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lunes, 16 de octubre de 2017

CRÓNICAS DE LA IMAGINACIÓN: LA NUEVA SERIE DE ÓSCAR MARTÍNEZ

El miércoles tocaba ir a un estreno en el TEA, pues esta semana el jueves era festivo, día de la Hispanidad.  El ambiente está revuelto y las redes sociales pugnan entre  resolver el affaire catalán o calibrar la bondad de la nueva versión de Blade Runner. Tengo curiosidad para ver la nueva incursión de Óscar Martínez en el género fantástico quien, tras unos años de inactividad, ha conseguido rodar un cortometraje gracias a un grupo de amigos que le animaron a hacerlo, poniendo el equipo técnico y humano al servicio de su nuevo proyecto: una serie de cortos a la manera de los “Cuentos asombrosos” que Spielberg puso en marcha en los años 80 para la NBC.
Fotografía de Gustavo Torres y Ricardo León 
Óscar Martínez no es tan ambicioso y, consciente de sus limitaciones, se contenta con ir rodando cortos de diez minutos autoconclusivos. Nos cuenta en la presentación que la dificultad de rodar en Canarias, sin apenas ayudas a los cineastas canarios, mientras se ofrecen todas las facilidades a las productoras foráneas para que rueden aquí, hizo que se replanteara volver a rodar. Su presencia en el Festival de Sitges en 2015 con “Melania. Paciente Cero”, su estreno en los Multicines Tenerife en tres salas simultáneas y los espaldarazos de tanta gente animándole, le hizo pensar que podría subir un escalón más y encontrar una garantía más sólida para llevar adelante sus proyectos de series para televisión.
“Melania. Paciente cero” era un episodio más de su serie de terror “Extinción”, que tuvo un inicio prometedor con “El día del incidente alfa”. Invitó a otros realizadores para que dirigieran algunos de los episodios, como Gus Torres y Cándido de Armas, que realizaron el segundo y el tercer episodio con gran entusiasmo.  Iván López y Fátima Luzardo también rodaron algunas escenas de los siguientes episodios pero finalmente no llegaron a terminarlos por diversos motivos.

Su pulsión por las series se inicia con Kroma en 1994, destinada a la Televisión Canaria. “Insólito” (2004), donde un inmenso platillo volante descendía sobre el Teide, iba a ser el episodio piloto de otra serie de corte fantástico y de ciencia ficción. Con “Amania” (2008-2010) consiguió poner en escena otra historia ambientada en la época de Jesucristo y rodada en las zonas desérticas del sur de la isla, con un gran despliegue de medios.
Óscar Martínez no esconde su pasión por el cine de John Carpenter, por su puesta en escena mesurada de línea clara y su filigrana narrativa y que a mí me parece una cuestión generacional, la de todos aquellos que en su adolescencia y juventud se iniciaron como espectadores de cine enfrentándose a la renovación narrativa que capitanearon Lucas, Spielberg, Landis, Zemeckis o Carpenter.
Las filiaciones son siempre importantes. A mi me tocó convivir con la nouvelle vague, con el free cinema, con el cine underground que Jonas Mekas saludaba como el nuevo cine americano, con Antonioni y con Jancsó, y nunca me han abandonado.
No se puede competir con los americanos y tratar de rodar un cine narrativo de corte fantástico con los medios escasos de los que aquí se disponen, y menos si no lo respalda un sólido presupuesto que pueda hacer frente a la multitud de actores y figurantes, a la variedad de escenarios, a los necesarios efectos especiales. En Insólito, en Amania, sorprende el atrevimiento, pero desmerecen algunas actuaciones cuando hay diálogo, faltan recursos que el ingenio no puede tapar, salta a la vista el trampantojo. Yo tuve la suerte que mis padres adoptivos tuvieron que vérselas con un cine sin medios e inventaron una nueva forma de hacer cine.
Acostumbrado a los megalómanos proyectos de Óscar de casi una hora de duración, siento curiosidad por esta pieza de orfebrería que es su “Efectos de sonido”, con sus escuetos once minutos, una única situación y un único personaje, inspirados en el comienzo de “Impacto” (“Blow out”, 1981), uno de los films más interesantes del irregular Brian de Palma, que a su vez se inspira en “Blow up” (1966) de Antonioni, configurando un hilo muy tenue que nos relaciona a Óscar y a mí en cuanto a las filiaciones cinematográficas.
En “Blow up”, un fotógrafo profesional toma unas fotografías en un parque y al ampliarlas descubre el indicio de algo que podría ser un asesinato. En “Impacto” el protagonista registra sonidos para incluirlos en la banda sonora de un film y una noche el sonido que podría ser de un disparo se cuela en su grabadora, al mismo tiempo que un coche se precipita al río.
Tanto Antonioni como Brian de Palma reflexionaban sobre el estatus del cine, en cuanto a su relación con lo real. En el revelado de una foto, durante los pocos segundos en los que la imagen se va aclarando, somos espectadores de cómo esta imagen va a desvelar un fragmento de la realidad que la cámara ha encuadrado previamente. Pero lo real es ambiguo, parece decirnos Antonioni, todo son apariencias.
En Impacto, el sonidista consigue sincronizar el sonido captado con una secuencia de fotos que alguien había capturado del momento del accidente y las fotos se animan conformando una secuencia cinematográfica.  El montaje de estas fotografías es un puro artificio, como es el cine en general, pero puede restituir lo real.
En “Efectos de sonido”, a pesar de que el director solo pretende contarnos una historia, también percibo una interesante reflexión sobre el medio cinematográfico, en la tensión entre lo que vemos en pantalla y lo que queda fuera de los márgenes, en la relación siempre equívoca entre lo que se ve y lo que se escucha.
Norberto Trujillo
Es en el trabajo sobre esta diacronía donde el corto recoge sus frutos, la inquietud no surge del escenario ni de golpes de efecto dados al susto, sino de la aparición de sonidos no acordes con aquello que se ve.  Se le supone a la grabadora, como tal instrumento,  el registro objetivo de lo real: registra pájaros y el operador enuncia “pájaros”, registra niños y el operador dice ”niños” y los vemos jugando en el parque. Pero luego escucha campanas y no hay ningún campanario, cánticos y está en pleno campo, gritos y las calles están vacías.
Mientras escribo estas líneas me acuerdo del estupendo libro “La hipótesis del Cine” sobre la transmisión del cine, que tanto nos iluminó durante nuestra experiencia pedagógica “Educar la Mirada”. Alain Bergala plantea en este pequeño tratado sobre el estudio del cine la manera cómo los creadores hacen su trabajo y para ello establece tres operaciones mentales muy simples: la elección de algunas cosas de lo real entre las muchas posibles, la disposición de las mismas al relacionarlas entre sí y finalmente el ataque, cómo plantar la mirada sobre ellas.
“Efectos de sonido” sería un perfecto corto para ilustrar estas operaciones mentales. No hay apenas narración, sino solo el devenir de un personaje en busca de una explicación, que constituye el eje de la narrativa fantástica: el restablecimiento del orden.
Para ello elige un escenario, un barrio alejado de la ciudad, donde conviven el campo y lo urbano sin estridencias, y decide rodar la mañana siguiente de la verbena de San Juan, cuando se supone que no va a haber gente en la calle. Y elige a un actor en cuyo rostro se pueda ir inscribiendo la deriva desde la incredulidad inicial hasta la incertidumbre y el horror final, un rostro que sirva de guía y en el que pueda proyectarse el espectador.
El desarrollo del corto consiste en la disposición de estos elementos y su relación con la cámara en una sutil gradación desestabilizadora: Movimientos de cámara que van ganando en complejidad, combinación de planos generales y primeros planos cada vez más extenuante, pérdida cada vez mayor de la perspectiva para desorientar al espectador, preparándolo para el efecto final esperado.
Como era de esperar, Óscar Martínez toma prestados determinados encuadres que configuran el universo estético del cine fantástico y de terror: un plano desde lo más alto con la cámara montada en un dron, un contrapicado desde el suelo, un encuadre inclinado, ajustados a la narración, homenaje a un cine del que no oculta su admiración.
Con este corto consigue por una vez un ajuste perfecto entre los medios disponibles y el resultado final, sin que las pretensiones de espectacularidad de sus otros trabajos choquen con el voluntarismo de técnicos y actores intentando emular el cine hollywoodiense. Ahora, incluso la falta de claridad del aire debido a la calima, un efecto no deseado, supo llevarlo a su terreno, confiriéndole al film un tono lechoso, la atmósfera de extrañeza que el corto necesitaba.
Pocas horas más tarde, una voz a mi espalda hizo que me girara en uno de los pasillos de Alcampo. Era Javier Fernández Caldas, un cineasta que en los años 90 sorprendió con unos cortometrajes de un humor muy negro, como “El último latido”(1993) o Frágil (1994), y un largometraje que desmitificaba el cine “de guanches” con un tratamiento de cine de aventuras de las de antes (La isla del infierno, 1998). Me contó que ahora se entretenía rodando cosas con el stop motion, esperando el momento propicio para rodar otro corto con los medios necesarios, una oportunidad que parece estar cada vez más lejana.

--> Óscar Martínez ha recuperado el ánimo para seguir rodando cortos. Uno va cumpliendo años, me confiesa, y las fuerzas van menguando, pero no te puedes negar a ti mismo la posibilidad de seguir haciendo películas, sea como sea, para seguir disfrutando con algo que a uno le gusta. De momento, la idea es rodar estos cortos, uno al año, para este proyecto de serie que ha llamado “Crónicas de la imaginación”



 Óscar Martínez





miércoles, 26 de julio de 2017

25 CONCEPTOS DE ISLA EN VISIONARIA

Me habían invitado en varias ocasiones para que participara en Visionaria. Si rodar un cortometraje de 5 minutos ya me parecía difícil, el reto de hacerlo con un máximo temporal de un minuto y medio me parecía toda una proeza. Pero rodé y edité una pieza y me seleccionaron con otros veinticuatro realizadores para su proyección en el CICCA en Las Palmas de Gran Canaria.


Lo que me impulsaba a sumarme al evento era la curiosidad de ver cómo otros cineastas habían encarado el reto. La Asociación de Cine Vértigo convocaba este año la 7ª Muestra-Concurso y muchos cineastas de las islas llevaban participando desde el principio. Me parecía que podían haber llegado a la mayoría de edad, perfeccionando la necesaria síntesis para que la comunicación con el espectador llegase a ser lo más diáfana posible.

Visionaria se propone como receptáculo de diversos “conceptos de isla”, que originalmente se circunscribían a la ciudad de Las Palmas y luego se fueron ampliando.
A mí la idea se me ocurrió a varios miles de kilómetros de distancia. Laly y yo nos encontrábamos en Washington DC visitando a nuestra hija y justo entonces la población de la ciudad, mayoritariamente demócrata, vivía enervada con la Convención del Partido Demócrata, que había cerrado filas alrededor de Hillary Clinton frente a la amenaza de un personaje más propio de una película de Batman, y que empezaba a asomar su hocico maloliente. Me sorprendió ver que Tommy no se desprendía del móvil, y como en la época del transistor seguía los discursos mientras paseábamos por la ciudad. En el aeropuerto, en las casas, en los bares, los televisores, siempre encendidos mostraban a los políticos y a las masas enfervorecidas con sus pancartas.
Ya en casa, y con el resultado de las elecciones, edité estos planos con otros que había tomado en el parque Malcolm X unos años antes, donde todos los domingos por la tarde, en los bochornosos meses del verano, se reúne un nutrido grupo de personas de diversas culturas, edad, género y raza para hacer retumbar los tambores en un frenesí ininterrumpido. Me pareció que la colisión de aquellos planos y los más recientes que anunciaban un posible cambio en la deriva de la nación podía alumbrar una idea sobre cómo la política influye en aspectos como la tolerancia, la convivencia o la ilusión por la vida.

Un corto de un minuto está más cerca del cartelismo o de la publicidad, por la necesidad de síntesis y la voluntad de llevar al límite los recursos expresivos, que de lo que entendemos como cortometraje, aunque no llega al extremo de los microcortos de 6  segundos de Vine, la plataforma de vídeos de Twitter, que tiende a la banalización del discurso. La inmediatez de Internet ha propiciado la creciente mengua en la duración de los vídeos publicados, al mismo ritmo que los textos escritos en el movimiento creciente del microblogging. Incluso los festivales de cortos más tradicionales han ido reduciendo la duración máxima, que está ahora en la media hora y en los veinte minutos en algunos festivales.
Pienso que la propuesta de Visionaria debería entroncarse con el cartelismo de los movimientos contraculturales, donde los medios expresivos se contraponían a las  ideas preconcebidas y a los estereotipos socialmente aceptados, cuestionándolos con las mismas técnicas que la propaganda y la publicidad, que a su vez se habían apropiado del lenguaje de las vanguardias.
Cada año Visionaria plantea un lema y el de este año debía llevar a los cineastas a reflexionar sobre conceptos como la identidad, el género y la sexualidad. Los lemas a veces se transforman en trampas y es muy difícil desprenderse de los lugares comunes.
Observo cómo los cineastas lo abordan desde distintos géneros, documentando la realidad de otras identidades sexuales que no tuvieron cabida en contextos históricos anteriores, como en las “Micro memorias aisladas” de Dani Curbelo, o en “Caro Antonio” de Cayetana Cuyás, o intentando una mínima narrativa, como el conflicto de una pareja en “Coraje” de Óliver Ortega o el tránsito de mujer a hombre descrito mediante una inmensa elipsis y el cambio de perspectiva de la narración en “Abrazos al alma” de Héctor Martín.


Otros cineastas optan por una descarnada improvisación de los actores (“Int./Habitación de Vanessa/Noche” de Amaury Santana) o por un simbolismo en la puesta en escena: el hombre desnudo que se acerca a un hombre abatido y le hace entrega de una cajita con una máscara con la que se cubre el sexo, en 90” de Javier Estévez. En “Hacia dentro” de Maxi Ojeda aparecen unas cintas de colores que encadenan al hombre y a la mujer impidiendo que sean ellos mismos.
Un cine conceptual quizás sería el más apropiado, por su brevedad. Cris Noda en “Los colores de la nieve” visualiza los más variados matices de lo blanco. Carlos de León graba una lavadora centrifugando en “Eyaculador precoz”. Rafael Navarro Miñón se graba a sí mismo planchando una camisa mientras escucha un partido de fútbol en “Heterosexual”, donde juega con dos estereotipos contradictorios: el del hombre adicto al fútbol y el del hombre que nunca plancha la ropa.


Más filosófica es la reflexión de Cami Mendoza en “Soy: presente”, donde la cámara levanta acta de la presencia de una mujer, sola en su habitación, encuadrando partes de su cuerpo, los zapatos, su vestimenta, el entorno en el que vive, mediante una sucesión de planos fijos. Es la potencia de la imagen la que nos la muestra tal como es, en el presente continuo del cine. Ella es porque la imagen lo afirma. Una voz en over reivindica esta radicalidad del ser y no la mujer que fue o podría haber sido. Somos lo que somos y no podemos lamentarnos de no ser de otra manera, en su individualidad que nos diferencia de los otros.

David Pantaleón parece muy consciente de los tópicos a los que se enfrenta. La primera opción sería mostrar a gays, a lesbianas o a transexuales, de modo que pone en escena la relación de dos chicas en “Topicazo”, pero lo hace a su manera en dos únicos planos. El primero es un exquisito encuadre de un bosque, filmado a la manera de los románticos, con su personaje minúsculo que aparece al rato por el fondo y avanza hasta sentarse en lo alto de una peña y esbozar una suave melodía con la armónica. Un plano que dura 50 segundos sin que apenas pase nada, en el contexto de un microcorto, crea sin duda un desasosiego muy grande en el espectador. En el siguiente plano dos chicas se despiertan en el interior de una tienda de campaña, se miran y se besan. La llamada del fauno despierta a las ninfas de su sueño.

En “Heavy de explicar” también encontramos a dos chicas aparentemente enamoradas la una de la otra, que mantienen una conversación sobre la dificultad de que su familia y su entorno entiendan su pasión mutua. Core Ruiz juega con el equívoco del plano contraplano y nos sorprende desvelando que los contraplanos no se correspondían en el espacio sino que cada una de la chicas mantenía su diálogo en otro contexto, rompiendo no solo las expectativas del espectador sino confrontándolo con el rechazo de la sociedad respecto a comportamientos fuera de la norma, en un tour de force excesivo.
La cineasta Jacinta Agten, recién obtenida la Estrella del Festivalito unos meses antes en la isla de La Palma, intenta en “Dueto” mostrar la experiencia del sexo en su crudeza, en un corto cercano a las vanguardias, mediante un montaje percutante de planos de detalle de los cuerpos excitados.

Frente a estas propuestas excesivas también se presentaron miradas naif sobre las convenciones respecto al sexo, como “Juego de muñecas” de Jacqueline Koumatse, o “Juego de niños” de Emma González Luzardo.
Rito José Vega se aleja de este cine naturalista y pone en pie, en un insólito corto, un ritual guanche de estética expresionista, donde el rostro del personaje, el vestuario, la luna y diversos objetos rituales se combinan en un montaje muy inquietante, más allá del significado de Tiziri como “luz de luna”, que en el mundo amazigh  estaba asociado a la fertilidad.  En “Gen 2:23” Sara Álvarez retrocede hasta la creación de la mujer descrita en el Génesis y exagera hasta el esperpento la diferencia entre hombres y mujeres que se presupone en nuestra sociedad.
Leo en la novela “Máscaras” de Leonardo Padura, que el travestismo tiene mucho de mascarada, de ocultamiento, pero también es una rebeldía de los cuerpos para superar la dualidad hombre mujer sobre la que se sustenta la sociedad patriarcal. Creo intuirlo en la máscara que oculta el sexo en la pieza de Javier Estévez, o en las cintas que nos atan a una determinada manera de vestirnos y de ser de “Hacia dentro”.  Algunos de estos cortos describen el proceso de transformación como un ritual necesario, como en “Maquillaje” de Isabel Ortega y Joaquín Fernández, o en “Sacrificio” de Ángel Pantaleón, desde puntos de vista opuestos.

Ayoze García utiliza el collage con anuncios de sexo de diversos periódicos en “Mi experiencia con la miristicina”, una toxina vegetal de la nuez moscada que en el corto se afirma que produce adicción. A León Arocha solo le basta mostrar los maniquíes masculinos y femeninos en los escaparates de las tiendas de ropa para hacer patentes los estereotipos que la moda nos impone a diario, conformando nuestra apariencia y la manera de relacionarnos. Maniquíes y recortes de prensa son el reflejo de nuestra forma de vida que tomamos como modelo.

Más atrás hablé de la facilidad con la que algunos cineastas abordan el lema propuesto para cada convocatoria. “Hamorfobia” de Miguel Aragonés y Nicolás Cardona reflexiona sobre el prejuicio contra los homosexuales que ellos mismos tienen interiorizado, pero los autores lo expresan de manera directa y sin mediar tratamiento estético alguno.
Por el contrario, Macu Machín bucea en el imaginario occidental sobre la imagen de la mujer indígena y lo encara desde el punto de vista de la mirada: en el siglo pasado el desnudo de las mujeres indígenas estaba permitido por la pacata sociedad ya que se les consideraba poco humanas. En “Ernesta y Elena” la directora toma las postales tomadas por Robert Lehmann en 1902 de dos indias desnudas y no solo las viste en la última de la serie de fotografías sino que también les restituye el nombre.

Algunas de las piezas presentados son fragmentos de otros trabajos más amplios, como ocurre con las “Micro Memorias Silenciadas” de Dani Curbelo o en el corto de Amaury Santana, que pertenece a una de las improvisaciones con actores para su proyecto de largometraje “Suecia”.
Otras piezas seguramente serán remontadas por sus autores, añadiendo planos hasta completar una duración más estandar, para ser presentadas en festivales de otras características, en este furor actual de la festivalitis imperante.
Es de agradecer que poco a poco se vayan sumando mujeres cineastas, aquí había ya un grupo muy nutrido, para que deje de ser un comentario al margen y podamos hablar de la normalización de género en el ámbito de la dirección y no se quede en el contenido de los trabajos. 



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miércoles, 31 de mayo de 2017

LAS ÁNIMAS DE DAVID DELGADO

Una de las funciones más enigmáticas del cine es la de hacer visible lo invisible, de construir una nueva realidad a partir de fragmentos de lo real. En “La forma del mundo”, el último documental de David Delgado San Ginés, que ya había intentado capturar la tenue vibración del cosmos en anteriores trabajos, encara de un modo más directo el registro de lo inmaterial.



En una memorable secuencia de “Cemetery of splendout”, el cineasta tailandés Apichatpong Weerasethakul nos proponía un recorrido por un parque abandonado por el que se pasean dos mujeres. Una de ellas se lamenta del lamentable estado del parque mientras la otra describe la magnificencia de los palacios, las figuras y los jardines que lo decoraban varios siglos atrás, como si estuvieran presentes en el mismo espacio. No hace falta que el director nos lo muestre, de alguna forma misteriosa también nosotros somos capaces de percibir la permanencia de lo inefable que, como en círculos concéntricos,  constituye la base de lo real.

De igual manera, el documental de David Delgado se despliega alrededor de un grupo de cantadores que, en una minúscula población del interior de la isla de Gran Canaria, se reúnen para ayudar a las ánimas a liberarse de la cárcel del Purgatorio y ascender a los cielos, continuando un ancestral rito.  Se hacen llamar o les llaman Los Cantadores. De modo tradicional a estos grupos se les denomina Ranchos de Ánimas.
Pero, si lo contemplamos a trasluz, descubrimos que hay otro relato superpuesto, más maravilloso si cabe, que el director se afana en describir con su habitual detenimiento y meticulosidad.
Pero, ¿de qué ánimas está hablando? ¿De las que el grupo de cantadores de  Arbejales trata de liberar mediante sus cánticos? ¿O de algo más físico, de una presencia que nos envuelve, en la que  mucha gente cree, que unos interpretan como magia y otros como espiritualidad?


Como si de un cuento gótico se tratase, “La forma del mundo” se abre con la imagen de una inmensa luna atravesada por jirones de niebla que la esconden y desvelan. Luego entrevemos el bosque, también oculto por la niebla, mediante planos generales y planos de detalle de los árboles y de la vegetación, hasta aproximarse a unas luminosos gotas de lluvia.

La imagen fantasmagórica del pueblo de Arbejales, envuelto en la niebla matinal, da paso a una secuencia compuesta por diversos acercamientos a iglesias.  Primero vemos la basílica de Teror en domingo y su cuadro de ánimas, y luego la iglesia de un Arbejales silencioso con su cuadro de ánimas.  La parroquia grande engloba a la parroquia chica, el pueblo grande acoge al chico, en donde aún es posible el milagro del rito.

David Delgado reencuadra diversos fragmentos del cuadro y conforma un relato, en el que los rostros ansiosos de las mujeres y las expresiones de angustia de los hombres, alzando los brazos hacia lo alto en un gesto de ruego, reciben finalmente el auxilio de los ángeles y el beneplácito de las instancias celestiales.



Una cita de Cervantes nos desvela las claves fantásticas del relato: “Ánimas bien fortunadas, que en el Purgatorio estáis, de Dios seáis consoladas y en breve tiempo salgáis desas penas derramadas y, como un trueno,  baje a vos el ángel bueno y os lleve a ser coronadas”.

Tras el apunte religioso en el interior de la iglesia, con la imagen de la Virgen en el cielo, la cámara apunta hacia la bóveda celeste, en la que se destacan los puntos luminosos de las estrellas, marcando la dualidad que va a presidir la narración a partir de este momento, lo celestial y lo terráqueo.

Los brazos de las ánimas atrapadas en el purgatorio conforman ahora las ramas secas de un árbol alzándose contra el cielo nocturno. Y sobre esta imagen del mundo natural, con el contrapunto del sonido de las campanas tocando a rebato, y la enigmática silueta de una hoja a punto de desprenderse de una rama, en el filo de la vida y la muerte, se sobreimprimen los títulos de crédito.


Otra imagen enigmática, la del cielo reflejándose en la superficie del agua contenida en una jarra de barro, y que se repite varias veces, es un nuevo indicio de esta dualidad, el mundo de arriba duplicándose en el mundo de abajo.

“Seis días cabales empleó el Señor para formar el mundo y la creación. Forma el primer día el cielo y la tierra…”

Los componentes del Rancho de Ánimas de Arbejales, hombres y mujeres de edad avanzada, se reúnen siempre en un interior.  Allí, una mujer o un hombre, también mayores, ruegan por las ánimas de sus difuntos, por un marido “que Dios se lo llevó al Cielo”, o por el hermano, el padre o la madre, estén donde estén, y los cantadores entonan sus cantares.

La canción sigue el proceso de creación del mundo y se cierra con el ruego: “Por su padre y madre, su suegro y su suegra, por tíos y tías, por todos los abuelos voy a rogar yo, para formar el mundo y la creación”.


Los cantadores, con sus cánticos, coadyuvan a la creación del mundo, de la misma forma que David Delgado, con su cámara, colabora en la creación de nuevas realidades.

Durante los cánticos, a la cámara solo le interesan los rostros, y así, mientras unos cantan y tocan sus instrumentos, se nos muestra a los invitados expectantes, inmóviles la mayor parte del tiempo, o asaltados por pensamientos y emociones que gestos imperceptibles traicionan. Son rostros surcados de arrugas, devastados por el tiempo y el esfuerzo continuado en el campo y los caminos. Los rostros de los cantadores manifiestan una actitud extática en su inmovilidad, una especie de éxtasis que alcanzan a través de sus cánticos y su devoción, pues para ellos estas ánimas a las que ayudan son reales.

Componentes del rancho recorren ahora los caminos, van de casa en casa recogiendo el dinero para la iglesia. Es el dinero para las ánimas, para encargar las misas por las ánimas. Llaman a las puertas de las casas y hablan del tiempo, de los conocidos que ya se fueron, de las creencias de cada uno. Y la cámara les sigue, describiendo sus itinerarios, recomponiendo un mapa de los barrios del pago y del municipio y sus habitantes.
Es una secuencia que ocupa una gran extensión en el documental, pues las ánimas se sustentan en la fe individual de la gente del pueblo, sin esta fe no hay limosna que valga la pena pedir, ni coplas que tengan sentido de ser cantadas. Dar limosna vincula a la gente del pueblo con los cantadores, que mantienen viva esta tradición mendicante.
Otro de los cánticos fundamentales consiste en el ritual del paño. Cuatro mujeres despliegan un paño, cada una desde una punta, mientras a su alrededor los del rancho cantan “levanten el paño con mucho cariño, por este favor un premio ganaban, denle un doblez, como si estuvieran delante de Cristo que aunque no lo vean con nos estaba”. En el origen solo podían levantar el paño cuatro niñas, es decir, inmaculadas, pues al purgatorio van los pecadores a purificarse. La cámara encuadra a una de las niñas, ajena a la copla, extraña al significado del ritual.

Más adelante, Isidro el Labrador recorre estos mismos caminos acompañado de sus amigos. En la visión idealizada que David Delgado nos propone, las calles ya no zigzaguean entre las casas sino que se internan por zonas arboladas de exquisita belleza, bajo una bóveda vegetal que se extiende por todas partes. El documental nos sumerge aquí en el mito, allí donde se encuentra el origen del rito de los cantadores.

De la misma forma que el cielo se reflejaba en el agua de la vasija, los tiempos actuales de descreimiento se miran en un pasado alegórico del que dan fe las imágenes de santos y sucesos milagrosos, en una imaginería pastoril cuyo origen se encuentra en el Códice de San Isidro. Ahora, los cuadros  decoran los muros de pequeñas ermitas que los peregrinos visitan. La cámara filma una a una las imágenes que cuentan algunos de los milagros de San Isidro  y conforma un relato paralelo relacionándolo con los últimos labriegos que hoy en día siguen trabajando en el campo. Es una narración que refuerza el discurso dual del documental, pues San Isidro rezaba y al mismo tiempo seguía arando la tierra, en un mundo sustentado por la unión de lo espiritual y lo terreno, en el que la religión proponía un relato tranquilizador frente al caos.

Isidro y su amigo Juan recorren la floresta y descubren a María, la compañera de Isidro, en un arrobamiento casi místico de unión con la naturaleza. Ellos la espían, ríen, Isidro le lanza unas castañas para que advierta su presencia, son felices, más adelante se preguntan por el sentido de la vida y a dónde se van las almas, mientras comen y beben en un festín que nos recuerda al Pasolini más luminoso.


También los del Rancho de Ánimas se premian con un ágape, en el que no falta el vino, el pan, el queso, las papas o un rancho canario, esta mezcla tan rica de garbanzas, fideos, papas, chorizo y costilla, a la que se dedica un plano de detalle que abarca el plato como un mundo en sí mismo.
También, como San Isidro labrador, los del Rancho combinan los cánticos religiosos, como un ruego a la divinidad, con actividades más apegadas a la tierra, como el ir contando el dinero recogido, recoger los instrumentos musicales, comer y lavar los platos.
David Delgado trenza los distintos estadios mediante un montaje de planos que se van sucediendo relacionándolos entre sí. De los varios planos de los bueyes masticando la hierba se pasa a una imagen religiosa de la Santa Cena que desemboca en la comida comunitaria. Así, el mundo material y el espiritual confluyen en esta celebración que une a los hombres y mujeres del Rancho y a sus invitados, después del trabajo bien hecho, y que antecede a uno de los cánticos.



Documental de observación, en el que la mirada de David Delgado se detiene en los detalles, confiriéndoles un nuevo significado, mediante dos operaciones simultáneas, la duración de los planos y su yuxtaposición en el montaje.
Más allá del labriego arando la tierra, miles de mariposas revolotean por el campo. Queman una cañas y la cámara se acerca para revelar la existencia de insectos vibrando entre el humo. La azada abre un surco y extraños gusanos de distintos colores se abren paso a través de la tierra. La vida se abre paso a través de la putrefacción y la muerte.

Las ánimas no hay que buscarlas en el relato del retablo. Están ahí, delante de nuestros ojos, parece decirnos David Delgado, en esta otra película que se yuxtapone sobre el documental etnográfico como un guante. Y es así como hace visible lo invisible.
“La forma del mundo” se complementa con “Ánimas. Los cantadores de Arbejales”, donde estructura el mismo material de una forma más didáctica, complementándolo con entrevistas a algunos de los componentes de los ranchos, en las que hacen consideraciones sobre la creencia en el purgatorio (solo en la iglesia católica pues Lutero la refutó) o la función del ranchero mayor (organizar los eventos) y las expectativas de futuro (“hace tiempo que no le dábamos ni un par de meses y ya ve, llevamos más de 50 años”). En este sentido, estos ranchos son casi el único vestigio remanente en Europa. Mantienen la tradición activa, en la creencia de la verdad del rito, capaces de explicar su significado.
David Delgado se acerca a este rito con curiosidad y respeto,  en busca de su sentido más profundo. Para acceder a él no era posible un documental al uso, sino que tenía que abordarlo con las herramientas de la poesía.
En “la forma del mundo” la mirada subjetiva se impone sobre el objetivismo intrínseco de la cámara, mientras que “Ánimas. Los cantadores de Arbejales” da una visión más objetiva de las actividades de los ranchos de Arbejales y de Valsequillo, en el barrio rural de Madrelagua.  No obstante, y después de que Roberto Suárez, cantador de alante, afirmase que las almas de los difuntos tienen que ir a alguna parte (y no a los cielos porque allí solo van los santos), David Delgado compone una secuencia digna del universo de Edgar Allan Poe en la que el bosque, los árboles y el paisaje nocturno adquieren una apariencia lechosa y espectral, bajo el dominio de una luna que las nubes van ocultando hasta la oscuridad total y definitiva.




jueves, 9 de marzo de 2017

DUETO: UN CORTO CON VOLUNTAD DE INTERVENCIÓN

Hace unos días Manuel Rebollo, director del proyecto Mayores Valores, me invitaba a una proyección de cortometrajes en el Instituto Andrés Bello de Santa Cruz de Tenerife. Iba a ser el día 8, Día de la Mujer, y los cortos se proyectaban para suscitar debate entre alumnos y profesores. En realidad, se trataba de los cortos que se habían realizado en un taller de guión y dirección que yo dirigí hace un par de años, con el alumnado de primer curso de Realización de Audiovisuales del CIFT César Manrique y cuya temática se había centrado en la prostitución desde el punto de vista de la violencia contra las mujeres. Yo le sugerí que proyectasen también Dueto, nuestro último cortometraje, todavía sin estrenar. Me interesaba la reacción de la gente ante una propuesta un tanto arriesgada, más allá de la temática sugerida.



Lo curioso es que cuando llegué al Instituto el único cortometraje que se iba a proyectar era el mío (Natalia, la directora de "No", otro de los cortos, no podía acudir). ¿Es una primicia?, me preguntaban. Pues sí, todavía no lo ha visto nadie. De modo que en la presentación les conté que aquello iba a ser como con las pelis de Hollywood, que primero se prueban con público para ver si funciona, y luego según la reacción de los espectadores, se hace otro montaje o se rueda un final distinto.

¿Qué es Dueto? Un día me senté a escribir. Quería hacer un corto sencillo. Quiero decir rápido de producir y de rodar, después de la experiencia de “Al borde del agua” (un año y medio) y “Del amor y otras necesidades” (rodado hace más de un año y a la espera de la música, todavía sin fecha de estreno).

Seguramente lo tenía todo en la cabeza, porque me senté por la mañana y a media tarde lo tenía terminado. Un guión que era puro diálogo. No, no era un diálogo al uso, se trataba de dos monólogos que se iban alternando. Las confesiones a cámara de un hombre y de una mujer. Dos versiones, dos puntos de vista encontrados, de una historia que acaba en tragedia.



Los alumnos me pusieron algunas pegas, como que la historia tenía una final demasiado abrupto, que no se justificaba, o que allí faltaba, o no lo veían, el maltrato psicológico, otro se preguntaba cómo una mujer se podía enamorar de un tipo como el que allí se describía, en paro y además alcohólico. 

Me fijé en que las alumnas callaban. Me parecía raro. En las sesiones de cine forum que habíamos organizado hace ya algunos años para el alumnado de institutos eran las chicas las que mejor discurrían y expresaban sus puntos de vista. También me fijé en que los alumnos se habían concentrado en el lado izquierdo de la sala de actos y las alumnas en el lado contrario.

Pensé que quizás las chicas sí lo tenían claro, que habían entendido perfectamente la deriva de aquella pareja que en apariencia parecía tan feliz.   Quizás  a los chicos les faltaban más debates sobre eso tan complicado que es la pareja, del rol de cada uno, de los prejuicios, de los estereotipos, del peso de una sociedad patriarcal que nos hace ver y vivir la realidad a través de un filtro distorsionante.

Pero Dueto no es solo esa historia contada a dos voces. Me interesaba reflexionar sobre los límites de la representación. En Dueto son dos actores que, sobre el escenario, interpretan a un hombre y una mujer.



Hay una segunda parte, que consiste en tomas hechas desde un móvil, que la pareja utiliza para hacerse selfis y para representar ante el mundo y ante sí mismos su burbuja de felicidad.



El grado máximo de la representación, el teatro, confrontado al grado cero de la representación, lo que grabamos con el móvil.  Este es el dispositivo fílmico que pongo en pie en Dueto. Lo interesante es cómo el relato oral, sin ninguna imagen externa que lo visualice, va apoderándose del imaginario del espectador, y de cómo las tomas del móvil, a la manera de metraje encontrado, construyen otra historia, una ficción.



Me interesaba mucho cómo lo habían percibido los alumnos.  Como era de esperar, algunos hubieran preferido que la historia se hubiera contado con imágenes y no a partir de textos que producían un efecto teatral cuando los actores lo interpretaban. Uno pensaba que el efecto catártico del final de la primera parte se diluía en la segunda. Otro me sugirió alternar los planos de ambas partes, lo cual no era nada descabellado y así se lo dije, pues también se me había ocurrido proyectar simultáneamente las dos partes en dos o tres pantallas.

Posibles soluciones para un film con voluntad de intervención, capaz de provocar el necesario distanciamiento crítico.

Para llevarlo a cabo pensé enseguida en Miguel Ángel Rábade, con el que había rodado cuatro o cinco cortos y un largometraje. Llevaba casi cinco años sin saber nada de él. Me enteré de que andaba por La Laguna comentando a todo aquel que quisiera oírle que quería, que necesitaba de nuevo volver a escena.

También llamé a Idaira Santana, que andaba estos días montando un espectáculo de music hall y no me dijo que no. Lo curioso de Idaira es que había hecho un curso de teatro clásico en verso y ahora se veía abocada a la comedia más desmedida. Mi cámara ya se había enamorado de su rostro en “Rondó” y en “Al borde del agua”  demostró que era capaz de resolver un monólogo a la primera.

Quería rodar a final de año, en este interregno que se abre entre dos fiestas emblemáticas. La gente del Centro Cultural Aguere me puso todas las facilidades para poder grabar por la mañana en una de las salas. Fuimos allí René Martín, Eduardo Chamorro (al que nos habíamos encontrado por casualidad pateando La Laguna el día antes y le preguntamos si quería ayudarnos), los dos actores y yo.

Ya me había reunido previamente con Miguel Ángel y con Idaira para preparar los textos, intentar comprender a los personajes, buscar el tono, saber hacía donde tenían que mirar en cada momento, suscitar primero las emociones, que fueran surgiendo a la medida que surgían los recuerdos, y después poner las palabras, como en la vida misma.

Para las tomas con el móvil les pasé el aparato, les conté lo que quería y les dejé solos, no me interesaba ningún ensayo previo, ninguna segunda toma, quería pura y sencillamente capturar la espontaneidad, como un fragmento de realidad. Yo ya sabía que era imposible. Eran actores y no dejaron de serlo, aunque apareció un fotógrafo ambulante que les confundió con una pareja y les vendió una foto para el recuerdo, algo incongruente ya que ellos llevaban su propia cámara en el móvil.

Corto austero, abrupto, tan distinto a mis otros trabajos. Sin música.   


sábado, 18 de febrero de 2017

EL CATÁLOGO DE LA MADUREZ

Este jueves se presentaba en el Aguere Espacio Cultural el Catálogo Canarias en Corto 2017, en su undécima edición, que incluye como en años anteriores una selección de la producción canaria más reciente. A pesar de la relevancia de este acto cultural, no vimos por ningún lado las cámaras de algún canal de televisión, nacional, autonómica o local, ni apareció ningún reportero o reportera presentando el evento, entrevistando a los responsables de las producciones canarias, actores o actrices, directores o productores, algunos de los cuales se habían trasladado desde Gran Canaria, generando ese estrés electrizante de idas y venidas que se deja ver en otros eventos culturales y que lo engrandecen.






La importancia del acontecimiento se advertía no obstante en el público congregado, que en los minutos previos a la proyección se distribuía en los espacios del hall formando heterogéneos grupitos de gente joven que se saludaba efusivamente y comentaba con entusiasmo rodajes recientes, intervenciones varias o próximos proyectos. Allí había actores, directores, profesores de la Escuela de Actores, amigos y familiares, y a buen seguro algún seguidor del cine hecho en Canarias, un cine que la sociedad canaria desconoce y que se caracteriza por el esfuerzo apasionado sin apenas recompensa de varias generaciones de cineastas (y aquí incluyo a todo el mundo y no solo a los directores).

Jairo López oficia como presentador. Nos explica que en esta ocasión se presentaron 24 cortos de los cuales un jurado de tres personas de reconocido prestigio seleccionó siete trabajos. Como el año anterior, Digital 104 va a encargarse de inscribir los cortos en el extenso entramado de festivales tanto nacionales como internacionales, buscando repetir el éxito de “Melodrama” de Cayetana H. Cuyás y Cris Noda con 17 nominaciones, “En el banco” de Iñigo Franco también con 17, “La talega” de Beatriz Fariña con 15,  y “Nice Song” de Lamberto Guerra y “Nadie” de Daniel León Lacave, cortos pertenecientes al último Catálogo que consiguieron introducirse en más festivales.

A diferencia del Catálogo del año pasado, la duración media de los cortos es considerablemente mayor. En el 2016 se presentaron cortos procedentes de varios festivales de cine expres, rodados en La Laguna Acción (“Nice Song”)  o en la isla de Lanzarote (“En el banco”), por lo que los cortos apenas superaban los 5 minutos. En esta ocasión la media ronda los quince minutos, desde los 7 minutos de “Náufragos” a los 20 de “Popoff” y “Corporation Earth”.

La mayor parte de los directores de esta hornada pertenecen a una misma generación, El primer corto de Vasni Ramos fue en el año 2002, Domingo de Luis en 2003, David Xarach en 2005, Daniel León Lacave en 2002 con “Autorretrato”, Iván López en 2004, siendo el más veterano Jose Victor Fuentes, cuyo primer corto se remonta a 1997, anterior a su aventura americana. El más reciente es Dani Millán, que en 2015 presentó su largometraje documental Maresía.

Constituye un grupo de cineastas con una producción constante a lo largo de más de una década, que han ido haciendo su propio aprendizaje y que en esta ocasión presentan trabajos muy elaborados que deben leerse en el contexto del recorrido de su obra.

Si en años anteriores parecía que los cineastas habían dejado de mirarse el ombligo y desarrollaban narrativas centradas en conflictos personales con el telón de fondo de la crisis, el desarreglo emocional como metáfora de una desorientación generacional, aquí y ahora nos encontramos por sorpresa con artefactos visuales que se dejan seducir por el género de la ciencia ficción (“Redemption” y “Corporation Earth”), se deslizan por los bordes de la docuficción (“El viaje del libro”, “Popoff” y “Desayuno con pastillas”) o se mantienen en la militancia del drama social (Iván López con “Náufragos” y Daniel León Lacave con “Amanecer”, que repiten catálogo). De los siete cortos, uno se rodó en Italia, otro en Gambia y un tercero en Madrid.



“Redemption” de Vasni Ramos es una revisión del mito actual de los superhéroes en clave sentimental. Hay una historia de amor y de desesperanza en primer plano, que Vasni subraya mediante la alternancia cromática de dos tiempos. Nada hace prever de entrada que nos encontramos inmersos en el imaginario de los héroes de comic. La cámara documenta la expresión ceñuda de José Ramallo, colaborador de Vasni en el guión, la dirección y el montaje, y va narrando su descenso a los infiernos.



David Xarach es un veterano del cine de acción, admirador de Nolan y de Spielberg. Sin embargo, “Corporation Earth” bebe de Terminator y de sus batallas entre hombres y máquinas y las paradojas temporales. Es un corto que aspiraba a largometraje y se muestra sin tapujos como film de efectos. Sorprende el trabajo de puesta en escena pero no se esfuerza en ningún momento en hacer creíble la narración, a sabiendas de la imposibilidad de emular el cine de Hollywood con un mínimo de solvencia. Algunas escenas funcionan mejor que otras, como el inmenso muro virtual que separa la Corporación de la tierra de nadie donde un puñado de hombres lucha por la libertad, que es atravesado por las naves y los drones de combate, pero el escaso número de combatientes y las triviales luchas impiden que el corto aliente un mínimo de epopeya, ni tampoco ayuda un guión demasiado inane.



Vasni Ramos en “Redemption” opta por lo contrario. Un sutil movimiento de un vaso sobre la encimera de la cocina nos da una indicación de los posibles poderes de su protagonista. El estampido de un disparo rompe el silencio en un plano general de la playa donde el protagonista cae fulminado sobre la arena. Efectos sonoros y el giro de la cabeza de la mujer que sigue el vuelo del héroe son suficientes para explicar lo impensable y generar la emoción.



“Redemtion” procede de un corto anterior. En 2012 Vasni rodó “Héroe”, no le gustó el resultado y lo dejó sobre la mesa para emprender otros proyectos. Quería presentar algo en el Festival de Gáldar, recuperó “Héroe”, le quitó un par de minutos,  le dio un par de vueltas en la sala de montaje y ahora lo presenta como “Redemption”, un título quizás más apropiado.



Iván López presenta en esta ocasión “Náufragos”, a partir de un guión ajeno.  Oscar Bacallado, hombre de teatro, escribe un guión eminentemente visual, como resultado de un curso de escritura de guiones, y Iván López lo hace suyo, en esa faceta camaleónica suya de colaborar en propuestas de otras personas, a veces como operador de cámara, y otras codirigiendo, como “Odio los martes” con Lamberto Guerra en 2002, “Rubik” con Marine Discazeaux,  o “Las leyes físicas del amor” con guión de la actriz Jennifer Castañeda, y en cada caso procura plegarse a las intenciones y peculiaridades de la alteralidad, de ese otro con el que colabora.




En este caso un guión idea que desvela la fragilidad de las vidas de dos ancianos, el hombre encamado y pendiente de las medicinas que se le suministran por un goteo, la mujer siempre solícita a llevarle lo que más necesite, atravesando renqueante el largo pasillo que la separa de la cocina. “Náufragos” es un artefacto muy bien engrasado, quizás demasiado, que desarrolla una única acción en un mismo espacio, afinando al máximo las leyes rítmicas del montaje, punteado visual y sonoramente por el goteo de un grifo, hasta un final anunciado y que sin embargo no deja de sorprender por las plasticidad de una magnífica fotografía de Santiago Torres.

El problema es que el artefacto se sobrepone a los personajes, meras siluetas ejemplares, donde cada elemento se desvela como sustentador de una metáfora, el agua del grifo como esta vida que se apaga gota a gota, el agua ya derramada que va formando esos dos riachuelos que acaban encontrándose como los fluidos vitales que refuerzan por oposición el espacio insalvable que separa a marido y mujer. A veces, la perfección de un guión aleja en vez buscar la comunicación a través de la verdad de unos personajes, que en otros trabajos de Iván López se destacan con luz propia.



José Víctor Fuentes nos propone con “Desayuno con pastillas” una historia similar, planteada de un modo radicalmente opuesto. En ambos casos son dos historias cotidianas, las de una pareja de gente mayor que trata de sobrevivir de la mejor manera posible ayudándose de las medicinas, pero el tratamiento es distinto, drama y comedia, traumático en un caso y  despatarrante en el otro, un film de montaje y un film de un único plano secuencia en el caso de Fuentes.

En “Desayuno con pastillas”, Jose Victor Fuentes coloca la cámara delante de sus padres para grabar un ritual que se repite todas las mañanas en la casa familiar, un rifirrafe con las pastillas que ella debe tomar con el desayuno y que su padre, pacientemente, se las selecciona.



Podríamos pensar que estamos ante un documental al uso, en el que se emplaza una cámara para tomar un acontecimiento cotidiano que se quiere preservar, procurando que el instrumento de investigación no modifique lo observado en demasía. El plano secuencia, con la cámara fija en el trípode, dura casi 10 minutos. Primero la vemos a ella, a la izquierda del encuadre y al momento aparece el marido, que sale por la puerta de la casa, al fondo del encuadre, llevando una sereta que contiene las cajas con las medicinas. Hacen recuento de las pastillas, por el color o la forma. La madre a veces dirige la mirada hacia la cámara, detrás de la cual adivinamos al propio José Víctor. Más adelante su padre regresará a la casa por más pastillas.

La actuación de la pareja es modélica en cuanto a ritmo y sentido del humor. En algunas ocasiones en las que proyectó el corto algunos espectadores creyeron que se trataba de puesta en escena y que lo que habían presenciado era un corto de ficción. Y en efecto, algo de verdad hay. José Víctor, cuya relación con el cine es la de un niño que juega con un tren eléctrico, ha descubierto un sistema de puesta en escena invisible, donde los “actores” no son conscientes de su actuación, y los acontecimientos se desarrollan según lo previsto. El truco está en que José Víctor ha presenciado este ritual mañanero todos los días, hasta hallar su ritmo interno, como un ensayo sin premeditación. Solo faltaba grabar en el momento adecuado.



“Amanecer” es otro drama social de Daniel León Lacave, en su continua radiografía del momento presente, de cómo la crisis y el desencanto social y político de toda una generación afecta a las relaciones entre las personas. En esta ocasión, la soledad de dos personajes que simulan en la habitación de un hotel la tranquilizadora cotidianidad de un despertar compartido, con sus arrumacos y frases de cariño un tanto perezosas, el encontrar entre las sábanas un cuerpo cálido y amigable al abrir los ojos. Pero en realidad se trata de una transacción económica, una forma de engaño, de la que ambos no van a salir indemnes.



Pablo García fotografía un Madrid  frío de tonos azules, visto desde la ventana de la habitación del hotel o a través de la cristalera de la cafetería que la chica utiliza como oficina. Cristina Piñero, nuevo fichaje de Lacave (la vimos en su largometraje “Los días vacíos” y en “La otra”, su último corto), con verdadero pesar se desembaraza de la peluca con la que ha actuado, pues la ficción, como en el cine, no puede separarse de lo real. Jonay Armas propone una partitura que distancia y a la vez emociona. Lacave, con gran maestría, mantiene la cámara sobre los rostros, escrutando sus emociones. Quizás sea este su corto más depurado.



Dani Millán viaja a Gambia con su madre y allí conoce a Musa Keita, que le muestra la verdadera faz del continente africano, más allá del exotismo aparente. Convive unos días con su gente, comiendo su comida y sintiéndose acogido en este pueblo a las orillas de un mar plácido. Hace fotografías y le promete a Musa que las convertirá en libro para que él pueda disfrutarlas como recuerdo de su amistad. Pasa el tiempo y Dani Millán regresa a Gambia con el libro y lo convierte en un documental que titula “El viaje del libro”. 



En el documental Dani anima las fotos y las convierte en diversos planos frontales de los aldeanos, de las familias y de los niños, de la carretera y de las siluetas recortadas de diversos ambientes, huyendo de la  tarjeta postal, mientras escuchamos a Musa explicarle a Dani su sencilla filosofía de la vida y la realidad del continente africano, esquilmado por la codicia de los países que se han enriquecido a su costa.



También Domingo de Luis hace su propio viaje, esta vez a un pueblecito de Italia, entre Nápoles y Roma, donde va a dar un curso de interpretación durante la celebración de una especie de festival de cine expres. “Popoff” comienza como un documental. Varios habitantes del pueblo, la mayoría hombres, aunque también hay una mujer y una niña, explican a cámara su relación con la actuación. Algunos afirman que han intervenido en algún rodaje o representación teatral y otros expresan su deseo de participar.




Enseguida sabemos que se va a organizar un casting en el pueblo. Pienso que Domingo de Luis, profesor de interpretación en la Escuela de Actores de Canarias, va a aprovechar la situación para hacer un documental sobre el supuesto casting. Mientras una furgoneta recorre el pueblo anunciando el casting con sus altavoces, el cura del pueblo arremete desde el púlpito contra las distracciones de la vida moderna. Uno de los hombres roba una bicicleta ya que se piden hombres mayores que sepan desplazarse en bicicleta. El robo se despacha en plano general y enseguida uno piensa en ”Ladri di biciclette”, el clásico de Vittorio de Sica de 1948. 


El metacine se va enseñoreando del relato y el documental se ha convertido en una ficción sin que apenas nos hayamos dado cuenta. El aspirante a actor va cogiendo protagonismo. Mientras come espaguetis ve una película cómica en la que los personajes comen espaguetis y él los imita. El cortometraje, fruto de una continua improvisación, se va multiplicando a base de espejos que se van reflejando unos a los otros. El resultado es un film imperfecto cuya imperfección es su mayor mérito, y que contrasta con cortos más acabados como “Amanecer” o “Náufragos. En “Popoff”, que así se llama el protagonista y suena a nombre de clown (pop off, salir disparado, diñarla), el espectador navega sin brújula dejándose llevar por meandros, rápidos y saltos de agua.



Terminada la proyección, los directores de los cortos que estaban en la sala ocuparon las sillas bajo la pantalla y comenzó un coloquio que desembocó horas después en una nueva “terapia de grupo”, en  palabras de Lamberto Guerra, a las que se abandonan los cineastas canarios ante la falta de oportunidades para desarrollar una incipiente industria del cine en Canarias, un lujo que ha estado anidando en muchas personas  emprendedoras desde principios del siglo pasado y que ha ido emergiendo y sumergiéndose a lo largo de las décadas como una Arcadia perdida.

En palabras del cineasta Jaime Falero, agazapado en un rincón de la sala, cuyo penúltimo film “El bunker” se ha vendido en no sé cuantos países después de no sé cuantas batallas legales, aquí los cineastas locales no ven el asunto desde la perspectiva adecuada. Para Falero, a los que ponen dinero para una película no les interesa el guión sino cómo pueden recuperar lo invertido. El cine hay que verlo como un negocio, un festival de verdad es aquel en el que uno va y sale de allí con un nuevo proyecto en marcha, los Goyas, según Falero, solo sirven para pagar sobrepeso en los aviones.

Había que ver las caras de los cineastas, sentados en sus sillas frente a los pocos espectadores que nos habíamos quedado para lamernos las heridas los unos a los otros y limpiar las lágrimas de impotencia, al escuchar lo equivocados que estábamos todos.

Era ya muy tarde y abandonamos la sala para sumergirnos en la fría noche lagunera, algunos en busca de algo para recuperarse de las emociones que siempre deparan los estrenos y otros en busca del sueño reparador.