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miércoles, 13 de noviembre de 2024

CORTOS LARGOS Y CORTOS CORTOS: SAN RAFAEL EN CORTO (2)

El hecho de que dos cortometrajes de quince minutos compartan sesión con otros once muy muy cortos consigue que nos preguntemos por qué la mayoría de los cineastas canarios se mantienen en este espacio de confort y no se atrevan a levantar proyectos de mayor envergadura. La existencia de festivales de cine exprés, al limitar la duración de los cortos por una cuestión meramente práctica (en el Festivalito se realiza una media de cien cortos en una semana y se proyectan todos el último día), o incluso concursos como Visionaria que la limitan a 90 segundos, promueve una gran cantidad de cortos, realizados además en un ambiente de camaradería y buen rollo. 


fotograma de Vuelo a la Tierra

En este ambiente festivo se conoce gente y se acepta la colaboración de cineastas, de actores y de actrices desconocidos. Acometer un corto de más de diez minutos, lejos de aquellas semanas de excepción, cuando ya todos han regresado a sus casas y están absortos en sus propios proyectos, es muy complicado. Hay que levantar una producción con un mínimo de personal, además de precisar de un mínimo capital para hacer frente a los gastos de comida y desplazamientos, cuando no de pagar a los técnicos y actores. Para realizar un corto de más de diez minutos hace falta una productora, solicitar ayudas, dar de alta al personal, y no está al alcance de todo el mundo. Y sin embargo…


¿En qué se diferencia un corto cortísimo de otro de quince minutos? Pues que puedes desarrollar mejor los personajes, hacer más compleja la narración, conseguir un tempo para que la historia respire. Hacer un corto cortísimo, uno de 90 segundos, es subir de nivel, algunos les llaman piezas, es un cine conceptual, hay que hallar la imagen que nos cuente más cosas, una idea que llame la atención.


En la sesión del domingo 3 de noviembre se proyectaron 13 cortometrajes, de los cuales 8 son canarios y el resto procede de lugares tan distintos como Indonesia-Italia (Broken Wings), Venezuela (Karachy), Chile (Hermana) y Barcelona (París 70 y Vuelo a la Tierra). Aunque el lema de este año era el cambio climático, tan solo Vuelo a la Tierra nos avisa de un futuro colapso. 


Dos de los cortos tienen más de diez minutos: Paris 70 de 15 minutos, y Verbena, con 13, mientras que el resto se mantiene en la media de 4 minutos.


París 70, de Dani Feixes, nos cuenta una historia que se desarrolla a lo largo del tiempo, la de un hijo que cuida a su madre con Alzheimer, una historia íntima, que se desarrolla en el espacio limitado de una sala de estar y un dormitorio. La madre pregunta cada día por su marido y el hijo tiene que recordarle cada día que ya se fue, que ellos están solos, pero un día inicia un engaño, una fabulación, y ambos, a través del recuerdo suscitado por unas fotografías de viajes, viajan cada día a una capital europea, y en el engaño son felices. El arte del cine es el arte de la fabulación, del engaño.



Verbena, de Adrián González, es otra propuesta narrativa. Al contrario de que París 70, se desarrolla en una noche, una noche de alcohol y ganas de sexo, jóvenes divirtiéndose en medio de la nada, hombres y mujeres cada uno con sus apetencias y necesidades, en un determinado punto de su vida que no conocemos. Noche de seducción también: miradas, gestos, actitudes. Una sustancia vertida sin que nadie se dé cuenta en un vaso para conseguir lo que uno quiere y alejar la frustración del rechazo. Nada nuevo. Los quince minutos dan para ir generando una cierta incomodidad. Planos generales para ubicar a cada uno, primeros planos de rostros indolentes o enfebrecidos, con ganas de marcha, de diversión, que se atraen o se alejan, que entran y salen del encuadre. Una situación que incomoda al espectador, que lo apela. Una ficción que nos describe una realidad incómoda. Un trabajo producido por una escuela cine, el Instituto del Cine Canarias, en Las Palmas de Gran Canaria.



En el otro extremo, Tour, de Fátima Luzardo, realizado para el concurso Visionaria. Aquí el concepto es crear una discordancia entre lo que se ve y lo que se escucha, una distanciación irónica que propicie una toma de conciencia frente a las imágenes desgarradoras de la guerra.



Vuelo a la Tierra, de Ignacio Rodó, es otro tour, en este caso un tour cósmico y didáctico, un acercamiento al planeta Tierra centenares de años después del colapso, para que descendientes de los últimos pobladores del planeta presencien el estado actual, analicen las causas y tomen conciencia, también ellos, de lo ocurrido para no repetir los errores. Se trata también de un corto conceptual, aunque ligeramente más largo, consistente en un único plano de acercamiento a la esfera terráquea, después de haber rebasado la Luna. Hay también aquí una discordancia, aunque de otro tipo, entre este lento acercamiento y la narración del desastre medioambiental acaecido.


Karachy, de Elmer Zambrano, nos promueve un distanciamiento sin pretenderlo, al proyectarlo junto a piezas más turbadoras, pues lo que vemos es la representación de un paraje ideal, un ambiente bucólico, donde el agua es abundante, la gente parece ser feliz en sus trabajos, las vacas pacen tranquilas, el cielo es límpido. Y todo ello nos recuerda, por contraste, los paisajes yermos de Fuerteventura que contemplamos en la sesión del sábado, como si ambos fueran cortometrajes complementarios.



 

La intrincada selva de Indonesia, en Broken Wings, de Jerik Dozy, nos perturba sobremanera. Hay en sus imágenes una belleza abrumadora, que esconde una maldad inherente, la de los cazadores de pájaros, un negocio infame que debe mover mucho dinero. Se nos describe con todo detalle las malas artes con las que se atrapa a las aves, mientras contemplamos a un muchacho chapoteando en un riachuelo, loco de alegría con su cometa en forma de mariposa. La mariposa falsa parece remontar el vuelo, mientras las aves son incapaces de volar, adheridas a las ramas por el pegamento. Cada vez vemos más pájaros enjaulados, una orgía de jaulas, de trinos y de picos asomándose entre los barrotes. El pájaro finalmente volará a la gran ciudad, pero siempre en su jaula. A través de los grandes ventanales podrá contemplar la majestuosidad de los edificios, otra selva.



Los demás cortos ya se vieron en La Palma Rueda, a excepción de Cinco minutos, de Laia Zuazo, un típico corto que consiste en el diálogo entre dos personas, casi siempre chico chica, casi un género dentro de los cortometrajistas, quizás por la comodidad y sencillez de la realización.


Cuatro cortos coinciden en limitarse a una única situación: La actriz Alba Tonini rueda su corto exprés, Gara, en un establo con un caballo que ella acaricia para alejar la tristeza de una separación reciente. En Hermana, Matías Bize rueda un único plano sobre el rostro de una mujer que mantiene una conversación con su hermana con el móvil, al alejarse la cámara descubriremos que se halla junto a su tumba. Perenne, de Jalisse Walraet, se juega en el intercambio de miradas de dos mujeres, una desde la ventana, la otra una paseante ocasional, miradas primero de sorpresa, luego de deseo. En Furtiva, de Silvania C. Suárez, la mujer ejecuta un baile liberador, al acercarse a la cámara descubrimos que se trata de una ama de casa entregada a lavar la ropa.






 


Dejo para el final dos gamberradas que harán la delicia del espectador, pues siempre apetece una comedia. Atraco a medias, de Iris Carballo, nos cuenta de manera disparatada la preparación y posterior ejecución del robo de un “banco”, con unos actores desaforados. Camarero 2, de Víctor Hubara, levanta una sátira sobre el mundo del cine, la diferencia de trato de los actores protagonistas y los figurantes, siempre intercambiables.



   


martes, 3 de junio de 2014

DAME 5 MINUTOS Y TE OFRECERÉ UN MUNDO

No sé qué se puede hacer en un corto de 1 minuto, o de dos o tres minutos, pero está de moda. En literatura el equivalente podría ser el haiku. En un haiku se condensa en pocas palabras toda una visión de las cosas, es un contenedor de vida comprimida que al abrirlo se expande de forma explosiva. ¿Intentan algo semejante los cortometrajistas cronometristas?

La primera sesión de LPA Films, dentro del 14ª Festival Internacional de Cine, en Las Palmas de Gran Canaria, se abría con un corto cortísimo, “Baise moi, por favor”, donde una chica buscaba la provocativa cinta del mismo nombre en un vídeoclub y esto provocaba un pequeño malentendido con el chico que la atendía. La actriz resolvía muy bien la embarazosa situación y el corto exhalaba una cierta frescura que encandiló a los espectadores, muchos de los cuales estaban metidos en eso del cine y habían presentado sus propias obras a la competición.



Al mismo tiempo se presentaban los cortos “express” que se habían rodado en la ciudad de Las Palmas en apenas un día, así como los cortos “de guerrilla” que se habían rodado en la ciudad de La Laguna, en la isla de enfrente, unos dentro de la sección LPA Filma y los otros en el Festival La Laguna Plató de Cine, pero todos realizados bajo los presupuestos de cine rápido, ligero y divertido, y siempre teniendo a la ciudad respectiva como telón de fondo o de protagonista de todas las historias que contar.

Curioso que Zacarías de La Rosa saliese al patio de las redes sociales para desvincularse de la idea, porque a muchos les sonaba el nombre de Jose Víctor como promotor de XXX Rueda, cuando en la década anterior se desarrolló una simpática experiencia alrededor de El Festivalito, un festival chiquito como la isla en la cual eclosionó una manera de entender el cine novedosa, con eslóganes afortunados y tirón de jóvenes realizadores como lo está siendo Podemos en otro ámbito.

En La Palma Rueda prevalecía la filosofía de “cine exprés, cine rápido, cine urgente, cine inmediato, cine de guerrilla… cine” y se desmarcaban del cine tradicional abrazando lo que ellos llamaban el cine digital, no solo una tecnología que acabaría desplazando al celuloide en poco tiempo, sino otra manera de contar, una estética que iba a facilitar el tan deseado encuentro con lo real.

Y la idea tampoco era novedosa, en los sesenta otra revolución tecnológica permitió repartir las ligeras cámaras de 16mm. a todo aquel nuevo realizador que quisiera compartir su propia mirada sobre el mundo. Pero aquello era Nueva York, y fue en aquella ciudad imposible donde surgió y se expandió el llamado Nuevo Cine Americano, bautizado así por un joven Jonas Mekas que sigue rodando todavía. Curioso que Jose Víctor recale de vez en cuando en esta ciudad para desarrollar su propio concepto de cine libre, donde se recogen las ideas de los actores y demás participantes en un cine colectivo y que ya ha cristalizado en dos largometrajes.

Pero yo hablaba del cine breve, del cine de las plataformas virtuales, donde nadie se detiene más de un minuto en cualquier información y solo se contemplan las primeras dos fotos de cualquier álbum o se leen los titulares de los artículos compartidos y no más de cinco segundos de un vídeo, porque de lo que se trata es de un rastreo ultrarrápido para poder compartir lo más epatante y empujarlo en un remolino viral que tras viajar a la velocidad de la luz saltando de un continente a otro regresa como un boomerang. Suicida el que cuelgue un vídeo de más de diez minutos, a no ser que se trate del vertiginoso plano secuencia con centenares de participantes que todo el mundo pretende emular.

¿Dónde queda la poesía del haiku, su verdad oculta que estalla ante nuestras narices y nos deja anonadados frente a nosotros mismos, extasiados de tanta belleza y pensativos, compartiendo esa verdad que nos ha sido revelada? ¿Cuándo un corto nos procurará el placer del descubrimiento, la apertura a una nueva mirada ante las cosas?

Notofilmfest, movilfest y demás festivales de la brevedad han conseguido el adormecimiento de la mirada, creando sin pretenderlo un precario subgénero (¿quién se acordará de cualquiera de estas piezas dentro de unos años?) cuya figura predominante es el diálogo entre dos personas y una pirueta final que cuestiona subvirtiendo todo lo visto para el regocijo del mirón rastreador de lo viral (el nuevo tipo de espectador zombi).

El Festivalito impulsó a muchos de los realizadores actuales, que han sido barridos por el hambre devoradora de los nuevos jóvenes que han invadido las calles de Telde, Gáldar, Las Palmas de Gran Canaria y La Laguna. Quizás sigan creyendo en un cine “fresco, rebelde e inspirador”, un cine “sin artificios, sin alfombras rojas, sin máscaras ni corazas”, como se podía leer en el Decálogo del Festivalito, un cine de la calle, que pretende todavía “contar historias que no hayan sido contadas, y de diferentes maneras de contarlas y mostrarlas”.

Lo curioso es que aquella ingenuidad de los jóvenes realizadores de la década pasada se reproduce en los jóvenes que están surgiendo de los talleres de cine de los barrios y de los institutos. Un ciclo que se repite con resultados semejantes, como si la experiencia de aquellos guerrilleros del cine utópico no pudiera calar en los más jóvenes y se repitan los errores y se caiga de nuevo en la mediocridad y el estereotipo, o peor, en la superficialidad del cine liviano que no leve, en la emulación de un cine caduco que se nos impone y triunfa en las multisalas, en la reducción de unos pocos filmes cuando creíamos que teníamos acceso a toda la historia del cine.

Y no obstante, qué grande es hacer cine.