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martes, 11 de marzo de 2025

RODAR CON EL MÓVIL, ELOGIO DE LO PEQUEÑO

La proyección de tres cortometrajes inéditos en el TEA el jueves 20 de marzo, uno rodado en 1968 en 8mm., otro con un tomavistas de super8 en 1974, y el tercero grabado con un Iphon12 en 2024, suponen una especie de reivindicación de lo pequeño frente a la proliferación de la ultradefinición de las cámaras de última generación, un regreso a la sencillez ante las narrativas sofisticadas cuando no tendentes a la espectacularización. 



El cine se mueve por modas, y cada uno toma su modelo del gran supermercado de lo visual. Cada película es hija de su contexto, y la tecnología empleada deja su huella, gracias a la cual somos capaces de datar un filme. El zoom se impuso en los años 70 y 80, luego se puso de moda la cámara temblorosa, ahora la tecnología se ha dispuesto para que todos corramos a enfocar y desenfocar el fondo, incluso los nuevos móviles se han apresurado a integrar el modo cine para que juguemos con el enfoque selectivo, incluso después de haber hecho la foto.


A unos les gusta aislar a los personajes del fondo, a mi me gusta que todo esté enfocado y delego en la planificación y la puesta en escena modular la narración. Todos se vuelven locos con la alta definición, como si la imagen así compuesta resultara más vívida, más real. Veo una contradicción entre querer verlo todo en su detalle y luego apagar una parte con el desenfoque.


Qué quieren que les diga, quizás sea por mi miopía, tardé varios años sin saber que era miope y estuve viviendo en un mundo desenfocado, y sin embargo estaba convencido de que era así como se veían las cosas, con sus contornos difusos, los colores y las formas mezclándose, una visión cercana a la vanguardia, que también desdibujaba el mundo para que fuese más real. Estoy seguro de que no me gusta el fútbol porque de pequeño mi padre me llevaba a casa de unos amigos para ver partidos de fútbol en un televisor en blanco y negro, y yo no entendía qué hacían aquellos jugadores corriendo de un lado a otro por el campo al no ver la pelota tras la que se afanaban.


Además, ahora les ha dado por reescalar el cine antiguo, con la excusa de la restauración de las películas, y así, la suavidad de los rostros del celuloide adquiere el detalle monstruoso de los poros que la alta definición nos sirve en primer plano. Ya no los árboles nos impiden ver el bosque, es que ahora podremos extasiarnos con el detalle de las cortezas y las sinuosidades del musgo que los cubre.


La calidad de los soportes no tiene que presuponer la calidad del resultado, hay cuadros enormes en las grandes pinacotecas y dibujos extraordinarios ejecutados en un trozo de papel, seguramente el repiqueteo de dos maderas golpeándose rítmicamente en lo más profundo de la selva sea más grandioso que la sofisticación de una gran orquesta.


Mi contribución a lo pequeño es más modesto, quizás sea debido a las carencias, a no disponer de lo otro, pero para mí tiene un atractivo añadido, no necesito tres años para levantar un proyecto sino que me dejo llevar por impulsos, como si lo real me llamara, tirara de mí. Cuántas veces el movimiento de las personas, de las cosas y de los animales a mi alrededor se han confabulado para ponerse de acuerdo y componer una puesta en escena perfecta, que pocos segundos más tarde se ha disgregado en el caos cotidiano. Y qué irrefrenables ganas de tener en este momento una cámara dispuesta en mis manos para fijar el milagro de la vida. 


Hace poco un amigo me invitó a ver la performance que iba a ejecutar en el interior de una librería de Barcelona. Éramos diez o doce espectadores, que nos íbamos trasladando por las diversas dependencias del local a la zaga de mi amigo el bailarín, y bueno, siguiendo un impulso, me puse a grabarle con el móvil. Al principio era un espectador más frente a él, pero poco a poco me fui atreviendo a buscar otros puntos de vista para encuadrarle mejor, para establecer las relaciones significativas entre su cuerpo en movimiento y los libros que nos contemplaban desde las estanterías o desde la superficie de las mesas donde exhibían sus suculentas portadas. Y como no recibía señales de que pudiera molestar me vi inmerso en la performance con la aquiescencia del bailarín, y a partir de un determinado momento mi ojo móvil se movía con él, adaptándose a su cadencia, y ambos bailábamos. 


Escribir con la cámara, la cámara stylo, como anunciaba ya Alexander Astruch en el año 1948, justo el año en que nací yo, al decir que "la puesta en escena ya no es un medio de ilustrar o presentar una escena, sino una auténtica escritura", y precisamente la aparición de las ligeras cámaras de 16mm, permitía que se pudiese llevar a cabo aquella promesa de un cine liberado de las imposiciones de los estudios, un cine sin guión, imaginado sobre la marcha, en íntimo contacto con los actores y con la vida. Ninguno de aquellos cineastas del nuevo cine americano, que prometían repartir cámaras de cine entre los futuros cineastas para que hicieran con ellas lo que quisiesen, podía imaginar que en un futuro podrían disparar con un pequeño objeto que se podía esconder en el bolsillo.  

 

Esa es la gracia de lo pequeño, y como todo el mundo se pasea exhibiéndose desvergonzadamente ante los ojos móviles de los demás y de los suyos propios, uno pasa desapercibido en medio de la multitud intentando capturar un instante de vida, como si con el móvil le fuéramos dando dentelladas al mundo. Fútil actividad. A veces me acuerdo de Monet, desesperado por capturar la luz cambiante de la catedral de Rouen.



sábado, 19 de septiembre de 2015

EL CINE DE GUERRILLA SE REINVENTA

Jose Víctor Fuentes, Zacarías de La Rosa o Zac para los amigos, uno de ellos o todos amalgamados en la figura desgarbada, aunque un tanto maltrecha por el lumbago, que Joaquín Ayala nos presentó sobre el escenario del Teatro Guimerá, con el secreto propósito de que desnudara su alma ante el pequeño pero compacto grupo de espectadores que acudieron a una nueva sesión de los Encuentros con el Cine, una feliz y necesaria idea que ha puesto en marcha el colectivo Digital 104 en Santa Cruz de Tenerife.

Otra idea interesante, la de poner en contacto la primera y la última obra de Zacarías de La Rosa, proyectando juntas para que se hablaran entre sí La chica de la lluvia y Brklyn 11211, rodadas ambas en el barrio de Williamsburg con quince años de diferencia, con el telón de fondo del skyline de Manhattan, al otro lado del East River.

La primera versión de 11211 se titulaba "El barrio de avenidas que se bifurcan"

Cuenta Jose Victor que allí recaló huyendo de La Palma, con el propósito difuso de estudiar cine. Pronto se le acabaron los dólares en la gran manzana (pagó una barbaridad por tres meses de clases) y se encontró perdido recorriendo las calles de Brooklyn, tal como vemos en los personajes de esa ficción que ha llamado 11211.


Cuando rodó La chica de la lluvia con los amigos que allí hizo pero con las aportaciones económicas de los amigos que dejó en Canarias (¿inventaría Zac el crowfounding?), el barrio era el último refugio para los latinos seducidos por NY carentes de recursos, cuando apenas se recuperaba de los estragos del crack y de la cocaína, sucio pero lleno de vida, y que quince años después encontró reconvertido en un barrio hipster, lleno de artistas y bohemios y de negocios florecientes.

Rodó La chica de la lluvia en 16mm., y así es como pudimos disfrutarla en el Teatro Guimerá, con su grano y el descuadre azaroso que la proyección implica (y que nos retrotraía a otros tiempos). Como contaba Zac, era un tiempo en que el 16mm. estaba ya obsoleto y los festivales pedían un Betacam. Pero Zac no conocía otra cosa, no había oído hablar todavía del digital que todo lo revolucionó y que él, años más tarde, recogería como estandarte en la eclosión del Festivalito.

José Víctor Fuentes durante el Festivalito de La Palma en 2004

Siempre he pensado que La chica de la lluvia es su mejor obra, uno de esos milagros que difícilmente se repiten. Zac lo confesó anoche. También para él sigue siendo su mejor trabajo, y no sabe cómo llegó a hacerlo. Es de un atrevimiento temerario, un dejarse ir con la cámara, influido por las cintas underground que allí mismo, en el centro del mundo, descubriría embelesado.

A partir de ahí, Zac ha ido reinventándose, en una búsqueda de un nuevo cine, algo que quizás vislumbró en aquellos tempranos años de aprendizaje, una nueva manera de mirar el mundo que se le escurre entre las manos (esas manos que agarran la cámara) cada vez que se enfrenta a lo real.

Zacarías de La Rosa como el conejo imaginario de "90 minutos I love you"

Lo real son esas calles del barrio, las bicicletas amarradas a los postes de la luz, un par de zapatos colgando de un cable sobre la calle, los pasillos de un amarillo sucio con puertas a ambos lados de los edificios de ladrillo, el batiburrillo del interior de los apartamentos sin compartimentar, los cristales de tiendas y cafeterías donde se refleja indiscriminado lo de fuera y lo de dentro, los pasillos laberínticos de las espaciosas lavanderías como el lugar del encuentro azaroso.



Lo real son los rostros de los actores, el cansancio físico de una noche sin pegar ojo que el objetivo de la cámara nos revela, los rastros del alcohol o la marihuana, la exaltación de una noche de sexo que la disciplina del día no logra disipar, la nostalgia de un recuerdo que algo durante el rodaje ha disparado sin quererlo, las preocupaciones por no disponer del dinero suficiente para terminar el rodaje, o por la ausencia del actor principal en el que tanto se confiaba y que a última hora, cuando todo el personal ya está en Williamsburg, ha dicho que no vendría.



Lo real es ese 11211 del título, el número del distrito postal del barrio, que a Zac se le aparecía como un número mágico, dotado de misteriosas claves narrativas, como si de un cuento de Paul Auster se tratara. Un número que se lee de distintas formas: una simetría de unos que avanzan de izquierda a derecha y de derecha a izquierda para acabar formando la pareja del dos, o que leído de forma consecutiva nos cuenta cómo varias personas solitarias pueden en algún momento formar una pareja para finalmente regresar a su condición de individuos, y que es precisamente el argumento que Zac, cuando era tan solo Jose Víctor, nos contaba en “La chica de la lluvia” y que ahora, como Zac73dragón, nos ha vuelto a recordar en su Brklyn 11211.




Sobre esta base documental, que la cámara recoge inmisericorde al encuadrar calles y apartamentos reales, Zac incorpora personajes, que no dejan de ser trasuntos de él mismo, con retazos de sus propias vivencias y transposiciones de relatos oídos y conversaciones sustraídas en noches de insomnio. 

Como nos recordó Joaquín Ayala, citando a Alain Bergala, una película no deja de ser un documental de su propia gestión. Y así, el apartamento es justamente aquel que los miembros del equipo ocupaban durante la filmación, y los personajes están encarnados por los amigos que Zac se trajo desde Canarias, una troupe que ha ido reclutando durante los años del Festivalito, reconociendo afinidades, capacidad de improvisación y amor por rodar sin la red de un guión establecido. Rodar es como vivir, un no saber qué va a acontecer mañana, lanzarse alegremente a una aventura sin un final entrevisto, dejando que los acontecimientos del día, la inspiración de cada uno, vayan tejiendo el tapiz sin esfuerzo ni voluntad alguna.

Se supone que siempre hay un final. Llega el momento en que el director decide cual va a ser la forma definitiva, el metraje que se va a poder ver en una sala de cine. Zac va más allá y sueña que el cine digital no tiene por qué adaptarse a este corsé de obra establecida, porque una de la peculiaridades del digital es su extrema maleabilidad, lo fácil que es reordenar planos y secuencias, conformar una versión distinta en un plis plas.

La versión que vimos en el Teatro Guimerá no es la misma que se proyectó en el Festival Internacional de Cine de Las Palmas de Gran Canaria. Ni siquiera son dos versiones de una misma película. Constituyen dos películas diferentes. Su intención era preparar un tercer montaje para proyectarlo en estos Encuentros con el Cine. ¿Por qué, se pregunta, el cine no podría ser como la música? Existe una partitura, pero la ejecución varía con cada concierto, unos días la película funciona muy bien, en otras ocasiones algo falla, este último montaje chirría, en las tomas que esta vez se eligieron los actores no están tan convincentes.

El cine digital sería, para el niño Zac, un lego-cine que tanto puede ensamblarse siguiendo un diseño prefijado como remontarse tantas veces como uno quiera dejándote llevar por la inspiración del momento. El lego-cine coexistiría, en la imaginación enfebrecida de un Zacarías de La Rosa, con el dreamcinema, el cine soñado que persigue película tras película y que le llevó, mientras editaba 11211, a Fuerteventura para dejar que la luz de Mafasca le embrujara revelándole la verdad.

11211 es dreamcinema, nos dijo anoche, porque todo ocurre en la mente de los personajes. Todo es real e imaginado a un tiempo, real y tangible en los largos planos donde la profundidad de campo se erige como entidad estructuradora de la puesta en escena, y al mismo tiempo construida por la mirada del espectador, en los encuadres donde los espejos y los cristales de los escaparates nos abisman a otra realidad más profunda y desestabilizadora.

El cineasta Iván López le preguntó, en el turno de palabras, cuál había sido el sentimiento que le había dominado durante la preparación de la película. El vacío, afirmó categórico Zac, el vacío que le atenazaba a todas horas en aquella su primera escapada fuera de su isla. Y sin embargo, en este fluir monótono de la vida en que consiste la existencia, estallan de vez en cuando estos instantes de compañía que la hacen más placentera, y que en 11211 emergen en su rareza mediante diálogos absurdos, improvisados por los actores, a partir de unas pocas indicaciones del director. Un drama que se hace comedia, o una comedia que se decanta por el drama, se preguntaba la productora Ana Sánchez-Gijón, también entre el público.



11211 es un ideograma que expresa la simultaneidad a la perfección, donde pueden coexistir el drama y la comedia, lo que ha acontecido y lo que todavía no ha ocurrido, lo real y lo imaginado. Zac nos dice que los acontecimientos narrados en el film no tienen por qué haber sucedido en este orden, lo que le autoriza a cambiarlos de lugar o incluso a suprimirlos.

El cine, como la realidad, es un vacío al que intentamos darle una forma mediante el montaje, que consiste en la disposición de una precaria sucesión de escenas. El procedimiento clásico del montaje consiste en un exquisito juego de prestidigitación que pretende que no veamos las inmensas elipsis que separan cada una de las secuencias e incluso cada uno de los planos, al igual que el extremo movimiento de los electrones y los átomos nos hacen creer en la solidez de la realidad.

El montaje crea una realidad que no deja de ser otra manera de ver el mundo y el dreamcinema sería una nueva puesta a punto para seguir soñando la realidad.

Cuenta Zac que se subió a una azotea, dispuso el trípode y colocó la cámara. Dos trenes en dirección opuesta se cruzaban, un robusto edificio con su depósito de agua y una chimenea echando humo equilibraba con su masa el encuadre, y al fondo, más allá del East River cruzado por los icónicos puentes de metal, se alzaban los rascacielos de Manhattan como una maqueta. No pude ser más feliz, nos comenta Zac, esa sensación de artificio no podía ser más oportuna. El azar había dispuesta para mí, sin yo pretenderlo, el mejor de mis escenarios.


Brklyn 11211 empieza y termina con este plano, afirmando su carácter simétrico.