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viernes, 16 de agosto de 2024

JUAN PUELLES, UN HISTÓRICO DEL CINE CANARIO QUE NOS HA DEJADO


El domingo 11 de agosto se publicaba este artículo en el suplemento”El perseguidor” del Diario de Avisos, un suplemento cultural conducido por Eduardo García Rojas. Unos días antes, el 5 de agosto, Fernando Puelles nos daba una pésima noticia:  Juan acababa de fallecer en Murcia, donde vivía con dos de sus hermanos. De inmediato, empezaron a proliferar los comentarios en Facebook de amigos, cineastas y alumnos de Juan, lamentando la pérdida; surgían los recuerdos, las anécdotas; Eduardo publicó casi de inmediato un post en su blog “El escobillón”. Amplío aquí aquel artículo, añadiendo algunos nombres y más historias memorables: un breve relato de los días que pasamos en el Festival de Cine Internacional de Benalmádena, con un mediometraje del equipo Neura rodado en super8, así como más historias del grupo “El cordón de la alpargata”.




No hace ni quince días que estábamos viendo el cortometraje Crónica Histérica: la conquista de Tenerife con unos amigos del barrio. La película tiene 50 años, se rodó en el verano de 1974, y todavía desata la risa en todos aquellos que tienen la ocasión de descubrir esta joya del cine canario. Juan Puelles, su hermano Fernando y Alberto Delgado, junto a José Miguel Mederos, el amigo más íntimo de Juan por entonces, conformaron el llamado equipo Neura, aunque solo los tres primeros siguieron rodando bajo este nombre. Ahora nos ha dejado Juan, a pocos días de la celebración del cincuentenario del filme, y ante esta pérdida nos vienen a la cabeza las anécdotas que fueron acompañando los rodajes perpetrados por los Neura, aunque ninguno de sus siguientes filmes consiguieron el impacto de su crónica histérica.





Quizás su corto más celebrado, rodado de manera individual, y presentado para su proyección en  el Círculo de Bellas Artes, fue una película sobre el Carnaval, en la cual apenas se veía nada del Coso, obstaculizada su visión por las cabezas de la gente que presenciaba la cabalgata. Nos contó que había acudido con su cámara, pero llegó tan tarde que el público había abarrotado las aceras de la avenida y no pudo hallar un adecuado lugar para realizar la filmación. Cuando llegaron los rollos revelados y vio el tembleque de la cámara, intentando encaramarse por encima de las cabezas, los tiró a la basura, de la cual fueron rescatados por su hermano, le pusieron por título Mismamente usted, el Carnaval como lo ve, y lo presentaron a concurso.


A Juan le conocí en unos cursos de teatro, impartidos por Sanchís Sinisterra, Yago Pericot y otros profesores del Institut del Teatre de Barcelona, al mismo tiempo que a Laly, con quien me casaría unos meses después. En el cursillo se nos pidió que llevásemos ropa cómoda y Juan se presentó con un pijama. Yo creo que fue por esto y por la locura que irradiaba Juan que nos hicimos amigos de inmediato. Juan nos invitó a Laly y a mí a su casa y allí estaban los demás componentes del equipo Neura, que aprovecharon para pedirme que les hiciera la fotografía de su siguiente película, conscientes de las insuficiencias de la crónica histérica, rodada con una cámara prestada por la madre de Juan y otra que aportó José Miguel Mederos, y sin ningún conocimiento de la técnica cinematográfica. 


El rodaje fue una auténtica locura. Una mañana, cuando nos dirigíamos a un bosquecillo detrás de la ermita de San Diego, nos dimos cuenta de que a nadie se le había ocurrido comprar los rollos de película. Iba a ser una escena con muchos figurantes, y todos, muy alegres, avanzábamos por el camino. Intentamos decirles a los entusiasmados figurantes que ese día no podríamos rodar, y ellos, en vez de molestarse, dijeron que nos les importaba, y nos fuimos todos a la zona arbolada para divertirnos un rato. La escena, rodada unos días después, consistía en una lluvia de longplays, se lanzaron al aire los discos y los chicos corrían por el bosque, algunos protegiéndose con paraguas, mientras yo procuraba que ninguno me cayera encima y se rompiera la cámara. Los discos salieron de Elektra, una conocida tienda de la calle Castillo que sus padres estaban a punto de cerrar. 


Rodaje de Vamos a desenmascarar al padre Manolo, junto a Charo Guimerá.
Vilageliu empuñando la cámara.



Muchas tardes las pasábamos en la casa de los Puelles, junto al estadio de la Manzanilla. En su jardín trasero se rodaron algunas escenas. Su amplio salón era el centro de operaciones donde se discutía el guión y se tomaban las decisiones, siempre por unanimidad después de muchas risas y varias visitas a la cocina, en cuya nevera encontrábamos de todo. Uno de los entretenimientos del grupo era el juego de palabras, y en el guión se retorcían los nombres de las cosas, como la de un gato negro que cruzaba la calle y entonces lo que se veía era un gato de coche animado. La película, de una hora de duración, se tituló Vamos a desenmascarar al padre Manolo, bueno, vamos. Contra todo pronóstico ganó en el IV Certamen Regional de Cortometrajes y el crítico de cine César Santos Fontenla, que había sido parte del jurado, escribió una elogiosa crónica en el semanario Sábado Gráfico, y Diego Galán recomendó al director del Festival de Cine de Benalmádena que se proyectase en el festival malagueño, a pesar de que se trataba de una modesta cinta de super8. 


En Benalmádena nos encontramos de nuevo, Laly y yo, que viajamos desde Barcelona, y el equipo Neura al completo. Se nos murió el dictador y el festival se interrumpió, por lo que Santi Ríos, que se había traído un proyector, la proyectó en el apartamento del hotel ante un grupo de críticos de cine sentados en el suelo. No sabemos si les gustó pero todos salieron en silencio para ir a cenar, prometiendo que regresarían para ver más películas canarias, pero tan solo apareció Julio Pérez Perucha, que estaba trabajando en un libro sobre los cines periféricos. A posteriori, Fernando Puelles decía que el “fracaso” de la cinta se debía a que “estaba demasiado bien hecha”, y que lo importante era que nos lo habíamos pasado muy bien haciéndola, intentando romper con todo lo establecido.



Un momento del rodaje de Fuencisla, en la casa de los Puelles



Cerrada esta etapa de inocencia creativa, y tras el fin de la dictadura, Juan se unió a un grupo de cineastas que pretendían cambiar el mundo. Fue en la ACIC (Asamblea de Cineastas Independientes Canarios) donde volvimos a encontrarnos, Juan rodó un documental sobre un encierro de los estudiantes, uno de los conflictos que puntearon aquellos años de transición, y colaboró activamente en un montón de proyectos, cortos que se rodaban de manera colectiva, como La tarjeta de crédito (1977), y participó en un encuentro de cineastas de todas las islas en Maspalomas, con el fin de aunar esfuerzos y organizar la actividad cinematográfica del archipiélago, más allá de las estériles disputas ideológicas del momento. De aquel pomposo Encuentro de Cineastas No Profesionales Canarios, en un hotel de la Playa del Inglés, salió la creación de tres efímeras comisiones en cada isla, Financiación, Distribución, y Documentación (que incluía la Didáctica), todas ellas sin ninguna actuación práctica. Este fracaso animó a algunos cineastas tinerfeños, entre ellos a Juan Puelles, a llevar a cabo aquellos objetivos por su cuenta y pusieron en marcha el proyecto Yaiza Borges.





Toda una generación pasó por el Cinematógrafo Yaiza Borges y recordarán el memorable estreno de la película muda recuperada El ladrón de guantes blancos, con Juan Puelles pulsando las teclas del piano del Círculo de Bellas Artes, prestado para tal ocasión, como memorable fue el momento en que Juan, que estaba tomando un vodka con naranja, en un descuido dio con el vaso sobre las cuerdas del piano y fue tal el estampido que la mitad de los asistentes al acto dejaron de admirar la película de Rivero y se levantaron para ver cuál había sido la causa del estrépito. 



Aurelio Carnero, Juan Puelles, Javier Gómez, Constantino Hernández, Juan Antonio Castaño, José Miguel Santacruz, integrantes de Yaiza Borges, en el Cinematógrafo.


La enseñanza del cine en la escuela siempre había sido un objetivo para Juan. En el Instituto Teobaldo Power, donde daba Filosofía y de vez en cuando Ética (como alternativa de Religión), rodó el corto El examen (1981) con sus alumnos más cinéfilos e intentó poner en marcha un cineclub.  En cuanto la Consejería de Educación, a través de los Centros de Profesorado, pusieron en marcha las enseñanzas no regladas, a las que podía optar el alumnado de manera voluntaria, una de las cuales era el cine, no dudó en impartirlas en su instituto de Guimar, donde realizó varios cortos en super8 con sus alumnos.


Al filo del nuevo milenio consiguió rodar en 16mm. el cortometraje de ciencia ficción Ellos, basado en el relato “They” de R.A. Heinlein, un guión que llevaba varios años parado por falta de financiación, tras quedar fuera de la selección de guiones para el programa Cine Canario de la TVE en Canarias.  En la producción estuvo Luis Adern, se construyó un set de rodaje y a mí me dio el papel de psiquiatra, por lo que tuve el privilegio de verle dirigir. Era tan meticuloso con los actores que hasta nos indicaba la entonación de las frases, y ahí yo le veía su formación musical. Tuvo que esperar seis años para poder terminarlo por problemas técnicos con el laboratorio de revelado y lo resolvió editando la películas en MiniDV. A partir de 2004 empieza una nueva etapa, colaborando con Domingo D. Ojeda, otro realizador que nos dejó hace pocos años.


Juan Puelles, además se ser un hombre de cine comprometido con su tiempo, era también otras muchas cosas. En los años 70 estuvo en un grupo de teatro callejero, de nombre ”El cordón de la alpargata”, junto a Luis Sánchez Gijón Cañete, que como él se dedicaría al cine, así como su hermana Ana, fundadora de la productora La Mirada, el pintor Alfredo González, la productora Laly Díaz, y Jesús Díaz, actor y guionista en Iballa.  Montaban sus piezas de crítica social en las asociaciones de vecinos y, a pesar de contar con un guión previo, se dejaban llevar por la improvisación en función del contexto donde actuaban. 




Actuaron en Bajo la noche verde (1984), largometraje producido por Yaiza Borges, representando una pieza ecologista en la plaza del barrio García Escámez, y animaron la primera Fiesta de la Cometa en la Mesa Mota de La Laguna.




Un momento del rodaje de Bajo la noche verde


El padre de Juan era un excelente músico que formó parte de la primera Orquesta Sinfónica de Tenerife y en su casa se vivía la música a todas horas. Juan era capaz de tocar varios instrumentos, además del piano. Su formación musical le llevó a realizar varias actuaciones en público. Había asistido durante diez años a las clases de Pilar Castro, la tía de Alberto Delgado, y desarrolló una voz “decente de tenor”, como él decía. A cambio, él la acompañaba a piano en varios conciertos de alumnos. Hace unos meses, Juan me envió varios fragmentos de algunas de sus actuaciones, en una de ellas cantaba un fragmento de “Rigoletto” y me sorprendió, porque no conocía esta faceta suya. En cambio, siempre le pedía su asesoramiento en cuanto a músicas para la sonorización de mis cortos de super8, y tenía mucho ojo, gracias a su gran conocimiento de la historia de la música.     


Ahora que se nos ha ido, nos quedan las imágenes de sus cortos, en los que siempre se reservó un papel. Le recordaremos siempre con su traje oscuro de ejecutivo, una enorme pajarita de color rojo y un sombrero de paja, enarbolando una varita de director, con la cual, y unos pases de cabaret, convertía a un soldado español en gofio, en su Crónica histérica. O, en otro momento del filme, vendiendo helados en medio de una batalla entre conquistadores y guanches.






Hace unos años se marchó de Tenerife para ir a vivir con dos de sus hermanos que residen en Murcia. Se le quedaron algunos proyectos sin rodar. En el mes de septiembre del año pasado, después de pasarle el enlace de dos de mis cortos con Rábade,  me escribía lo siguiente:


“Durante mis últimos años en Tenerife conocí a Miguel Angel Rábade a través del malogrado Domingo. De hecho llegué a proponerle interpretar el protagonista del mediometraje que estaba preparando entonces ('Desenlace', cuyo guión, de Domingo, todavía conservo, pero que no creo que vaya a rodar nunca; los años no pasan en balde, y no estoy ya en Tenerife). No recuerdo si aceptó o no. Si acaso abordara dicho rodaje (cosa que no creo probable, puesto que actualmente tal empresa sería demasiado cara para mí; ni siquiera tengo cámara), no creo que Miguel Angel sirviera como protagonista. Necesitaría un actor mucho más joven (con 35-40 años más o menos). Y Hay cuatro personajes más de la misma edad. Necesitaría que alguien me dejara o alquilara una casa en condiciones, etc.“


“En mi caso sería más complicado. Tengo ya en el ordenador el 'storyboard' (con una planificación bastante complicada y pretenciosa) preparado para rodar en mi antigua casa de La Laguna. Es una especie de coreografía a base de una serie de planos-secuencia con los actores deambulando por la pantalla de forma más bien teatral. Si hipotéticamente me dejaran alguna casa aquí en Murcia (donde no conozco a nadie), tendría que volver a planificarlo todo. Tengo otros guiones más sencillos, pero no se me apetece nada hacerlos hoy por hoy.”

 



Amigos de Juan han ido publicando sus recuerdos en redes sociales, y como el Facebook es efímero (o más efímero que el propio blog), copio y pego algunas de estas semblanzas, que iluminan algunos pasajes de Juan y, al mismo tiempo, la intrahistoria de eso que hemos quedado en llamar  cine canario. Juan Patricio García lo define como “un tipo genial y único” y en esto creo que todos estamos de acuerdo.


Luis Sánchez-Gijón Cañete escribe:


“Compartimos muy buenos momentos y experiencias. Tragué tanta ópera con Juan que al final me hice adicto. Si había un coche mas espacioso que el 600 de los elefantes, era sin duda el suyo. Echaré de menos tu locura, amigo!”


“Te fuiste, Juan. Los años que compartimos sueños, trabajo y diversión quedarán siempre en mi recuerdo: Yaiza Borges, El cordón de la alpargata, los viajes en el coche en el que cabían más de seis elefantes, el martirio de la ópera que se convirtió en devoción, tu genialidad y tu risa… ¡Cuanto que guardar!”


Juan Antonio Ribas: 


“Hoy me he enterado que Juan Puelles nos ha dejado... Hacía mucho tiempo que no le veía. La última vez que traté con él fue por un tema de trabajo. Me ayudó con unos subtítulos para la edición española en DVD de Shaft en África y de eso hace la tira de años. Y aún así me he quedado en shock. Junto a Juan, Alberto Guerra, Fernando Martín y Josep Vilageliu pasé uno de los mejores veranos de mi vida, en el año 89 o 90, un curso de cine que organizaban aquellos veteranos miembros del colectivo Yaiza Borges. 5 horas diarias durante casi 3 meses. Dejó de ser un curso normal para convertirse en una reunión de amigos, algunos de los cuales mantengo aún hoy en día. Nos abrimos de verdad. Aún recuerdo a Juan comentándonos Alexander Nevski con su batalla en el lago helado con música de Prokófiev y hablándonos de la planificación del cine japonés y que debíamos mirar de derecha a izquierda en la imagen...  Hoy Juan y Alberto ya no están con nosotros. Les echo de menos… “


Juan Rebenaque:


“Coincidimos en el Instituto Teobaldo Power cuando yo era alumno y él profesor, pero nunca me dio clase. Años más tarde, sí fuimos compañeros como estudiantes en la Facultad de Ciencias de la Información. Recuerdo que me pidió que le prestara el VHS de la película Los fabulosos Baker Boys porque decía que ver a Michelle Pfeiffer cantando sobre el piano era como ver a Rita Hayworth.


Cine-club Lanzarote:


“Conmovidos por el fallecimiento  estos días de Juan Puelles López, maestro y cineasta que a tantas personas nos contagió pasiones por ver y hacer películas. Inolvidable su “Crónica histérica” con el Equipo Neura y tantas enseñanzas. Bendita locura por el cine. Nunca te olvidaremos…”


Angelo Olivier


“Ayer me enteré del fallecimiento de Juan Puelles, mi profesor de filosofía en COU. Era un hombre del renacimiento viviendo en el siglo XX. Políglota, filósofo, músico, cineasta, profesor... Marcó una época en el Mencey Acaymo. Un profesor al que seguimos recordando 40 años después de haber sido sus alumnos. Tu risa contagiará a los que te escuchen en el más allá. Contigo no se van a aburrir, se los aseguro.”


María Hierro: 


“Amante cineasta, ahora junto a Domingo, grandes amigos, trabajé mucho con los dos.”


Por su parte, el periodista Eduardo García Rojas le dedica una entrada en su blog El escobillón, de la que destaco un par de recuerdos esclarecedores:


El segundo recuerdo que tengo de Puelles (sin el Juan) es como profesor de Ética. Me tocó en primero de BUP, y creo que a los que escogimos aquella asignatura en vez de la de Religión supo meternos en el bolsillo no solo por sus pintas de genio chiflado (hablaba no sé cuántos idiomas y tocaba no sé cuántos instrumentos musicales) sino por animar a varios de los estudiantes de primero para que escribiéramos el guión de una película que se convertiría en El examen, un filme rodado en súper 8mm y que el día que se exhibió en el salón de actos del Instituto Teobaldo Power se mereció además de una carcajada cuyo eco parecía que iba a derribar las paredes, una ovación que no tuve la oportunidad de escuchar porque otras tareas requirieron por aquel entonces el concurso de mis modestos esfuerzos.

Puelles animó además a la chavalada del Instituto a que crearan un cine club. Y así nació el cine club del Teobaldo, películas que proyectábamos no me acuerdo ahora si en 8 o 16 milímetros, pero sí que se trataban de clásicos sin discusión de lo que los necios llaman el séptimo arte.




jueves, 28 de abril de 2016

EL PODER TRANSFORMADOR DEL TIEMPO: REDESCUBRIENDO A ROBERTO RODRIGUEZ

El salón de actos del Círculo de Bellas Artes de Santa Cruz de Tenerife se abrió anoche para que pudiéramos asomarnos, en un salto temporal, a las concurridas sesiones cinematográficas de los jueves, allá en los años 70, cuando los cineastas amateurs ofrecían sus últimas obras a un público entusiasta y exigente.

Algunos pudimos redescubrir a un Roberto Rodríguez en posesión de un dominio cinematográfico del que la mayoría de sus compañeros carecían, a través de unas imágenes poderosas que el tiempo se ha encargado de conservar, devolviéndonoslas transformadas, envueltas en este tenue hálito de lo sagrado que no sabríamos describir, y que nos lleva a la verdad.



Ver de nuevo estos cortos de Roberto Rodríguez cuarenta años después, en el mismo lugar donde se proyectaron, podría habernos hecho revivir aquellas sesiones que algunos de nosotros organizábamos, en una euforia creativa que nos llevaba a empeñar nuestros ahorros en cartuchos de super8 y salir a rodar por toda la geografía canaria, en busca de nuevos temas que fueran susceptibles de convertirse en un cortometraje para ser proyectado en un salón de actos atiborrado de público.



Pero la remodelación del salón de actos, con las paredes coloreadas, la proyección digital de los cortos y las nuevas y flamantes sillas en el que fue el patio de butacas del teatro, nos recordaron que los tiempos eran otros.



“Qué daría yo, comentaba Dailo Barco, que alguien hubiera grabado alguno de aquellos coloquios”. Dailo pertenece a la nueva generación de cineastas. Para él fue como un destello fulgurante, al enfrentarse a unas imágenes tan distintas de las que capturan sus cámaras digitales. Las descubrió en la Filmoteca Canaria hace unos años, cuando buscaba recursos para un documental.

Y no es solo la textura, o el color, tan diferentes, pero también, sino que estas imágenes poseen una aura misteriosa, pues parecen recién extraídas del túnel del tiempo, como si de repente los petrogrifos se pusieran a bailar y los valles se llenaran de plataneras en una incontenible inundación. Algo que ni siquiera los sofisticados programas de postproducción puedan recrear, porque les faltaría la pátina de verdad que estas imágenes destilan.

Y ahí reside quizás el secreto de Roberto Rodríguez, su inquebrantable voluntad de acercarse a lo real, y también ahí se encuentra esa su resistencia a las distintas narrativas que con la muerte del dictador se enfrentaron con estrépito, y que pudieron hacerle acreedor de plegarse al conformismo de las imágenes estériles de lo canario que el NO-DO, el instrumento de propaganda de la dictadura, había instaurado para someter y amagar la realidad social tercemundista de la época.

Roberto acerca su cámara a los rostros oscurecidos por la inclemencia del tiempo, da visibilidad a los protagonistas del mundo rural (los calabaceros, los ceramistas, los molineros), a los instrumentos de su trabajo, o se aleja de ellos para obtener la distancia precisa para su comprensión, bajo parámetros de belleza pero también de claridad expositiva. Sus caseríos resultan irreales de tan verdaderos.

A veces, a pesar de su repugnancia, se acerca y filma el acto sangriento de descrestar un gallo y prepararlo para la pelea de gallos, un deporte autóctono ahora desaparecido, parte también de su cultura ancestral, como el juego del palo que también captura con su cámara.

¿Qué hace que unas imágenes resistan el paso del tiempo y otras no? ¿Cuántos de los cortos que ahora mismo se hacen en Canarias, en tantos concursos expres, sobrevivirán a su tiempo? Dentro de otros cincuenta años, ¿futuras generaciones se reconocerán en sus imágenes, se sorprenderán al contemplar un mundo atomizado conectado día y noche al discurrir incesante de imágenes olvidables?


Dailo recupera en el título de su documental "Las postales de Roberto" la idea de postal, tan denostada entonces, utilizada por algunos para describir la mayor parte el cine amateur de la época, y que llegó a constituir un insulto, proferido desde las filas del salón de actos hacia los directores que presentaban sus obras subidos al escenario, o en los comentarios de los críticos de cine, que se sentían obligados a repartir su mirada, sus filias y sus fobias, tanto al cine comercial que se estrenaba en los cines como a las frágiles obras de artesanía de los cineistas, como se llamaban a sí mismos los superochistas.  

Los paisajes torturados, las cumbres vertiginosas, los riscos enmarañados de niebla y arbustos retorcidos que Roberto filma a la manera de los grabados que el misterioso J. J. Williams dibujó para ilustrar La Histoire Naturelle des Îles Canaries  de Sabino Berthelot, o estos encuadres idílicos, perfectamente enmarcados, vistos desde una posición elevada, del ambiente rural de Puntagorda, el pueblo natal de Roberto, como una estampa japonesa, con sus almendros en flor, en el que el tiempo se ha detenido.

Belleza extrema, estilizada hasta límites insoportables, que puede ser leída como postal mentirosa (y así se hacía en aquellos turbulentos años 70, años de destrucción y surgimiento, de “muerte y bostezo”, como titularía uno de sus cortos el dramaturgo Fernando H. Guzmán, injustamente olvidado), una postal que es ahora nostalgia, y que, ahora lo sabemos, también fue compuesta desde la nostalgia del presente, de aquello que sabemos cuando lo capturamos que pronto dejará de ser, y entonces el acto de filmar es un adiós y no un hasta luego.



Extraña que el antaño acuarelista y fotógrafo, al dejar los pinceles por la cámara de cine, se deje llevar por el vértigo del movimiento. Así, sorprenden los incesantes acercamientos o alejamientos  mediante el zoom óptico, ese juguete que embelesaba a los cineastas de la época, o las virtuosas panorámicas y el juego del desenfoque, que imprimen al montaje de los planos una cadencia como de isa o de folía, que en “La última folía” resulta evidente e intencionado, pero que encontramos en otras cintas, como en “Pueblo en flor. Puntagorda”(1977), que es donde la emoción contenida en otros cortos aquí se desborda.



Es en “La última folía” (1976) donde el montaje de Roberto se hace impetuoso para inscribir en la textura del corto el dolor de la gente que se ha visto obligada a emigrar al otro lado del océano, engarzando planos de uno y otro lado, filmando hermosas casas desconchadas (con esos colores de las casas de acá y quizás de allá, diluyéndose en manchas anaranjadas, en añil y ocre) y en ruinas, ese hombre del comienzo ascendiendo a duras penas por el paisaje lávico portando la maleta sobre el hombro, desapareciendo detrás de la loma, mezclando lugares y tiempos distantes, como si aquel hombre al marcharse hubiera metido su mundo en la maleta y conviviese con él en la memoria.


En “Los calabaceros” (1979), su película más didáctica y de mayor valor etnográfico, filmada en 16mm. y con mayores recursos, nos presenta una isla de cumbres nevadas que suministran de un modo natural el agua para las necesidades agrícolas. El plátano precisa de una cantidad obscena de agua, y los calabaceros se encargan de hacerla llegar a cotas más elevadas del canal, mediante la fuerza de sus brazos, en un movimiento incesante como de péndulo, y Roberto nos va mostrando, demorándose, el trabajo de los calabaceros, en una coreografía que va más allá de lo particular para hablarnos de los hombres y mujeres en su lucha inmemorial para sobrevivir en un entorno hostil que han acabado domesticando, de los días que suceden a las noches, de los tiempos que se encadenan con la regularidad del calendario, de los ritmos del esfuerzo humano.

Unos pocos apuntes, suministrados por la voz del narrador, nos informan de que la propiedad del agua está en manos privadas. Años de litigios sobre quién puede acceder al agua del canal, concede a los calabaceros aquella agua que puedan trasvasar. 

Roberto Rodríguez rodó más de un centenar de cintas, en Canarias y fuera de ella (en Italia, en el continente africano, en la tierra de los incas), con una intensidad inusitada, una producción de cuatro o cinco cortos anuales en los años 70, que presentaba a todas las muestras y festivales de cine amateur ganando todo tipo de premios. Se dedicó luego a sus acuarelas y dejó abandonado todo este material en algún rincón oscuro de su casa. Finalmente lo legó al Cabildo de La Palma, que llegó a un acuerdo con la Filmoteca Canaria para que digitalizase todas las bobinas y pudiese ser exhibido.

Y así, cuarenta años después, la Filmoteca Canaria organiza un homenaje  que debía contar con su presencia pero que ha resultado, por muy pocos días, un homenaje póstumo.



Signo de los tiempos, el acto ha sido grabado para la posteridad. El acto arrancó con el chasquido de la claqueta, como cuando se estalla la botella contra el casco de un barco.

En esta nueva película barco que prepara Dailo, como una cápsula de tiempo, todos nosotros, viejos compañeros de Roberto en aquello de manejar una cámara de super-8, amigos del cineasta que hasta aquí llegaron para recordarle, jóvenes curiosos y algún cineasta despistado que se dieron cita en el Círculo de Bellas Artes, hemos quedado prendidos de otro artefacto homenaje que quizás dentro de otros cuarenta años se proyecte en este mismo espacio, decorado de otra manera, quizás recuperando su aspecto primitivo, donde algunos espectadores recuerden que existió algo llamado cine.





Posdata


Buscando documentos de las actividades de la Sección de Cine del Círculo de Bellas Artes en mi archivo personal, me encuentro con el borrador de una carta que no recuerdo si llegué a enviársela a Roberto, como respuesta a una carta que me dirigió para agradecerme mis comentarios en la prensa sobre el cine canario. En uno de los párrafos me leo: “En todo tu cine siempre hay como un relámpago, un instante de verdad, eso que es tan difícil de hacer en cine y que tú tienes capacidad de desarrollarlo pero que de momento se queda en vislumbres, en fortuitos hallazgos que me sorprenden de vez en cuando. Pero ya hablaremos.”