiben las fotografías del making of de “El señor G”, el cortometraje que el colectivo Gran Angular realizó en el campamento de refugiados de Dajla, coincidiendo con el Festival Internacional del Sahara. El señor G es un simpático cuento con una estética cercana a las ilustraciones de “El principito” de Saint Exupery, que contó con la colaboración entusiasta de un grupo de niños saharauris que expresa con simplicidad, a partir de una semilla que el protagonista planta en medio del desierto, el deseo ferviente de una pronta resolución del conflicto.

Una sincera preocupación social anida en el seno de los miembros del colectivo, cuyo trabajo desinteresado y no remunerado se ve compensado por el reconocimiento de los jóvenes realizadores, muchos de ellos primerizos, que ven expuesta su obra en pantalla grande, y les contagian su entusiasmo, animándose unos a los otros a seguir. Unos a realizar una obra más ambiciosa, contaminada por su exposición a la alteridad de la obra de los demás, y a los otros a no desanimarse por la crisis y seguir en el empeño de ofrecer nuevas ediciones de una muestra de cortos imprescindible, alejada del eje capitalino S/C de Tenerife-Las Palmas de Gran Canaria que imanta al grueso de los realizadores, actores y técnicos, una muestra que no hace distingos en la técnica empleada, en el amateurismo o la profesionalidad, porosa al mestizaje de géneros y cánones. 

El compromiso social del colectivo se materializa en la selección de los temas y en las películas y personas invitadas, Mercedes Afonso y su documental “Mujeres bajo la piel” (un espeluznante documento sobre la situación de las mujeres inmigrantes que llegan en pateras), y Álvaro Longoria con “Hijos de las nubes, la última colonia”, con un contenido mucho más político. Las proyecciones se complementan y amalgaman con una selección de Casa África y del Festival de Cine Africano de Córdoba y una muestra de trabajos de jóvenes realizadores de La Habana.

Sorprende la heterogeneidad de las sesiones, un videoclip realizado en un taller de cine junto a un relato detectivesco interpretado con entereza por discapacitados o la puesta en escena de una estampa del pasado isleño, la de las lavanderas, con una estética indigenista, producida por una asociación juvenil, junto a productos más acabados profesionalmente.

Invitado por el festival para presentar el cortometraje Nube9 que rodamos el verano pasado, me dejo llevar por dos entusiastas colaboradoras del colectivo que me conducen por los diversos espacios del centro para contarme las vicisitudes de la muestra mientras vemos una exposición con todas y cada una de los cortos enmarcados que incluye fotos, sinopsis, ficha del corto y semblanza biográfica de cada cortometrajista, alrededor de una gran pantalla donde se proyecta Casablanca, un icono del cine.




El teatro ha tenido que ser acondicionado estos últimos años, me cuentan cuando les señalo una serie de paneles en la parte superior, para resolver los típicos problemas del sonido. Ahora las condiciones acústicas han mejorado y el nuevo cañón que proyecta HD full hará las delicias de los cineastas, acostumbrados muy a su pesar a las proyecciones en dvd.



Si precisas de un espacio para alguna actividad hay cola de espera. Bien, me digo, unas excelentes instalaciones culturales para un municipio con una rica vida cultural. La afluencia de público para un acto de este tipo es buena, más de ciento cincuenta personas el fin de semana y alrededor de cien entre semana, y eso que hay partidos de fútbol, ayer jugaba el Madrid y hay el Barça, me dicen. Sonrío para mis adentros, siempre el fantasma del fútbol, eclipsando las actividades culturales. Pero el fervor por la sala oscura persiste.

El público ha acudido, personas jóvenes y mayores, algunos quizás amigos, colaboradores o familiares de alguno de los cortos a concurso. ¡Ah, el público! Pues sí, empieza a haber gente que se interesa por los cortometrajes rodados en estas islas. Incluso acude cada noche la televisión local para capturar las impresiones de cada invitado. Los organizadores, Agustín Domínguez a la cabeza, extreman los detalles para causar una buena impresión.

 Me encuentro con el periodista y realizador Iván López, y también a Daniel León Lacave, practicante del cine leve, de los cuales también ponen cortometrajes. Me invitan al día siguiente a los Multicines Monopol, donde Armando Ravelo va a rodar algunos planos de un nuevo vídeo en defensa de esta sala emblemática de Gran Canaria, sede durante los últimos años del Festival Internacional de Cine de Gran Canaria, amenazado de cierre por un brutal descenso del número de espectadores.

A las diez de la mañana nos acercamos a los multicines y con un fervor casi religioso nos introducimos de tapadillo en el templo del cine, ahora vacío y silencioso, y encontramos a Armando Ravelo y a Domingo de Luis debajo de una de las pantallas en una de las salas, cacharreando con un foco que dejan finalmente en el suelo y con una cámara de fotos que no es sino una de las mejores cámaras de video digital de la que a todo el mundo oigo hablar.

La idea es muy simple, rodar unos pocos segundos con un director y su actor o actriz preferidos, en una minimalista acción que remita a alguna de sus películas. Así: Iván López con Marta Viera, Daniel León Lacave con Lamberto Guerra…

A mí también me invitan, pero no tengo la suerte de andar acompañado, ya me gustaría a mí contar con alguna de las actrices locales (y lo intenté en Rondó, pero esto es otra historia que contaré más adelante). Ellos insisten, al final se me ocurre que podría estar leyendo un libro y unas manos femeninas entran en cuadro y lo cierran. Naira Gómez se apresta a rodar conmigo. Es ella a quien miro cuando miro fuera de plano y se crea un suspense que dura unos segundos. Gracias, Naira. Ya puedo decir que he rodado un corto contigo, un cortito de diez segundos.

 Al final, la foto de familia. Una luz espectral ilumina los rostros, configurando unas poses de revista de moda, tipo jóvenes emprendedores, líderes del fututo o simplemente nueva generación de cineastas, sea lo que sea lo que signifique esto.

Una foto que quizás perdure. La semilla del señor G quizás fructifique.

De izq. a derch: Marta Viera, Iván López, Lamberto Guerra, Naira Gómez, Mery Díaz, Ado Santana, Daniel L. Lacave, Maykol Hernández, Josep Vilageliu, Domingo de Luis y Armando Ravelo.