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viernes, 25 de febrero de 2022

EL CATÁLOGO DESCATALOGADO

Para el cineasta canario entrar en el Catálogo de Canarias en Corto es la excelencia, supone entrar en el podio de los elegidos, es tanto como ser nominado a los óscars, es lograr que tu película pueda ser vista por una ingente cantidad de espectadores más allá de nuestro terruño, que durante unos meses viva una vida que compense los esfuerzos que uno ha puesto en ella para que exista, para que uno diga ha valido la pena, y después despedirse, porque para todas las películas también las luces se apagan, alojadas en un disco duro o desparecidas en la nube, porque las películas nacen con fecha de caducidad y adiós muy buenas.


Durante varios años acudí a las proyecciones del Catálogo, pensando que quizás a partir de aquellas pocas piezas podía hacer un diagnóstico de cómo había sido aquel año respecto al cine que se hacía en las islas, pulsando las preocupaciones de los cineastas en el momento de abordar sus propuestas. Un número tan exiguo de cortos no podía ser muy representativo, pero me servía de excusa para pensar el cine canario.

Y así, en el 2017, que definí como el catálogo de la madurez, me parecía que los cineastas habían dejado de mirarse el ombligo y si el año anterior habían desarrollado narrativas centradas en conflictos personales con el telón de fondo de la crisis, el desarreglo emocional como metáfora de una desorientación generacional, en aquel nuevo catálogo surgían propuestas novedosas cercanas a la ciencia ficción (Redemption de Vasni Ramos y Corporation Earth de David Xarach),  o por el contrario ensayaban estimulantes caminos en la docuficción (El viaje del libro de Dani Millán, Popoff de Domingo de Luis y Desayuno con pastillas de José Víctor Fuentes) o se mantenían, como una especie de marca autoral, en drama social (Iván López con Náufragos y Daniel León Lacave con Amanecer). Como se ve, todos ellos pertenecientes a una misma generación de cineastas, cuya presencia en el catálogo se iría disolviendo, ante la avalancha de producciones más profesionales y propuestas cercanas al cinema expandido. También en este año se iniciaba una huida extraterritorial, que se iría afianzando, pues uno se había rodado en Italia, otro en Gambia y un tercero en Madrid.

Este cambio empezó a avistarse al año siguiente, cuyas características desmenucé en mi entrada Vida y muerte en el catálogo 2018, en el que entraron cortos con más oficio, como si el trabajo de los diversos equipos detrás de cada una de las producciones hubiera llegado a un grado de excelencia, que se podía palpar en la fotografía agrisada, a tono con el hilo narrativo, de El gigante y la sirena de Roberto Chinet,  en la emulación del cine chino de La muñeca rota de Daniel León Lacave,  en las electrizantes imágenes nocturnas de Smoking Break de Iván López o en la misteriosa decantación hacia lo onírico de las salinas de Lanzarote en El mar inmóvil, de la siempre interesante Macu Machín, que configuraban una realidad inventada, creíble y al mismo tiempo metafórica. Junto a ellas, Coré Ruíz jugueteaba con la ortodoxia del campo contracampo en Osito, Ángel Valiente ofrecía un corto militante en defensa del precio justo del plátano canario y Cris Noda se decantaba por la abstracción en Los colores de la nieve, una pieza presentada en Visionaria, todo ello en un catálogo que ofrecía una cabal muestra del poliédrico cine canario.


En 2019 titulé mi entrada EL CINE CANARIO IMPLOSIONA EN BUSCA DE SUS RAICES y reflexionaba sobre los objetivos del catálogo, en cuya selección pretendía yo pulsar la salud del cine canario de aquel año, una cosecha que se me antojaba tan distinta a las anteriores, pues rebuscaba en el pasado y en el más allá de nuestras fronteras unas señas de identidad que parecía haber perdido. Me desconcertaba la lengua en la que la mayoría de los cortos seleccionados se expresaban, así como los espacios donde se desarrollaba la acción. En uno de los cortos, una coproducción canario alemana (Tarik, de Ersin Cilesiz) se hablaba árabe y, aunque se había rodado en Tenerife, transcurría en Siria, en otro se hablaba un lenguaje inventado en una isla perdida del Pacífico, y en un tercero predominaba el uruguayo, rodado a caballo entre Las Palmas de Gran Canaria y Pando (Uruguay).

En aquel viaje extraterritorial e imaginario fuera de su órbita específica me pareció entrever un intento de acomodar el cine canario a los tiempos actuales de globalización y desconcierto. Si en años anteriores los realizadores canarios se refugiaban en sus íntimas crisis generacionales, ahora, desconcertados, se asomaban a lo más lejano para disponer de una mejor perspectiva.


Pero también advertía una nostalgia de tiempos mejores, el cansancio de unos cineastas quizás derrotados antes de tiempo, Daniel Mendoza en 20 años sí es mucho recuperaba su pasado rockero en un viaje de veinte años a su ciudad natal para volver a tocar con su vieja banda, mientras que Rafael Navarro Miñón en Soju se inventaba un corto de autor en blanco y negro y versión original como el que vería en aquellas salas de arte y ensayo de los setenta. Al mismo tiempo, Macu Machín en Quemar las naves efectuaba una operación arqueológica, deconstruyendo un clásico del cine mudo canario en la busca de un nuevo sentido para las imágenes desvencijadas de antaño. Tan solo Pablo Fajardo proponía un corto de temática social en 300 todo incluido.


Aquel año ocurrió una cosa muy rara, pero muy significativa, porque presagiaba un cambio de rumbo, pues tan solo se seleccionaron cinco cortos, porque el comité, o uno de sus integrantes que no dio su brazo a torcer, decidió que aquel año no se había realizado ningún corto digno de la calidad imprescindible para su distribución en festivales, o por lo menos ninguno de los que se habían presentado. Si siete cortos no podían ser representativos de la añada, por más que yo me empeñara en ello, reducir su número solo podía devaluar la variedad de propuestas, quedando en la cuneta cortos que con los criterios de otros años podían haber sido seleccionados. De todas aquellas propuestas, más o menos interesantes, tan solo los cortos de Pablo Fajardo y de Ersin  Cilesiz entraron en unos cuantos festivales, los más narrativos.

Así llegó el catálogo de 2020, cuya selección despertó no pocas críticas en diversos blogs de cine canario, acusándolo de plúmbeo y poco representativo del cine que se estaba haciendo, y en el que se hacía evidente un escoramiento hacia piezas cercanas al vídeo arte, con predilección por cortos más experimentales, en la búsqueda de nuevos caminos expresivos. También se hizo patente el divorcio entre este tipo de cine, más apropiado a los criterios del actual foro canario del Festival Internacional de Gran Canaria, y el público interesado que acudió a las obligadas sesiones de presentación del catálogo en la Casa de la Cultura de Santa Cruz de Tenerife y en el Guiniguada en Las Palmas de Gran Canaria, que expresó su desconcierto en ambas salas, un público más afín a las lúdicas propuestas del Festivalito.


Atrás quedaba el éxito del extravagante Melodrama de Cayetana H. Cuyás y Cris Noda con 17 nominaciones, el sencillo corto En el banco de Iñigo Franco, también con 17, La talega , el más canario todos los presentados, de Beatriz Fariña con 15,  el peculiar musical Nice Song de Lamberto Guerra y  Nadie de Daniel León Lacave con 9 selecciones (años después batiría su propio recod con las 50 selecciones y 9 premios de La muñeca rota), cortos pertenecientes el Catálogo 2016 que consiguieron introducirse en más festivales


El Catálogo nació como un escaparate para que el cine canario se conociese fuera de las islas, un instrumento de la política cultural como reclamo turístico, el hermano menor de la Film Comition cuyo objetivo es atraer a las grandes productoras, y cuyo programa se resume en decir Canarias existe. De nada sirve un catálogo si no logra colocar los cortos en cuanto más festivales mejor. El objetivo último del Catálogo consiste en seleccionar aquellos cortos que tengan mayores posibilidades para ser seleccionados en el mayor número de festivales, tanto nacionales como internacionales, visibilizar la marca. 

Por esto, en los últimos años, parece que alguien ha olvidado la letra menuda con la que se gestó el Catálogo, y los cortos no se seleccionan para ganar la liga sino para que brillen momentáneamente en festivales muy especializados, que son los pocos. Supongo que esto henchirá de orgullo a más de un cineasta y a algún político, satisfechos al leer los comentarios de críticos especializados, en revistas que pocos leen.

Pero también es verdad que la proliferación de cortos que no se parecen en nada a los cortos de hace unos años tiene que ver con la moda del cine expandido, cuyo uno de sus voceros, Philippe Dubois, clama por “un cine abierto y múltiple, salido de sus formas y de sus marcos”, y afirma que “la película no es ya el criterio, ni la sala, ni la pantalla única, ni la proyección, ni siquiera los espectadores”, una proclama más radical que la que enarboló el Festivalito en sus comienzos, con la muerte del celuloide. En fin, que como todo ya es cine desde que una imagen empieza a moverse, el teórico y crítico francés Jacques Aumont tuvo que sacar un librito (“Lo que queda del cine”, 2020) para preguntarse por lo que queda del cine, de su dispositivo esencial, la posibilidad de ver una película en su continuidad tal como fue concebida, no a trozos y sin las distracciones propias de los dispositivos digitales.

Este análisis de la evolución del cine canario, que a mí me parece tan necesaria, a lo largo de los años a través del Catálogo, se ha visto interrumpido los dos últimos años por la imposibilidad de ver los cortos seleccionados, en 2021 con la excusa del covid, y sin una excusa plausible en 2022, cuya proyección se hizo a puerta cerrada y con invitación, pues otra de las condiciones de la existencia del catálogo, más allá de la proyección internacional, es justamente que estos cortos puedan llegar a un público canario que, a estas alturas, no sabe nada del cine en Canarias más allá de Guarapo y de los rodajes de grandes y medias producciones en las islas. Esta es la obligación del Gobierno canario desde el momento en que la operación Catálogo se lleva a cabo con dinero público. Si alguno de los autores de los cortos seleccionados no puede exhibir su obra, debido a la normativa de algún festival que exige que no se haya exhibido, puede quedarse fuera, pero no impedir la exhibición pública del catálogo.


Otra de las patas de todo este desaguisado es el ninguneo de la Filmoteca Canaria, y no solo porque nadie de la filmoteca recibiera una invitación para estar en la presentación privada del catálogo de este año, sino por la flagrante desproporción en los presupuestos para cine, entre la producción de películas y series y el monto que se dedica para que la filmoteca sobreviva, cuando resulta que hacer una película no tiene sentido si después no se sabe qué hacer con ella. Resulta ya muy fatigoso clamar por la conservación y difusión del cine canario. Tampoco es de recibo que las películas canarias se conozcan mejor fuera de las islas, aunque sea poco, que en su propio territorio. A mí me gustaría ver, de vez en cuando, un ciclo con los maravillosos cortos de los cineastas canarios que rodaban en los años 90, o comparar cintas rodadas en cine, en vídeo analógico y en digital y calibrar los supuestos progresos técnicos, o ver juntos los cortos de la generación de cineastas que ya rondan los cuarenta años, saber qué ha pasado con ellos, por qué siguen en la brecha incólumes al desaliento, o han tirado la toalla y por qué. 

Tengo que decir que a mí me gusta el cine raro, e incluso a mí me han acusado de hacer cine raro, y me parece muy bien que exista un cine raro. Pero para esto ya estaba el Festival de Cine Internacional de Gran Canaria. Para el cineasta que le gusta narrar historias, solo le quedaba el Catálogo, un compendio desprejuiciado del cine que se hace en Canarias. Con la distribución de las películas del Catálogo uno ya se podía quedar tranquilo en casa, pensando en hacer otra película, y leer los informes mensuales de la batalla de cada corto para figurar en el programa de algún festival ignoto, lo cual proporcionaba grandes satisfacciones, sobre todo al personal que se había quemado la piel ayudándote, sin querer pensar en que tu no estarías allí presentando tu corto, nadie te comentaría nada, nadie escribiría ni una línea sobre un corto en la vorágine de la programación, que incluso a lo mejor solo unos pocos espectadores habrían ido a verlo, o que el festival ni siquiera se hubiera celebrado, o se trataba de un festival fantasma, y adiós muy buenas.

Eso sí, queda muy bien en Facebook. Dale al like.




sábado, 18 de febrero de 2017

EL CATÁLOGO DE LA MADUREZ

Este jueves se presentaba en el Aguere Espacio Cultural el Catálogo Canarias en Corto 2017, en su undécima edición, que incluye como en años anteriores una selección de la producción canaria más reciente. A pesar de la relevancia de este acto cultural, no vimos por ningún lado las cámaras de algún canal de televisión, nacional, autonómica o local, ni apareció ningún reportero o reportera presentando el evento, entrevistando a los responsables de las producciones canarias, actores o actrices, directores o productores, algunos de los cuales se habían trasladado desde Gran Canaria, generando ese estrés electrizante de idas y venidas que se deja ver en otros eventos culturales y que lo engrandecen.






La importancia del acontecimiento se advertía no obstante en el público congregado, que en los minutos previos a la proyección se distribuía en los espacios del hall formando heterogéneos grupitos de gente joven que se saludaba efusivamente y comentaba con entusiasmo rodajes recientes, intervenciones varias o próximos proyectos. Allí había actores, directores, profesores de la Escuela de Actores, amigos y familiares, y a buen seguro algún seguidor del cine hecho en Canarias, un cine que la sociedad canaria desconoce y que se caracteriza por el esfuerzo apasionado sin apenas recompensa de varias generaciones de cineastas (y aquí incluyo a todo el mundo y no solo a los directores).

Jairo López oficia como presentador. Nos explica que en esta ocasión se presentaron 24 cortos de los cuales un jurado de tres personas de reconocido prestigio seleccionó siete trabajos. Como el año anterior, Digital 104 va a encargarse de inscribir los cortos en el extenso entramado de festivales tanto nacionales como internacionales, buscando repetir el éxito de “Melodrama” de Cayetana H. Cuyás y Cris Noda con 17 nominaciones, “En el banco” de Iñigo Franco también con 17, “La talega” de Beatriz Fariña con 15,  y “Nice Song” de Lamberto Guerra y “Nadie” de Daniel León Lacave, cortos pertenecientes al último Catálogo que consiguieron introducirse en más festivales.

A diferencia del Catálogo del año pasado, la duración media de los cortos es considerablemente mayor. En el 2016 se presentaron cortos procedentes de varios festivales de cine expres, rodados en La Laguna Acción (“Nice Song”)  o en la isla de Lanzarote (“En el banco”), por lo que los cortos apenas superaban los 5 minutos. En esta ocasión la media ronda los quince minutos, desde los 7 minutos de “Náufragos” a los 20 de “Popoff” y “Corporation Earth”.

La mayor parte de los directores de esta hornada pertenecen a una misma generación, El primer corto de Vasni Ramos fue en el año 2002, Domingo de Luis en 2003, David Xarach en 2005, Daniel León Lacave en 2002 con “Autorretrato”, Iván López en 2004, siendo el más veterano Jose Victor Fuentes, cuyo primer corto se remonta a 1997, anterior a su aventura americana. El más reciente es Dani Millán, que en 2015 presentó su largometraje documental Maresía.

Constituye un grupo de cineastas con una producción constante a lo largo de más de una década, que han ido haciendo su propio aprendizaje y que en esta ocasión presentan trabajos muy elaborados que deben leerse en el contexto del recorrido de su obra.

Si en años anteriores parecía que los cineastas habían dejado de mirarse el ombligo y desarrollaban narrativas centradas en conflictos personales con el telón de fondo de la crisis, el desarreglo emocional como metáfora de una desorientación generacional, aquí y ahora nos encontramos por sorpresa con artefactos visuales que se dejan seducir por el género de la ciencia ficción (“Redemption” y “Corporation Earth”), se deslizan por los bordes de la docuficción (“El viaje del libro”, “Popoff” y “Desayuno con pastillas”) o se mantienen en la militancia del drama social (Iván López con “Náufragos” y Daniel León Lacave con “Amanecer”, que repiten catálogo). De los siete cortos, uno se rodó en Italia, otro en Gambia y un tercero en Madrid.



“Redemption” de Vasni Ramos es una revisión del mito actual de los superhéroes en clave sentimental. Hay una historia de amor y de desesperanza en primer plano, que Vasni subraya mediante la alternancia cromática de dos tiempos. Nada hace prever de entrada que nos encontramos inmersos en el imaginario de los héroes de comic. La cámara documenta la expresión ceñuda de José Ramallo, colaborador de Vasni en el guión, la dirección y el montaje, y va narrando su descenso a los infiernos.



David Xarach es un veterano del cine de acción, admirador de Nolan y de Spielberg. Sin embargo, “Corporation Earth” bebe de Terminator y de sus batallas entre hombres y máquinas y las paradojas temporales. Es un corto que aspiraba a largometraje y se muestra sin tapujos como film de efectos. Sorprende el trabajo de puesta en escena pero no se esfuerza en ningún momento en hacer creíble la narración, a sabiendas de la imposibilidad de emular el cine de Hollywood con un mínimo de solvencia. Algunas escenas funcionan mejor que otras, como el inmenso muro virtual que separa la Corporación de la tierra de nadie donde un puñado de hombres lucha por la libertad, que es atravesado por las naves y los drones de combate, pero el escaso número de combatientes y las triviales luchas impiden que el corto aliente un mínimo de epopeya, ni tampoco ayuda un guión demasiado inane.



Vasni Ramos en “Redemption” opta por lo contrario. Un sutil movimiento de un vaso sobre la encimera de la cocina nos da una indicación de los posibles poderes de su protagonista. El estampido de un disparo rompe el silencio en un plano general de la playa donde el protagonista cae fulminado sobre la arena. Efectos sonoros y el giro de la cabeza de la mujer que sigue el vuelo del héroe son suficientes para explicar lo impensable y generar la emoción.



“Redemtion” procede de un corto anterior. En 2012 Vasni rodó “Héroe”, no le gustó el resultado y lo dejó sobre la mesa para emprender otros proyectos. Quería presentar algo en el Festival de Gáldar, recuperó “Héroe”, le quitó un par de minutos,  le dio un par de vueltas en la sala de montaje y ahora lo presenta como “Redemption”, un título quizás más apropiado.



Iván López presenta en esta ocasión “Náufragos”, a partir de un guión ajeno.  Oscar Bacallado, hombre de teatro, escribe un guión eminentemente visual, como resultado de un curso de escritura de guiones, y Iván López lo hace suyo, en esa faceta camaleónica suya de colaborar en propuestas de otras personas, a veces como operador de cámara, y otras codirigiendo, como “Odio los martes” con Lamberto Guerra en 2002, “Rubik” con Marine Discazeaux,  o “Las leyes físicas del amor” con guión de la actriz Jennifer Castañeda, y en cada caso procura plegarse a las intenciones y peculiaridades de la alteralidad, de ese otro con el que colabora.




En este caso un guión idea que desvela la fragilidad de las vidas de dos ancianos, el hombre encamado y pendiente de las medicinas que se le suministran por un goteo, la mujer siempre solícita a llevarle lo que más necesite, atravesando renqueante el largo pasillo que la separa de la cocina. “Náufragos” es un artefacto muy bien engrasado, quizás demasiado, que desarrolla una única acción en un mismo espacio, afinando al máximo las leyes rítmicas del montaje, punteado visual y sonoramente por el goteo de un grifo, hasta un final anunciado y que sin embargo no deja de sorprender por las plasticidad de una magnífica fotografía de Santiago Torres.

El problema es que el artefacto se sobrepone a los personajes, meras siluetas ejemplares, donde cada elemento se desvela como sustentador de una metáfora, el agua del grifo como esta vida que se apaga gota a gota, el agua ya derramada que va formando esos dos riachuelos que acaban encontrándose como los fluidos vitales que refuerzan por oposición el espacio insalvable que separa a marido y mujer. A veces, la perfección de un guión aleja en vez buscar la comunicación a través de la verdad de unos personajes, que en otros trabajos de Iván López se destacan con luz propia.



José Víctor Fuentes nos propone con “Desayuno con pastillas” una historia similar, planteada de un modo radicalmente opuesto. En ambos casos son dos historias cotidianas, las de una pareja de gente mayor que trata de sobrevivir de la mejor manera posible ayudándose de las medicinas, pero el tratamiento es distinto, drama y comedia, traumático en un caso y  despatarrante en el otro, un film de montaje y un film de un único plano secuencia en el caso de Fuentes.

En “Desayuno con pastillas”, Jose Victor Fuentes coloca la cámara delante de sus padres para grabar un ritual que se repite todas las mañanas en la casa familiar, un rifirrafe con las pastillas que ella debe tomar con el desayuno y que su padre, pacientemente, se las selecciona.



Podríamos pensar que estamos ante un documental al uso, en el que se emplaza una cámara para tomar un acontecimiento cotidiano que se quiere preservar, procurando que el instrumento de investigación no modifique lo observado en demasía. El plano secuencia, con la cámara fija en el trípode, dura casi 10 minutos. Primero la vemos a ella, a la izquierda del encuadre y al momento aparece el marido, que sale por la puerta de la casa, al fondo del encuadre, llevando una sereta que contiene las cajas con las medicinas. Hacen recuento de las pastillas, por el color o la forma. La madre a veces dirige la mirada hacia la cámara, detrás de la cual adivinamos al propio José Víctor. Más adelante su padre regresará a la casa por más pastillas.

La actuación de la pareja es modélica en cuanto a ritmo y sentido del humor. En algunas ocasiones en las que proyectó el corto algunos espectadores creyeron que se trataba de puesta en escena y que lo que habían presenciado era un corto de ficción. Y en efecto, algo de verdad hay. José Víctor, cuya relación con el cine es la de un niño que juega con un tren eléctrico, ha descubierto un sistema de puesta en escena invisible, donde los “actores” no son conscientes de su actuación, y los acontecimientos se desarrollan según lo previsto. El truco está en que José Víctor ha presenciado este ritual mañanero todos los días, hasta hallar su ritmo interno, como un ensayo sin premeditación. Solo faltaba grabar en el momento adecuado.



“Amanecer” es otro drama social de Daniel León Lacave, en su continua radiografía del momento presente, de cómo la crisis y el desencanto social y político de toda una generación afecta a las relaciones entre las personas. En esta ocasión, la soledad de dos personajes que simulan en la habitación de un hotel la tranquilizadora cotidianidad de un despertar compartido, con sus arrumacos y frases de cariño un tanto perezosas, el encontrar entre las sábanas un cuerpo cálido y amigable al abrir los ojos. Pero en realidad se trata de una transacción económica, una forma de engaño, de la que ambos no van a salir indemnes.



Pablo García fotografía un Madrid  frío de tonos azules, visto desde la ventana de la habitación del hotel o a través de la cristalera de la cafetería que la chica utiliza como oficina. Cristina Piñero, nuevo fichaje de Lacave (la vimos en su largometraje “Los días vacíos” y en “La otra”, su último corto), con verdadero pesar se desembaraza de la peluca con la que ha actuado, pues la ficción, como en el cine, no puede separarse de lo real. Jonay Armas propone una partitura que distancia y a la vez emociona. Lacave, con gran maestría, mantiene la cámara sobre los rostros, escrutando sus emociones. Quizás sea este su corto más depurado.



Dani Millán viaja a Gambia con su madre y allí conoce a Musa Keita, que le muestra la verdadera faz del continente africano, más allá del exotismo aparente. Convive unos días con su gente, comiendo su comida y sintiéndose acogido en este pueblo a las orillas de un mar plácido. Hace fotografías y le promete a Musa que las convertirá en libro para que él pueda disfrutarlas como recuerdo de su amistad. Pasa el tiempo y Dani Millán regresa a Gambia con el libro y lo convierte en un documental que titula “El viaje del libro”. 



En el documental Dani anima las fotos y las convierte en diversos planos frontales de los aldeanos, de las familias y de los niños, de la carretera y de las siluetas recortadas de diversos ambientes, huyendo de la  tarjeta postal, mientras escuchamos a Musa explicarle a Dani su sencilla filosofía de la vida y la realidad del continente africano, esquilmado por la codicia de los países que se han enriquecido a su costa.



También Domingo de Luis hace su propio viaje, esta vez a un pueblecito de Italia, entre Nápoles y Roma, donde va a dar un curso de interpretación durante la celebración de una especie de festival de cine expres. “Popoff” comienza como un documental. Varios habitantes del pueblo, la mayoría hombres, aunque también hay una mujer y una niña, explican a cámara su relación con la actuación. Algunos afirman que han intervenido en algún rodaje o representación teatral y otros expresan su deseo de participar.




Enseguida sabemos que se va a organizar un casting en el pueblo. Pienso que Domingo de Luis, profesor de interpretación en la Escuela de Actores de Canarias, va a aprovechar la situación para hacer un documental sobre el supuesto casting. Mientras una furgoneta recorre el pueblo anunciando el casting con sus altavoces, el cura del pueblo arremete desde el púlpito contra las distracciones de la vida moderna. Uno de los hombres roba una bicicleta ya que se piden hombres mayores que sepan desplazarse en bicicleta. El robo se despacha en plano general y enseguida uno piensa en ”Ladri di biciclette”, el clásico de Vittorio de Sica de 1948. 


El metacine se va enseñoreando del relato y el documental se ha convertido en una ficción sin que apenas nos hayamos dado cuenta. El aspirante a actor va cogiendo protagonismo. Mientras come espaguetis ve una película cómica en la que los personajes comen espaguetis y él los imita. El cortometraje, fruto de una continua improvisación, se va multiplicando a base de espejos que se van reflejando unos a los otros. El resultado es un film imperfecto cuya imperfección es su mayor mérito, y que contrasta con cortos más acabados como “Amanecer” o “Náufragos. En “Popoff”, que así se llama el protagonista y suena a nombre de clown (pop off, salir disparado, diñarla), el espectador navega sin brújula dejándose llevar por meandros, rápidos y saltos de agua.



Terminada la proyección, los directores de los cortos que estaban en la sala ocuparon las sillas bajo la pantalla y comenzó un coloquio que desembocó horas después en una nueva “terapia de grupo”, en  palabras de Lamberto Guerra, a las que se abandonan los cineastas canarios ante la falta de oportunidades para desarrollar una incipiente industria del cine en Canarias, un lujo que ha estado anidando en muchas personas  emprendedoras desde principios del siglo pasado y que ha ido emergiendo y sumergiéndose a lo largo de las décadas como una Arcadia perdida.

En palabras del cineasta Jaime Falero, agazapado en un rincón de la sala, cuyo penúltimo film “El bunker” se ha vendido en no sé cuantos países después de no sé cuantas batallas legales, aquí los cineastas locales no ven el asunto desde la perspectiva adecuada. Para Falero, a los que ponen dinero para una película no les interesa el guión sino cómo pueden recuperar lo invertido. El cine hay que verlo como un negocio, un festival de verdad es aquel en el que uno va y sale de allí con un nuevo proyecto en marcha, los Goyas, según Falero, solo sirven para pagar sobrepeso en los aviones.

Había que ver las caras de los cineastas, sentados en sus sillas frente a los pocos espectadores que nos habíamos quedado para lamernos las heridas los unos a los otros y limpiar las lágrimas de impotencia, al escuchar lo equivocados que estábamos todos.

Era ya muy tarde y abandonamos la sala para sumergirnos en la fría noche lagunera, algunos en busca de algo para recuperarse de las emociones que siempre deparan los estrenos y otros en busca del sueño reparador.





lunes, 13 de octubre de 2014

CANARIAS EN CORTO: COSECHA 2014


Este jueves tuvimos la oportunidad de ver en Tenerife los siete cortos que van a formar parte del catálogo 2013-2014 Canarias en Corto, promovido por el área de Cultura del Gobierno de Canarias, una fórmula que ha permitido la distribución de cortos canarios a nivel internacional y su presencia en festivales de prestigio de todo el mundo.



A lo largo de estas nueve ediciones han pasado muchas cosas, la más importante ha sido el desmantelamiento de la ayuda a la producción de películas, tanto de cortos como de largos, de la que se nutría, en una segunda fase, el correspondiente catálogo anual, tras una selección realizada por una serie de expertos, no siempre los mismos.

Durante los últimos años se han ido modificando los requisitos de presentación de los cortos, ya en las bases del catálogo 2010-2011 no era imprescindible contar con una copia en 35 mm., sino que podían presentarse cortometrajes digitales. En esta novena edición ya no es preciso contar con el paraguas de una productora que avale el trabajo, una queja continuada de algunos cineastas, pues cerraba la puerta a otros cortos, quizás más interesantes, pero realizados de forma independiente.

Ya hace un par de años analicé en este mismo blog el catálogo 2011-2012, no desde el punto de la calidad de los cortos, siempre discutible, sino tomados como síntoma de las preocupaciones, tanto temáticas como estilísticas, de los cineastas en activo.

Aunque se presenten como tales, los cortos no representan lo mejor de la cosecha de este año, sino que son el resultado de una valoración, siempre subjetiva, de las personas seleccionadas para ello, en su calidad de expertos. Además, este año quizás la selección no haya sido muy representativa de lo que se ha estado rodando en estos últimos meses, pues solo se habían inscrito 18 cortos, de entre el centenar de cortometrajes anuales que se realizan en el archipiélago.

Muchos cineastas prefieren distribuir ellos mismos sus trabajos. El hecho de que ya no sea necesario enviar los cortos físicamente a los festivales, la existencia de plataformas on-line que facilitan la inscripción y la posibilidad de alojar los vídeos en la nube, le han arrebatado protagonismo a la iniciativa de Canarias Cultura en Red, tan imprescindible en los primeros años.

Otros motivos podrían encontrarse en la desconfianza creciente de los cineastas en los criterios de la elección de los “expertos” y en los propios criterios de los expertos a la hora de seleccionar los cortometrajes. En esta ocasión, las personas elegidas fueron tres cineastas y dos gestores de eventos cinematográficos (uno de Tenerife y otro de Las Palmas), cuya labor ha sido precisamente la de seleccionar cortometrajes.

Las preferencias de cada uno de ellos influye claro está en la elección, y no solo en cuanto a la valoración de las calidades técnicas y artísticas de cada uno de los trabajos, sino en la propia consideración de lo que tiene que ser un corto. Hay quien piensa que la virtud de una película está en contar bien una historia, utilizando los recursos del propio medio, mientras que para otros el cortometraje debe ser un campo de experimentación. Aunar estos dos criterios debería se la labor tanto de críticos de cine como de pedagogos, pero la realidad es que esta dicotomía se está polarizando.

Está claro que también se piensa en los gustos del público, en llenar una sala y contentar a los políticos de turno que han apostado por disponer de un festival de cine como escaparate ante el mundo.

presentación del catálogo en el Espacio Cultural Aguere
   
En aquella ocasión detecté un ensimismamiento de los cineastas, con la puesta en escena de narrativas generacionales: conflictos amorosos, nostalgia del pasado o los miedos inherentes al paso a la madurez y a la integración laboral, que seguramente pesaban sobre una generación de jóvenes realizadores que, tras una década de actividad, empezaban a ser conscientes del paso (y el peso) de los años.

Es muy posible que las expectativas de integración laboral de estos jóvenes cineastas no se hayan cumplido por una crisis que va durando demasiado tiempo.

De este modo, las preocupaciones temáticas de los cortos vistos en el Espacio Cultural Aguere se circunscriben a tres cuestiones relacionadas entre sí: la presencia determinante de la crisis en la propia narrativa,  el descubrimiento de la importancia del contraplano (lo que está al fondo, lo que no se ve), y la presencia de diversos tipos de ensoñaciones (lo que me gustaría que fuese).

El título “El tipo del fondo” explicita ya la temática del inclasificable cortometraje de José Medina, que consiste en la presentación de una serie de fotografías y su posterior deconstrucción. Ese tipo insignificante que habita sin pedir permiso las miles y miles de fotos que se disparan diariamente, se hace presente en la mayoría de los cortos seleccionados.

En el corto de animación “La trompeta”, son los tipos que vemos suicidándose por doquier, el vecino que se cuelga de la lámpara sin que nadie repare en él, o los que se lanzan desde lo alto de las azoteas, al fondo del encuadre, mientras la cámara parece seguir al protagonista en sus idas y venidas por la ciudad. y siempre como de pasada, sin subrayar estas cosas “que pasan” alrededor de uno. Es un detalle macabro que nos hace gracia precisamente porque convivimos con ello.

Los maniquíes de “Plástico reciclable”, elevados a la categoría de protagonistas, no dejan de ser seres inertes a los que nadie mira a la cara, al otro lado del cristal de los escaparates, testigos mudos del deambular cotidiano de consumidores preocupados por su aspecto exterior, y que miran sin ver a los maniquíes.

En este corto, son los seres de carne y hueso los que deambulan cual fantasmas, apenas entrevistos, tipos relegados al fondo del encuadre, o despedazados (una mano, unas piernas), o desenfocados (el basurero, la pareja que se besa).



En el documental “Caballo de mar” la voz del narrador se erige omnipotente, mientras que de su poseedor tan solo entrevemos una mano que duda o mueve las fichas sobre el tablero de ajedrez, mientras las imágenes de los rincones del barco sin bandera se multiplican llenando todos los intersticios del documental, que la intermitencia de una música inmisericorde se encarga de machacar, todo ello para reforzar la idea del extrañamiento del marino sin patria, un tipo del fondo en el que nadie se fijaría, desaparecido no solo del barco sino también desalojado del encuadre. 

En “Golosinas,” resultado de un taller de cine en Los Realejos, lo sabremos al final. Hay un personaje casi insignificante pero que sobrevuela todo el metraje, explicando, si algo había que explicar, los actos del protagonista, y es la presencia de la niña, siempre presente, aunque en el interior del vehículo aparcado frente a la gasolinera, y que el director evita encuadrarla, a pesar de que el corto comienza con el hombre apoyado en la carrocería del automóvil.


Es esta tensión entre lo que el encuadre deja ver y aquello que queda fuera, al otro lado del encuadre, la palanca que moviliza el sentido de un film, de atrás hacia delante, dejando que los significados se vayan enfocando o desdibujando en la mente del espectador, que es donde todo discurre, más allá de lo se ve en cada instante en la pantalla.

Este mecanismo primordial del cine es lo que “El tipo del fondo” pone en escena, dejando al desnudo el engaño, como un truco de prestidigitador sofisticado, mostrándonos algo sin importancia (para el relato) y escamoteándonos lo principal, dirigiendo la mirada del espectador hacia el centro del encuadre, seducidos por la sonrisa de felicidad y satisfacción de aquellos personajes que han alcanzado el cielo (y con los que nos identificaríamos de buena gana), mientras que el verdadero protagonista de la historia es ese tipo insignificante (o sea, yo), desengañado de la vida, sometido a las vejaciones cotidianas de la crisis, impotentes por alcanzar el centro de atención de que gozan los (pocos y guapos) triunfadores que viven en las pantallas mediáticas.

El fondo destaca a veces sobre las imposiciones narrativas del género, como en “Progreso al pasado”, un híbrido entre la comedia, el trhiller y la ciencia ficción, dirigido por Edgar García. Más allá de los chistes fáciles y el buen hacer de un actor, lo importante son las figuras fantasmales que deambulan por los recovecos del encuadre, los chicos que van o vienen del instituto, las malas hierbas enseñoreándose por los patios y los muros desvencijados, la vida cotidiana que bulle, supervivientes del estallido social.



Signo de los tiempos, en estos cortos hay sueños o ensoñaciones que tratan de poner fronteras al deterioro personal y frenar el advenimiento de la locura, una forma de vencer el desánimo (como ir al cine, por ejemplo). “Progreso al pasado” nos sitúa en un futuro distópico donde el euro es un recuerdo de la Arcadia perdida, y en el que reconocemos buena parte de nuestro presente. Un final sorpresivo que no desvelaré nos enfrenta a un futuro no tan solo inscrito en el presente narrativo sino que se configura como la pesadilla del presente del espectador actual.

“Un día cualquiera”, el último cortometraje de Nayra Sanz, comienza con la descripción de un mal sueño que la protagonista intenta explicitar a su pareja, un sueño que, como casi siempre ocurre en el cine, tendrá relación con el mal que devora a la mujer.

En “La trompeta”, el músico venido a menos rememora los tiempos gloriosos, a partir de las fotografías colgadas en las paredes. De alguna forma, esta trompeta que le han regalado tiene la facultad de convertir en presente aquel pasado recordado (lo que hace el cine).

La tensión entre lo que se muestra y lo que se sugiere es también la base de “Un día cualquiera”, expresado aquí de una forma extrema, y que dio pie, off de records, a una discusión apasionada sobre la falta de ética en el tratamiento argumental y visual de la bulimia, la enfermedad que aqueja a la protagonista de este corto que transcurre, fiel a su título, durante una jornada, desde el despertar de la protagonista hasta la noche.

Durante la primera mitad del corto se nos describe a una mujer con una gran inseguridad emocional, que sugiere un grave trastorno sin mayores explicaciones.

La primera imagen del film es su rostro recostado en la cama. Es un plano largo, que nos permite asomarnos a la palidez de la cara, a su mirada perdida, a las ojeras que se hunden en un rostro sin embargo hermoso.  Es una imagen que nos trae el recuerdo de las mujeres soñolientas y sensuales de la pintura del XIX, aquejadas de misteriosas enfermedades.



Esta ambigüedad del comienzo, tan estimulante, choca violentamente con un plano secuencia que describe de modo totalmente explícito el episodio más característico de la bulimia, obligándonos a contemplar cómo la mujer come compulsivamente y sin control durante varios minutos y cómo acto seguido, sin corte alguno,  se provoca una serie continuada de vómitos de gran aparatosidad sobre la taza del váter. Es un plano con una clara intención provocativa, que actualiza el debate sobre la ética de la mostración de la barbarie, ahora que los nuevos bárbaros dinamitan el buen rollo de las redes sociales mostrando decapitaciones en directo.

A estas alturas, ¿es suficiente sugerir el vómito o necesitamos que el plano dure lo necesario para que llegue a ser desagradable y, fascinados ante lo innombrable,  no podamos apartar los ojos?

Quizás, a fin de cuentas, el corto no nos hable de la bulimia sino de otra cosa, la bulimia como metáfora de la condición humana en tiempos de crisis, esa crisis de identidad que llevamos años sufriendo sin ser conscientes de ello, y de la que la crisis actual, social y económica, nos ha despertado.

Otro tema es el del abuso en la utilización de los actores, más allá de sus habilidades como comediantes, obligándolos a recrear, sin ningún truco por medio, la vida misma, donde la ficción se tropieza con lo real, en la huida de algunas películas del exceso de lo virtual.

Recuerdo las declaraciones de las dos actrices de “La vida de Adele”, quejándose de la tortura del rodaje de las escenas de sexo, que se alargaron durante una semana entera, en la búsqueda personal del director del film de un atisbo de verdad entre tantas repeticiones. Y sin embargo, allí a las actrices se las proveía de prótesis como barrera, para que no experimentaran una verdadera excitación, mientras que en “Un día cualquiera” la actriz se atracaba realmente de comida y acto seguido se provocaba ella misma el vómito ante la cámara.