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sábado, 19 de septiembre de 2015

EL CINE DE GUERRILLA SE REINVENTA

Jose Víctor Fuentes, Zacarías de La Rosa o Zac para los amigos, uno de ellos o todos amalgamados en la figura desgarbada, aunque un tanto maltrecha por el lumbago, que Joaquín Ayala nos presentó sobre el escenario del Teatro Guimerá, con el secreto propósito de que desnudara su alma ante el pequeño pero compacto grupo de espectadores que acudieron a una nueva sesión de los Encuentros con el Cine, una feliz y necesaria idea que ha puesto en marcha el colectivo Digital 104 en Santa Cruz de Tenerife.

Otra idea interesante, la de poner en contacto la primera y la última obra de Zacarías de La Rosa, proyectando juntas para que se hablaran entre sí La chica de la lluvia y Brklyn 11211, rodadas ambas en el barrio de Williamsburg con quince años de diferencia, con el telón de fondo del skyline de Manhattan, al otro lado del East River.

La primera versión de 11211 se titulaba "El barrio de avenidas que se bifurcan"

Cuenta Jose Victor que allí recaló huyendo de La Palma, con el propósito difuso de estudiar cine. Pronto se le acabaron los dólares en la gran manzana (pagó una barbaridad por tres meses de clases) y se encontró perdido recorriendo las calles de Brooklyn, tal como vemos en los personajes de esa ficción que ha llamado 11211.


Cuando rodó La chica de la lluvia con los amigos que allí hizo pero con las aportaciones económicas de los amigos que dejó en Canarias (¿inventaría Zac el crowfounding?), el barrio era el último refugio para los latinos seducidos por NY carentes de recursos, cuando apenas se recuperaba de los estragos del crack y de la cocaína, sucio pero lleno de vida, y que quince años después encontró reconvertido en un barrio hipster, lleno de artistas y bohemios y de negocios florecientes.

Rodó La chica de la lluvia en 16mm., y así es como pudimos disfrutarla en el Teatro Guimerá, con su grano y el descuadre azaroso que la proyección implica (y que nos retrotraía a otros tiempos). Como contaba Zac, era un tiempo en que el 16mm. estaba ya obsoleto y los festivales pedían un Betacam. Pero Zac no conocía otra cosa, no había oído hablar todavía del digital que todo lo revolucionó y que él, años más tarde, recogería como estandarte en la eclosión del Festivalito.

José Víctor Fuentes durante el Festivalito de La Palma en 2004

Siempre he pensado que La chica de la lluvia es su mejor obra, uno de esos milagros que difícilmente se repiten. Zac lo confesó anoche. También para él sigue siendo su mejor trabajo, y no sabe cómo llegó a hacerlo. Es de un atrevimiento temerario, un dejarse ir con la cámara, influido por las cintas underground que allí mismo, en el centro del mundo, descubriría embelesado.

A partir de ahí, Zac ha ido reinventándose, en una búsqueda de un nuevo cine, algo que quizás vislumbró en aquellos tempranos años de aprendizaje, una nueva manera de mirar el mundo que se le escurre entre las manos (esas manos que agarran la cámara) cada vez que se enfrenta a lo real.

Zacarías de La Rosa como el conejo imaginario de "90 minutos I love you"

Lo real son esas calles del barrio, las bicicletas amarradas a los postes de la luz, un par de zapatos colgando de un cable sobre la calle, los pasillos de un amarillo sucio con puertas a ambos lados de los edificios de ladrillo, el batiburrillo del interior de los apartamentos sin compartimentar, los cristales de tiendas y cafeterías donde se refleja indiscriminado lo de fuera y lo de dentro, los pasillos laberínticos de las espaciosas lavanderías como el lugar del encuentro azaroso.



Lo real son los rostros de los actores, el cansancio físico de una noche sin pegar ojo que el objetivo de la cámara nos revela, los rastros del alcohol o la marihuana, la exaltación de una noche de sexo que la disciplina del día no logra disipar, la nostalgia de un recuerdo que algo durante el rodaje ha disparado sin quererlo, las preocupaciones por no disponer del dinero suficiente para terminar el rodaje, o por la ausencia del actor principal en el que tanto se confiaba y que a última hora, cuando todo el personal ya está en Williamsburg, ha dicho que no vendría.



Lo real es ese 11211 del título, el número del distrito postal del barrio, que a Zac se le aparecía como un número mágico, dotado de misteriosas claves narrativas, como si de un cuento de Paul Auster se tratara. Un número que se lee de distintas formas: una simetría de unos que avanzan de izquierda a derecha y de derecha a izquierda para acabar formando la pareja del dos, o que leído de forma consecutiva nos cuenta cómo varias personas solitarias pueden en algún momento formar una pareja para finalmente regresar a su condición de individuos, y que es precisamente el argumento que Zac, cuando era tan solo Jose Víctor, nos contaba en “La chica de la lluvia” y que ahora, como Zac73dragón, nos ha vuelto a recordar en su Brklyn 11211.




Sobre esta base documental, que la cámara recoge inmisericorde al encuadrar calles y apartamentos reales, Zac incorpora personajes, que no dejan de ser trasuntos de él mismo, con retazos de sus propias vivencias y transposiciones de relatos oídos y conversaciones sustraídas en noches de insomnio. 

Como nos recordó Joaquín Ayala, citando a Alain Bergala, una película no deja de ser un documental de su propia gestión. Y así, el apartamento es justamente aquel que los miembros del equipo ocupaban durante la filmación, y los personajes están encarnados por los amigos que Zac se trajo desde Canarias, una troupe que ha ido reclutando durante los años del Festivalito, reconociendo afinidades, capacidad de improvisación y amor por rodar sin la red de un guión establecido. Rodar es como vivir, un no saber qué va a acontecer mañana, lanzarse alegremente a una aventura sin un final entrevisto, dejando que los acontecimientos del día, la inspiración de cada uno, vayan tejiendo el tapiz sin esfuerzo ni voluntad alguna.

Se supone que siempre hay un final. Llega el momento en que el director decide cual va a ser la forma definitiva, el metraje que se va a poder ver en una sala de cine. Zac va más allá y sueña que el cine digital no tiene por qué adaptarse a este corsé de obra establecida, porque una de la peculiaridades del digital es su extrema maleabilidad, lo fácil que es reordenar planos y secuencias, conformar una versión distinta en un plis plas.

La versión que vimos en el Teatro Guimerá no es la misma que se proyectó en el Festival Internacional de Cine de Las Palmas de Gran Canaria. Ni siquiera son dos versiones de una misma película. Constituyen dos películas diferentes. Su intención era preparar un tercer montaje para proyectarlo en estos Encuentros con el Cine. ¿Por qué, se pregunta, el cine no podría ser como la música? Existe una partitura, pero la ejecución varía con cada concierto, unos días la película funciona muy bien, en otras ocasiones algo falla, este último montaje chirría, en las tomas que esta vez se eligieron los actores no están tan convincentes.

El cine digital sería, para el niño Zac, un lego-cine que tanto puede ensamblarse siguiendo un diseño prefijado como remontarse tantas veces como uno quiera dejándote llevar por la inspiración del momento. El lego-cine coexistiría, en la imaginación enfebrecida de un Zacarías de La Rosa, con el dreamcinema, el cine soñado que persigue película tras película y que le llevó, mientras editaba 11211, a Fuerteventura para dejar que la luz de Mafasca le embrujara revelándole la verdad.

11211 es dreamcinema, nos dijo anoche, porque todo ocurre en la mente de los personajes. Todo es real e imaginado a un tiempo, real y tangible en los largos planos donde la profundidad de campo se erige como entidad estructuradora de la puesta en escena, y al mismo tiempo construida por la mirada del espectador, en los encuadres donde los espejos y los cristales de los escaparates nos abisman a otra realidad más profunda y desestabilizadora.

El cineasta Iván López le preguntó, en el turno de palabras, cuál había sido el sentimiento que le había dominado durante la preparación de la película. El vacío, afirmó categórico Zac, el vacío que le atenazaba a todas horas en aquella su primera escapada fuera de su isla. Y sin embargo, en este fluir monótono de la vida en que consiste la existencia, estallan de vez en cuando estos instantes de compañía que la hacen más placentera, y que en 11211 emergen en su rareza mediante diálogos absurdos, improvisados por los actores, a partir de unas pocas indicaciones del director. Un drama que se hace comedia, o una comedia que se decanta por el drama, se preguntaba la productora Ana Sánchez-Gijón, también entre el público.



11211 es un ideograma que expresa la simultaneidad a la perfección, donde pueden coexistir el drama y la comedia, lo que ha acontecido y lo que todavía no ha ocurrido, lo real y lo imaginado. Zac nos dice que los acontecimientos narrados en el film no tienen por qué haber sucedido en este orden, lo que le autoriza a cambiarlos de lugar o incluso a suprimirlos.

El cine, como la realidad, es un vacío al que intentamos darle una forma mediante el montaje, que consiste en la disposición de una precaria sucesión de escenas. El procedimiento clásico del montaje consiste en un exquisito juego de prestidigitación que pretende que no veamos las inmensas elipsis que separan cada una de las secuencias e incluso cada uno de los planos, al igual que el extremo movimiento de los electrones y los átomos nos hacen creer en la solidez de la realidad.

El montaje crea una realidad que no deja de ser otra manera de ver el mundo y el dreamcinema sería una nueva puesta a punto para seguir soñando la realidad.

Cuenta Zac que se subió a una azotea, dispuso el trípode y colocó la cámara. Dos trenes en dirección opuesta se cruzaban, un robusto edificio con su depósito de agua y una chimenea echando humo equilibraba con su masa el encuadre, y al fondo, más allá del East River cruzado por los icónicos puentes de metal, se alzaban los rascacielos de Manhattan como una maqueta. No pude ser más feliz, nos comenta Zac, esa sensación de artificio no podía ser más oportuna. El azar había dispuesta para mí, sin yo pretenderlo, el mejor de mis escenarios.


Brklyn 11211 empieza y termina con este plano, afirmando su carácter simétrico.


jueves, 1 de noviembre de 2012

LA LUZ DEL CINEASTA INCRÉDULO

A Zacarías de La Rosa le impactó la extensa y solitaria playa de Cofete cuando la pisó hace ya muchos años. Sintió que allí tenía que volver para rodar una película. La luz de Mafasca le persiguió. Necesitó varios años y la escritura de muchos guiones que no eran más que fallidas versiones de una obsesión por atrapar un misterio que estaba en la boca de todos pero que nadie sabía expresar.

Volvió a la isla una y otra vez y al final rodó sin guión, dejándose llevar por la experiencia de la isla y de la fuerza de sus actores desplazándose a pie o en coche por las laderas y los riscos, dejando que los personajes se fueran perfilando en relación al paisaje, suspendidos entre el cielo, el mar y la tierra. Isla sexual. Paisaje violento, telúrico, que exacerba las emociones y espolea la imaginación.





Primero fue la voluntad de un documental. Veo a José Víctor Fuentes en la periodista en busca de testimonios para un programa más de televisión. Es parte de su trabajo. Cuando termina, simplemente se marcha. No deja huella. El lugar no le afecta.








Pero a Jose Víctor sí le afectó. Acabó contaminado por las historias que le fueron contando. ¿Cómo contar entonces, cómo explicar en imágenes su desazón, los sentimientos que lo exaltaban cuando la oscuridad caía sobre el mundo y el mar se confundía con la arena de la playa?

Seguramente vio en uno de aquellos atardeceres alucinados el cuerpo sin vida del soldado todavía atado a su paracaídas, que se hinchaba por el viento y que las olas al retirarse habían dejado al descubierto. José Víctor se sintió como aquel cuerpo entumecido, al irse despojando de los vestidos que lo identificaban como una pieza más del engranaje social para incorporarse al reino de las sombras de la creación.



Qué curioso que los testimonios de los lugareños, el primer material que grabó, apenas nos dicen nada sobre la Luz. José Víctor recurre al socorrido recurso del periodista que indaga, siempre efectivo. Así integra la parte documental en el cuerpo del relato sin demasiadas estridencias. Y aunque podría ser un fake apenas importa. El film comenzaba con el rostro apenas encuadrado del sargento que inicia un videodiario grabándose a sí mismo. Feliz ocurrencia porque precisamente la luz está en el interior de cada uno, ilumina su vida en un plis plas.


José Víctor se apropia así de la leyenda, sintetizando en pocos rasgos las diversas interpretaciones de la misma: el castigo por un pecado cometido, la historia de la mujer sevillana acusada de brujería que acabó habitando un caserón en Gandía. Y los motivos visuales que permanecen en todas las versiones: las almas en pena, los cabreros y las cruces de las tumbas. Y algunos testimonios como la del incrédulo sargento que se sobresaltó al presenciar el misterio de la luz. En el film de José Víctor el pecado anida en la seducción que ejerce la periodista sobre una ingenua chica del lugar, pintándole las moderneces del mundo de afuera. Hay, también, el pecado nefando de la carne, contra natura, condenado por la iglesia al fuego eterno, en el triángulo que conforman Tahísa, Paula y la periodista venida de fuera.



José Victor Fuentes, que firma como Zacarías de la Rosa en recuerdo de un corto anterior donde exploraba la imagen real y la creada en estudio mediante maquetas, explora aquí las relaciones entre el respetuoso lenguaje del documental y los tropos del género fantástico, moviéndose con soltura alucinada entre la fisicidad de la isla y los devaneos de la mente, entre lo real y lo soñado, entre el mundo de la vida y las representaciones de la muerte.

Las tumbas abiertas en la arena, las caminatas de los personajes en la creciente penumbra cuando el cielo y la tierra se confunden en una misma pincelada, el golpe seco de la pala quebrando una vida humana, el sonido quejumbroso del viento como alma en pena que la obsesiva música de Raúl Capote deja al descubierto cuando se detiene de modo abrupto, se configuran como las rimas de un poema incierto que superpone acontecimientos y personajes como si fueran uno solo.



En un mismo espacio coinciden varias historias en el tiempo. El tiempo que entendemos como real, el tiempo contenedor de las leyendas. La leyenda como una forma viable para transmitir un misterio. La leyenda que nos narra el misterio de las emociones que tratamos, inútilmente, de esconder en nuestro interior y que, en un momento dado, estallan.

Afirma la leyenda que todas las verdades al final son reveladas. Víctor Fuentes sin embargo opta por velar el significado del film. Prefiere la opacidad de la poesía a la transparencia de la prosa. Los misterios deben mantenerse ocultos, enterrados en la arena, en contacto con la sangre derramada que fructificará en la leyenda.

Una leyenda que nos cuenta una misma historia repetida una y otra vez, actualizándose en las personas que se pierden en sus meandros. Personajes que se convierten en almas en pena, enfrentados a lo que son, a sus pasiones más inconfesables y a sus crímenes más abominables.


José Víctor Fuentes hablaba hace muy poco tiempo, desde la plataforma del Festivalito de La Palma, de un cine de guerrilla. Coge una cámara y dispara, nos decía. Hay que matar la realidad. La realidad que no nos deja ver lo que hay, lo que somos.

La luz de Mafasca se configura como una luz que ayuda al cineasta incrédulo, atado a unas normas, a ver y a narrar lo que está detrás, lo que llevamos dentro. Jose Víctor descubre en su interior a Zacarías de La Rosa, el dragón dormido.

La experiencia que relata Zacarías de La Rosa en Fuerteventura, con un equipo reducido de personas, inoculando el virus del entusiasmo, dejando que la historia vaya emergiendo con el paso de las horas y el cambio constante de la luz, disfrutando al compartir los diversos oficios del cine, remite a la experiencia del Cine Leve.