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martes, 5 de mayo de 2015

LA LAGUNA PLATÓ DE CINE 2015

Leo en el Palmarés de la segunda edición de La Laguna Plató de Cine, organizada por Centrífuga Producciones (responsable también de los festivales Naturman y de Cine Gastronómico en la ciudad de La Laguna), que han participado 227 personas en más de treinta rodajes simultáneos durante tres días, a lo largo y a lo ancho del municipio de La Laguna.

  

No era una idea original, pero Sergio Negrín, director de esta experiencia, recogió el relevo y lo puso en marcha en La Laguna. Sin su esfuerzo y el de sus colaboradores no existirían las treinta y cuatro piezas que se pudieron ver en el Espacio Cultural Aguere, rodadas de un modo totalmente altruista, por amor al cine. 

En los años 70, en Barcelona, Acción Super8 organizaba encuentros de un día, en los que al cabo de 24 horas de recogían las bobinas de super8 que se habían rodado, sin que la acción quirúrgica de la edición digital hiciese desaparecer las costuras de las tomas. Había que rodar en continuidad, construyendo el cortometraje mientras se rodaba. El revelado posterior en el laboratorio desvelaba la película sin posibilidad de vuelta atrás.

En la primera década de este siglo, en la pequeña isla de La Palma, El Festivalito puso en movimiento La Palma Rueda, el germen de tantos encuentros en las diversas geografías de las islas. Aquellos que participaron en aquella locura pertenecen ya a otra generación respecto a los que ahora se presentan por primera vez, jóvenes aprendices de cineastas que apenas habrán oído hablar de aquel encuentro anual de una semana porque apenas tendrían 9 o 10 años. Hace unos años escribí sobre El Festivalito en la Revista Cuadernos del Ateneo: El Festivalito, un festival del borde.

Al recoger uno de los premios, uno de los directores sugirió que este tipo de actos no debían limitarse a la convocatoria anual, sino que debían ser encuentros periódicos, pues ese domingo por la tarde, si no se hubiera reunido toda la peña en la sala 3 de los antiguos multicines Aguere, o en el patio de la Casa Vino Norte, casi una corrala, alrededor del gran comediante Darío López desvelando los premios, nos encontraríamos en casa pegados a la tele o al móvil, amarrados a la cotidianidad que nos desgasta lentamente y no disfrutando de la camarería que surge cuando un grupo de amigos comparte el mismo objeto de deseo, hacer cine.



Gente que se reúne para hacer surgir algo de la nada, ordenar el caos de la vida, aspirar a que la mirada sobre el mundo sea otra, domesticar el tiempo, dejarse llevar por el entusiasmo compartido, por la montaña rusa de las emociones, por el vértigo insensato de la creación.

Y sin embargo, surge en todas estas historias contadas en apenas 3 minutos, de un modo más o menos velado, algo de la realidad en la que vivimos, los desahucios, la necesidad de los jóvenes de buscarse la vida fuera, la violencia entre hombres y mujeres, el desamor que nos desarma. Dani León Lacave comentaba hace poco, no sé si en su blog “Algo parecido al cine” o directamente en facebook, que los jóvenes directores canarios creaban a espaldas de su realidad y evitaban enfrentarse a la creciente injusticia social de nuestro tiempo.

Pues bien, los tres cortometrajes presentados en la modalidad de menores de 18 años, planteaban a cuerpo descubierto algunas de las lacras que ellos perciben quizás con mayor amargura o que les concierne más directamente, el embarazo no deseado, la violencia injustificada, el engaño sentimental, con una puesta en escena descarnada que los más mayores evitaban con subterfugios varios, apoyándose en las convenciones de género, en especial de la comedia y el melodrama, o con la dulcificación de las formas que la estética del videoclip impregna muchas de las propuestas presentadas y que les arrebatan el alma.

La ciudad de San Cristóbal de La Laguna, Patrimonio de la Humanidad, se llena durante tres días de grupos de jóvenes que se olvidan por un momento de las convenciones del cívico urbanita, y se saltan las normas ante la mirada indulgente de los paseantes habituales, y saltan y corren, se ríen como colegiales y juegan como niños, perseguidos por artilugios varios que captan el sonido y la imagen de todo aquello que se organiza (o no) delante de sus ópticas insaciables. Y la gente de repente mira o se aparta, dejando que los actores se abracen, giman o rían sin pudor alguno.



Un agotado Sergio Negrín me cuenta, realimentado por la droga dura del entusiasmo compartido, algunas anécdotas de estos tres días inacabables, la ciclista que se para frente al stand y, todavía sorprendida, se declara actriz y en el mismo instante un director acude con prisas en busca de una actriz disponible y allá va ella, guárdenme la bici. O el que imprudente se presta a editar un corto, y le dicen sí pero tiene que ser esta noche.

Y entre los directores que acuden preparados, con una idea bien amueblada en la cabeza, apoyados por sus técnicos más fieles, y los noveles que saltan a la plaza sin tener la menor idea de la composición de los planos o en la gestión del contraste de la luz y la sombra (defectos menores frente a la impericia narrativa de algunos cortos), se extiende todo un abanico de opciones posibles que el azar llevaba o no a buen puerto.

Hace unos días estuve un rato con Daniel León Lacave, que había venido desde Las Palmas para una proyección de su largometraje leve en el Puerto de La Cruz, organizada por Iván López . Estaban además Lamberto Guerra, recién aterrizado de Madrid, y Alicia Rodríguez, recuperándose todos en una tasca lagunera, y Lamberto le proponía a Iván hacer una secuela del corto musical que ambos perpetraron en una de las ediciones de El Festivalito, donde habían realizado la hazaña de congregar a una multitud de actores en las calles de Santa Cruz de La Palma con la ilusión de bailar como en “Las señoritas de Rochefort” de Jacques Demy, que a su vez era un homenaje a los musicales americanos. “Es que allí ni siquiera la voz coincidía con los labios” se lamentaba uno, “hay que hacerlo mejor” afirmaba el otro. Así que no me sorprendió que Lamberto se descolgara, con la colaboración de Iván, con un nuevo musical, en el que Lamberto canta una canción primero en playback y finalizando en directo.  “Escribí la letra y se la tarareé a Jonay Armas que estaba en Madrid, me cuenta Lamberto, y por la noche me enviaba los arreglos musicales”.  Así surge “Nice song”. 

Habría que destacar la generosidad de los actores que participaban, pertenecientes a grupos de teatro locales,  que se prestaban para que cualquier cineasta, novel o más o menos conocido, mayor o menor de 18 años, pudiera completar un casting improvisado. O la solidaridad de los técnicos y cineastas, que se prestaban conocimientos y experiencia unos a los otros, en una rueda de colaboraciones cuyo diseño podía seguirse en los títulos de crédito de los cortos.



En la sala de proyección se repitió el llenazo de la primera edición, con un público joven vociferante, con risas y aplausos y gritos (“que empiece ya”, coreado por decenas de voces, que ya había olvidado de otros tiempos), y que me retrotraían a las sesiones de cine del pueblo donde veraneaba de niño. Fueron dos largas horas en las que los treinta y cuatro cortos presentados, más un par de extras, se fueron desenrollando ante nuestros ojos, uno tras otro sin solución de continuidad, como si se tratase de un film de episodios bajo el lema “Todo por amor” en el que se hubiera invitado a un grupo nutrido de cineastas, un par de ellos procedentes de la isla hermana (“en Gran Canaria no pasa esto, cada cineasta va a lo suyo”, comentaba un sorprendido Armando Ravelo, que había cogido el avión para participar).

Y así, todos llenando el patio escalonado de butacas, se obligaban a ver no solo las películas propias o en las que habían colaborado sino también todas y cada una de los demás cineastas, confrontando sus trabajos con los de los demás, aprendiendo unos de los otros, celebrando aciertos ajenos y golpes de efecto, aprehendiendo soluciones estéticas impensadas unas horas antes, que la limitación de tiempo y de recursos obligaba a encontrar.

El lema de este año auguraba un sinnúmero de figuras de estilo consensuadas por el cine más rancio, y sí, hubo besos, entrega apasionada de flores, paseos nocturnos, lágrimas y risas, los consabidos giros de cámara alrededor de los amantes (heterosexuales siempre, con una única excepción), pero también hubo deslizamientos conceptuales que dialogaban con el tópico.

“Flor”, de Jonathan González, fantaseaba con las relaciones de un hombre solitario con una muñeca, a la que sacaba a pasear por La Laguna en plan muy romántico. La niña de “Estela”, de Armando Ravelo, se inventaba un personaje que la defendiera del maltratador de sus madre. En M.M.U., de Gabriel García, los integrantes del reivindicativo Movimiento del Mobiliario Urbano, un buzón de correos, un semáforo o un pivote guardacoches, desgranaban sus críticas. En “Wash´s up”, de Vasni Ramos, un tipo sentado en una cafetería discute y se defiende por washap con su novia. En “Laguna Run 2: Redemption”, secuela del corto que Gus Torres presentó el año anterior, un mensaje congregaba a la peña para presenciar una pelea y todo el mundo corría y corría frenéticamente de un sitio a otro. En "Todo por amor", de Miguel Herrera, la promesa de una relación incipiente desembocaba en un final escatológico (lo que hay que reprimir por amor) y levantaba una carcajada general. Muchos de estos cortos fueron saludados con general regocijo.

rodaje de Estela

Sólo dos referencias cinéfilas: un explícito homenaje a Kubrick ("In love with S.K." de Tomás López), y un plano secuencia remedando a Birdman ("Aguerefobia", de Omar Caballero) en el que se seguía a un grupo de personas hablando por los codos (no me enteré muy bien de qué, aunque me imagino que esto no importaba) que después de recorrer un par de calles de La Laguna entraban en el espacio Cultural Aguere y en uno de sus recovecos aparecía el percusionista de rigor, pero que finalizaba con el actor entrando en la sala de proyección y se paseaba por delante de la pantalla ante el estupor general de espectadores y amigos.



El sábado por la tarde tenía un rato libre y me acerqué a la carpa de la organización con mi cámara Sony al hombro a ver si tenía alguna oportunidad de hacer algo. Estaban a punto de desmontar el stand pero me dieron una hojilla para inscribirme. Faltaban diez minutos para cerrar el plazo. Me presentaron a una actriz y pregunté por alguien que pudiera ser su pareja. Estaban terminando de rodar un corto y disponían de una hora para ir a rodar el siguiente. Esperé un rato. La luz declinaba. Tenía ya en la cabeza un par de ideas. Pasaba el tiempo, estuve en un tris de volver a casa. No tenía un sonidista que me echase una mano, todo el mundo estaba en lo que estaba. Me fijé en otra pareja que también actuaba en el corto. Cuando ya se despedían, entre foto y foto, las risas y los abrazos, intercambiándose los números de los móviles, les pedí la colaboración para mi corto y todos encantados y que dónde y de qué iba y que si no íbamos a tardar mucho.




Esta fue mi pequeña contribución, LOVE, un jueguito de montaje intrascendente, por el puro gusto de interactuar con actores desconocidos para mí, dejándome seducir por el pictoralismo de la ciudad peatonal y endomingada,  por la extensa gama de colores de los muros laguneros que se ofrece a la vista del paseante. Primeros planos de los actores en los que trataba de capturar el contraste y la calidez de los rostros sobre la superficie acogedora de las paredes de las casas del casco histórico, en una repetición seriada de las diversas clases de amor, amor a uno mismo, a los demás y a la ciudad, en un despojamiento de cualquier atisbo de narratividad, dejando las imágenes escuetas, sin sonido, porque los rostros se expresan solos y las emociones aturden.


viernes, 27 de febrero de 2015

DE LOS ACADÉMICOS Y EL FUTURO DEL CINE

Leo en la página oficial de la Real Academia Canaria de Bellas Artes de San Miguel Arcángel (RACBA), que su función en el siglo XXI “es la de velar por la conservación del patrimonio para legarlo a las generaciones venideras”.



Su origen se remonta a mediados del siglo XIX, bajo las “nefastas” influencias francesas, y, al igual que otras instituciones parecidas, como el Ateneo de La Laguna, ha tardado más de un siglo desde la aparición del Cinematógrafo en incluir el cine como una de sus secciones. Se espera que, a partir de ahora, sea una de sus misiones la de conservar el legado cinematográfico.

En la reciente modificación de los estatutos, durante la presidencia de la primera mujer en la Academia (ha tenido que pasar más de un siglo y medio para que esto ocurriera), a las secciones de arquitectura, escultura, pintura y música se le ha añadido la de “Cine, Fotografía y Creación Digital”. Los primeros pasos consistieron en incorporar al fotógrafo Efraín Pintos como nuevo miembro de la Academia y a proponer a Jorge Gorostiza como nuevo numerario. Faltan ahora otros seis miembros para completar la sección, ya que en cada una de ellas hay un máximo de ocho académicos.

 

El acto se celebró en la actual sede de la Academia, en el edificio neoclásico de la recóndita plaza Ireneo González, que fue hace años la Escuela de Artes y Oficios y en el que se realizan ahora inútiles cursillos para aquellos que se mantienen a la espera de conseguir trabajo.

Los amigos de Jorge Gorostiza esperábamos en la pequeña sala de actos, rodeados de grandes y diversas pinturas colgadas en las paredes y donadas por otros académicos. Entonces sonó una música y todos nos levantamos para recibir a la procesión de académicos en número mayor a los asistentes, que acompañaban al nuevo académico y fueron a sentarse en sus asientos protocolarios, la plana mayor con la presidenta frente a nosotros, los numerarios a ambos lados y Jorge y el académico que lo presentaba cerrando un cuadrado frente a la presidencia y de espaldas a nosotros.

La extraña sensación de haber retrocedido en el tiempo se desvaneció de repente cuando con la ayuda de un palo se desenrolló una pantalla cubriendo el tapiz heráldico que presidía la sala y empezó la disertación del nuevo académico, ayudándose de técnicas ya del siglo XXI. Lo curioso era que la conferencia consistía en una historia de las continuas transmutaciones de la idea de pantalla, desde los orígenes del cine a la actualidad de la realidad virtual, y aquella pantalla donde se proyectaban las sucesivas pantallas del relato jorgiano era como una metáfora de las diversas y sorprendentes apariciones de pantallas en lugares antitéticos.

Las charlas de Jorge son siempre exhaustivas e inabarcables, en las que se aprecia un laborioso trabajo previo de documentación, el cuidado que pone en los detalles y en la búsqueda y selección de las imágenes ilustrativas, tanto si se trata del director artístico de una película española de los años 40 como si habla de Greenaway o de Cronemberg, dos de sus cineastas predilectos, a los que ha dedicado sendos libros, con la colaboración entusiasta de Ana Pérez.

 Jorge Gorostiza junto a Ana Pérez

Fue Jorge quien me convenció de que me llevara la cámara de vídeo a la isla de La Palma, cuando ambos coincidimos en uno de las primeras convocatorias de El Festivalito, allá en 2004, en calidad de  jurados de algunas de las secciones del festival. “Está lleno de actores y actrices y verás lo fácil que es rodar un cortito”, me dijo. Convenció a José Manuel Cervino y a Maite Blasco para que interviniesen en mi corto y Laly y yo conocimos a otros actores de Tenerife, a Javier de Martos y Fátima Hernández, con los que luego colaboraríamos. Este pequeño acontecimiento en nuestras vidas me animó a seguir haciendo cine, tras varios años de sequedad creativa.

La sencilla ceremonia de reminiscencias masónicas se desarrolló felizmente (a pesar de ligeros equívocos por el desconocimiento de la liturgia) y al final se le hizo entrega del correspondiente diploma, enrollado como un pergamino, apretones de manos, aplausos y posterior fotografía para la posteridad.

Nada más entrar en la sala, Aurelio Carnero nos recriminó con su sutil ironía, a mí y a Santi Ríos, la desconsideración de presentarnos sin la correspondiente corbata. Le recordé a Aurelio que ya hacía más de veinte años que, en el mediometraje “La ciudad interior”, lo incluí a él y otros amigos en una suerte de Academia, donde se refugiaban los amigos del protagonista para darle vueltas a sus contribuciones a la cultura en tiempos ya pasados y periciclados, pero en cuyo interior el tiempo no pasaba.


Imágenes de La Academia en "La ciudad interior"

Se me acercó el arquitecto Ernesto Valcárcel para recordarme su contribución pictórica en dicho film, pues yo necesitaba un taller de arquitectura para rodar una secuencia y me acordé que había visto una insólita exposición de sus pinturas en la sala de arte del Ateneo de La Laguna, que consistían en centenares de pequeños dibujos tamaño folio dispuestos en filas y columnas cubriendo todo el muro.





Tenía Ernesto su estudio en un pequeño edificio en Santa Cruz de Tenerife, cerca de la Plaza del Príncipe, y le pedí que cubriera también la pared con aquellos dibujos para el rodaje, que además se adecuaban a la idea de laberinto que subyacía en el film. A Ernesto no le disgustó la idea, y, una vez realizado el trabajo, mantuvo los dibujos en su taller durante un tiempo.


Cuando, hace unos años, y debido a una obra nueva que se llevaba a cabo junto a la casa, el edificio entero se desmoronó, destrozando por completo todas las instalaciones del taller, supo que debía abandonar la arquitectura y dedicarse en exclusiva a lo que había sido su pasión, la pintura.

Con Efraín Pintos también tocó hablar de otros tiempos, de la época en que estuvo ligado por amistad al colectivo Yaiza Borges y nos acompañó día tras día, durante un montón de meses de arduo trabajo, en la aventura suicida de realizar un largometraje que acabó no gustando a nadie.

Efraín, que realizó un magnífico seguimiento fotográfico del rodaje de “Bajo la noche verde”, depositado en la Filmoteca Canaria, nos animaba con su inmenso humor, tan necesario en las horas bajas del cansancio y la incertidumbre del rodaje.

Efraín Pintos y Juan Antonio Castaño 
durante el rodaje de "Bajo la noche verde"

Hablamos de su magnífica casa de Tegueste, ahora alquilada a los turistas, que también utilizamos en un par de secuencias clave, pues era en la ficción la casa rural donde residía el colectivo de médicos que, en los años 70, intentaba implantar en un caserío al norte de la Palma la medicina alternativa, y donde el protagonista de la peli consumaba una aventura extramatrimonial.

 Rodaje de "Bajo la noche verde" en la casa de Efraín Pinto en Tegueste

En una ocasión, invitado por Mengue y Ana Sánchez-Gijón, acudí a un taller de fotografía en el que Efraín nos mostraba cómo hacer la fotografía de un cuadro. El taller se desarrollaba en el plató que La Mirada tenía en Tegueste. Efraín se entretuvo más de una hora en situar la cámara justo en la perpendicularidad del centro del cuado y en calibrar la luz hasta que el lienzo estuvo bañado en una luz blanca y uniforme. Se trataba, sin duda, de reproducir lo más exactamente las cualidades de color, textura y proporciones de la obra de arte. Efraín nos demostró que disparar la cámara es el final de un proceso laborioso en el que no debe soslayarse ni un detalle.  

Y mientras yo me entretenía rememorando con Santi Ríos aquellos tres años de la década de los setenta (desde finales del 73 a mediados del 75), en los que se decidió un vuelco crucial en mi vida, conocer a Laly y quedarme a residir en Tenerife con mis nuevos amigos, ella se mantenía firme en el presente y mirando hacia el futuro, platicando con Sandra González, la directora del Festival de Cine hecho con móviles (Movilfest), pionero en Canarias (y en Europa) a la que acababa de conocer, y discurrían sobre la inveterada envidia que imposibilita, en los medios artísticos de Canarias y de España en general, prosperar adecuadamente, lo que me hizo recordar cómo en cada estreno de una película canaria cambia drásticamente el paisaje humano, formado casi exclusivamente por amigos y familiares del equipo artístico y técnico que ha intervenido en cada rodaje, como si nadie tuviera curiosidad en saber qué se está cociendo en el interior de un supuesto y siempre escurridizo cine canario.

A Jorge Gorostiza, recién terminada la íntima ceremonia, se le animó encarecidamente a que siguiera trabajando en pro de este cine nuestro, mirando tanto hacia al pasado como enfocando su análisis en el presente y anticipándose al futuro desarrollo del cine, como en esta imagen que nos proyectó de las gafas que Google ha retirado del mercado, y en las que se habrá eliminado definitivamente la distancia entre el ojo y la pantalla. Pues ya se sabe que los académicos no deben dormirse en los laureles.  



domingo, 8 de febrero de 2015

UNA NUEVA SESIÓN DE CINE LEVE

El jueves 12 de febrero de 2015 se proyectan en el TEA tres cortometrajes bajo la denominación Cine Leve. Y aunque todavía nos preguntemos de qué hablamos cuando hablamos del cine leve, pienso que para algunos espectadores, que ya acudieron al TEA en otras sesiones con el mismo enunciado, el cine leve se les presenta como algo seductor o, por el contrario,  como el tipo de cine del que hay que salir huyendo.





Y es que, aunque nos pese, y por lo ambiguo del término y de los distintas que puedan parecer las películas con esta etiqueta, ya se ha configurado un imaginario del cine leve.

Recuerdo una discusión con Enzo Escala, tras el estreno del primer largometraje “leve” de Daniel León Lacave. Se había hecho una idea del cine leve a partir de mis películas y no veía ninguna relación con el largometraje de Dani. Traducía la levedad como una búsqueda, la sensación de encontrarte en tierra de nadie sin un camino trazado de antemano.

A Dani le gusta un cine narrativo, que cuente cosas, con personajes, un cine de emociones. El mío es un cine distanciado, que busca una poética, un cine de ideas. ¿Qué pueden tener en común dramaturgias tan disímiles?

En el origen, el cine leve, tal como lo había definido Miguel Ángel Rábade, estaba en la forma de abordarlo y no tanto en el resultado. La levedad como una sensación que embarga al equipo durante el rodaje, como si las cosas fueran saliendo solas, sin esfuerzo.

El cine leve parte de una limitación, una limitación que aceptamos porque nos exige una búsqueda constante de nuevas soluciones técnicas y estéticas. Frente a un problema, sabemos que la alternativa siempre será mejor que aquello que las circunstancias nos han obligado a cambiar.

Un equipo reducido de personas permite una postura flexible, reposada, más cercana a la del pintor o del escultor, en la siempre necesaria distancia creativa. Poder sentir el momento, captar lo que nos dice el espacio en el que nos encontramos, interpretar las expresiones y las posturas de los actores justo antes del primer movimiento de manivela, en el paso, siempre excitante, que va de las palabras garabateadas en un papel a la creación de un personaje vivo que va a convivir en la mente y el corazón de los espectadores futuros.

Podría decirse que en esto consiste el cine. Que este temblor es el que experimentan todos los creadores. Pero frente a la frustración de la carencia de medios, mejor levantar el estandarte de lo leve. Mejor una pequeña chispa inspirada que el incendio monótono de lo académico que todo lo devora, sin dejar ni un poso, ni un pensamiento, tras él. Mejor lo inacabado, lo imperfecto, pero vivo, que lo bien construido sin alma alguna. O por lo menos intentarlo.

El cine leve está más en el hacer que en la obra terminada. Nadie se extrañe que al ver las obras, juntas en una sesión de tarde, nada las asemeje. Está en la voluntad de cada director sentir que su cine o que una determinada obra y no todas entran en tal categoría. Así, tan solo Dani, el gran converso, acredita con orgullo en los títulos de crédito su pertenencia al Cine Leve, mientras que otros, como yo mismo, dudan y desconfían de las etiquetas.

Y sin embargo, “Paraísos”, una nueva “naturaleza muerta”, y rodada ya hace bastante tiempo, en el verano de 2013, pertenece sin ambages al cine leve, pues fue cuando al finalizar el rodaje del primer corto de esta serie, precisamente llamada “Naturaleza muerta”, el actor Miguel Ángel Rábade, que en aquella ocasión me ayudaba en la dirección, comentó lo leve de aquel rodaje.

De “Paraísos” ya hablé en este mismo blog hace un par de años, en una entrada que yo titulaba Erótica naturaleza. Estuve tentado de llamarla naturaleza agria o amarga o algo parecido, en relación al limón que aquí sustituye a la manzana de “Naturaleza muerta”, de nuevo en referencia al pasaje bíblico de Adán y Eva, en aquella ocasión como una metonimia (la fruta por el árbol) y que aquí se representa de forma inversa (es el hombre quien, bajo el árbol, le ofrece la fruta a la mujer), marcando la oposición del mundo rural  y de la ciudad en la que viven los personajes, sometidos a las reglas de juego de la economía y la política. Un corto en apariencia sencillo, en la que se mezclan diferentes tiempos y capas de realidad, con una banda sonora que potencia los sonidos y excluye las palabras, con las escuetas notas de René Martín al principio y al final del corto y la suave fotografía de Eduardo Gorostiza. Detrás, como siempre, Laly en la producción y Leonor en el maquillaje y vestuario. Un equipo de apenas siete personas, incluyendo a los dos actores.

“Nadie”, el último cortometraje de Daniel León Lacave, perfecciona y ajusta su peculiar relación con los actores, que le permite extrae lo mejor de ellos, ofreciéndonos nuevos personajes desubicados, expulsados del paraíso, los hombres y mujeres de pasado incierto de su cine. Una única localización, y un equipo entregado, un grupo de amigos que siempre están cuando a Dani se le ocurre una idea, que le piden ya otra historia en la inmediatez del feisbuc, que fluye al compás de la propia vida. Acompañado de nuevo por el ojo y la sensibilidad de David Delgado en la fotografía.

Y en “Lost in Black Friday“, Eduardo Gorostiza, también ligado como director de fotografía a mis últimos films, nos ofrece, de la mano de Gabriel García y del actor Adrián Rosales, una reflexión un tanto esperpéntica de la condición del cineasta leve, que descubre la levedad tras la frustración, un corto que documenta en clave de comedia la imposibilidad de rodar un corto para uno de estos concurso que tanto se estilan de cineexpres, esta vez en Santa Cruz de Tenerife, al suspenderse por el anuncio de fuertes vientos, con la recomendación de quedarse en casa por aquello del Delta.

El cineasta leve no se arredra ante las circunstancias adversas. Se adapta. Era una buena ocasión para salir a  rodar en medio de la borrasca. ¿Cine temerario? Quizás. Y sin embargo…

lunes, 5 de enero de 2015

NEAR THE RIVER: RODANDO EN USA

Como siempre antes de un estreno, toca revisar todo el material, los niveles del sonido, los títulos de crédito (¿nos habremos dejado a alguien?), el ajuste y legibilidad de los subtítulos, el formato adecuado para la proyección.



El estreno se nos ocurrió hace pocos días. Si Ada Vilageliu iba a estar en Tenerife, ¿por qué no aprovechar y hacer una proyección en pantalla grande con la presencia de su directora?

Tuvimos problemas con la traducción de las entrevistas, pues se hablaba de temas que no conocíamos y nos faltaba vocabulario específico, además del expresiones afroamericanas de algunas de las mujeres entrevistadas.

Porque el documental va de esto, de mujeres de color ecolíderes peleando por la preservación de la herencia cultural y medioambiental del East of the River, la orilla Este del río Anacostia, uno de los dos ríos que bordean la ciudad de Washington DC.

Ada y Ángela estuvieron buscando mujeres para entrevistar, pero solo encontraron, para las fechas en que estábamos nosotros, mujeres afroamericanas.

de izq. a dcha.: Ángela Adrar, Laly Díaz, Iantha Gantt-Wright, Ada Vilageliu y Nurisa Rabiah

La idea inicial era que hablasen de los cambios experimentados en el entorno del río, abarcando un arco temporal, desde el pasado, cuando era habitado por su primitivos habitantes, los indios Piscataway, hasta el presente. Mientras que la ciudad se ha ido desarrollando junto al río Potomac, el Anacostia se fue marginando, de tal manera que es ahora uno de los ríos más contaminados de EE.UU.

Esta degradación del río afecta a los barrios de más bajo poder adquisitivo, con un alto índice de criminalidad.

El esfuerzo de mujeres activistas, ecolíderes de sus respectivas comunidades, está intentando revertir este proceso. Ada reunió a algunas de estas mujeres y las entrevistó. Me sorprendió la vehemencia de estas mujeres afroamericanas, el entusiasmo y la energía que proyectan, cada una de una manera distinta.

El documental trenza varias voces, al principio distintas, pero que van convergiendo al final en un mismo mensaje vital y ecologista: recuperar el contacto con la madre Tierra. Los temas que teje son la justicia medio ambiental y el racismo medio ambiental.

Al principio se trataba de grabar algunas entrevistas para un proyecto que dirigía Ángela Adrar, fundadora y miembro de la comunidad de mujeres EcoHermanas



A Ada se le ocurrió ir más allá y rodar un documental. Ya que íbamos a ir en julio a visitarla, aprovecharíamos el viaje para ayudarla a realizarlo. Le pedí a René Martín un equipo de grabación de sonido y Laly y yo nos fuimos para allá con mi cámara.

Coincidió que en estos días se celebraba una reunión de los Black American Indians (indigenas  afrodescendientes) en una iglesia y hacia allá nos fuimos, sin saber yo muy bien de qué iba aquello. Allí estaban indios de varias tribus, cheyenes, cheroquis,  y se realizaron varios rituales, cantado canciones y pronunciado discursos. Todos fueron muy amables con nosotros, nos dieron un pase de prensa, nos bendijeron a la entrada y más tarde muchos quisieron que les entrevistáramos para el documental.




Ángela y Ada nos llevaron a una reserva india cercana, donde una madre y una hija pertenecientes a los Piscataway, cuidaban de un pequeño museo. Nos cantaron varias canciones, a Laly le regalaron un cojín con motivos étnicos  y a mi un colgante con los cuatro colores que representan los cuatro puntos cardinales.

En el documental es curioso cómo la voz de una arqueóloga, que nos habla de esta tribu como si se tratara de una raza extinguida, se mezcla con los testimonios de esta madre y esta hija sobre el destino de sus antepasados, expulsados de la ribera del río por los colonizadores.

En el montaje, a mi me interesaba que los bloques de imágenes (los parques, la contaminación, los puentes que cruzan el río) fueran dialogando con los distintos bloques de entrevistas, con las imágenes de estas mujeres y el timbre y la modulación de sus voces.



Teníamos claro desde el principio que el documental debía empezar con un ritual de purificación en el río y cerrarse con las imágenes idílicas de los Jardines Acuáticos de Kenilworth, en el Parque Anacostia, con la canción con que Maimouna Youssef, nominada a los Grammy, cerró el encuentro de los Black American Indians, y cuyos derechos nos cedió para utilizarla en el documental.



El documental se estrena en el Aguere Espacio Cultural el jueves día 8 de enero de 2015. En facebook hemos creado la página Near the River para ir añadiendo más fotos y comentarios.




domingo, 2 de noviembre de 2014

M. TAURONI, UN CINEASTA AMATEUR DEL PUEBLO


“M. Tauroni, un cineasta amateur del pueblo”, así lo definía su amigo y también cineasta Paco Dorta en una entrevista publicada el 19 de enero de 1977 en un periódico local.




El próximo martes, casi cuarenta años más tarde, la Filmoteca Canaria proyecta tres de sus cortometrajes, rodados en super8 y con sus propios medios durante los ratos y fines de semana que les pedía prestados a su familia, en el espacio privilegiado del Teatro Guimerá, en Santa Cruz de Tenerife, a menos de un kilómetro de la sede de la Asociación Tinerfeña de Cine Amateur (ATCA), el primer piso del Círculo de Bellas Artes, ahora abandonado, donde se proyectaban, en medio de un caluroso público y encendidas polémicas, las cintas de los voluntariosos cineastas amateurs.

Fue este un tiempo polémico y a la vez irrepetible, uno de estos momentos que uno lo vive como histórico (al igual que ahora), cuando la historia personal se cruza con un acontecer colectivo, a la vez impreciso y definitivo.

Yo lo viví en primera persona. Llegué a Tenerife en el mes de diciembre de 1973 y en enero se constituía la ATCA. El mismo día de mi llegada, paseando por la calle Castillo, la arteria de la ciudad, me encontré frente al Círculo de Bellas Artes. Entré y me di de bruces con un ensayo de la obra “La estatua y el perro” dirigida por un Eduardo Camacho eufórico que me presentó a Teo Ríos y a otros cineastas tras comentarle mis actividades en Barcelona.

Me uní enseguida a aquel grupo de entusiastas que iniciaban su camino juntos. Se habilitó la sala de actos para la proyección de películas en super8, se organizaron ciclos con las cintas de los integrantes de la asociación y concursos de cine para atraer a más cineastas amateurs, e intercambios con las películas de otras asociaciones isleñas de cine amateur.

Pero el país estaba cambiando. El régimen se resquebrajaba a ojos vistas y la sociedad civil empezaba a organizarse en la clandestinidad para asumir el cambio. Y el cine iba a ser una herramienta importante para ayudar a consolidar este cambio.

Las proyecciones de los cineastas amateurs, al ser públicas, se ofrecían a su consideración por espectadores y críticos de cine, cuyas opiniones se vertían en las crónicas de los estrenos y de las muestras de cine y en debate acalorados, tanto en la misma sala de proyección, en los coloquios finales, como a través de la prensa, donde algunos comentaristas se escondían detrás de seudónimos.




Algunos cineastas fueron asumiendo una especie de responsabilidad histórica y cambiaron el eje de la cámara para grabar el contraplano. De la visión bonita de las islas (su colorido, las fiestas, los bailes, las tradiciones) al abandono de sus campos y de sus barrios. A partir de un momento dado, no era tan importante la técnica o la estética como los contenidos. Se propugnaba un cine pobre, asumiendo el tercermundismo de las islas, y un cine popular, ligado a los intereses y necesidades de las capas populares. Se miraba mal a los artistas.



Estas discusiones llegaron al seno de la ATCA y se intentó una confraternización, alternando las proyecciones de unos y de los otros, pero la muerte del dictador mientras se celebraba el Festival de Cine de Benalmádena, donde habían sido invitados los componentes del grupo Neura para presentar su mediometraje “Vamos a desenmascarar al padre Manolo, bueno, vamos”, radicalizó ambas posturas.

En Benalmádena coincidieron también algunos de los críticos de cine que escribían sobre el cine canario y allí, durante aquellos días de pausa al interrumpirse las proyecciones, cineastas y teóricos del cine empezaron a hablar sobre el futuro.

Un par de meses más tarde se constituía la Asamblea de Cineastas Independientes Canarios (ACIC), con su propio programa en forma de manifiesto, con su acento puesto en documentar la marginación y la miseria, como algo necesario.

En este mismo año empieza su andadura Manuel Tauroni, en su busca de un lugar propio en medio de aquella trifulca.

Tras unos comienzos titubeantes (La ruta del barranco de Santos, 1975), inicia un acercamiento a los propósitos de la ACIC, aunque manteniendo su independencia. La ACIC, por su lado, incluye algunos de sus documentales en los ciclos de cine que organiza por su cuenta por toda la geografía canaria. Incluso, más adelante, se le pide que intervenga en un cortometraje como actor, interpretando al hombre de la tarjeta de crédito que cree que lo puede comprar todo y seduce a una pobre muchacha de pueblo (“La tarjeta de crédito”, film colectivo, 1977).

Su prioritaria intención era dar visibilidad a la problemática de los barrios de la capital tinerfeña, mostrando sus cicatrices de un modo objetivo: María Jiménez (“Y lo llaman María Jiménez”), Los Lavaderos (“Líneas paralelas”), San Andrés (“Una gaviota llamada esperanza”),  y Los Llanos, sometido a un Plan de Ordenación que cambiaría su fisonomía de un modo radical (“La leyenda de Santa Cruz”).




Este empeño de Tauroni por retratar la realidad que lo rodeaba en aquel momento ha permitido que el paso de los años, y la transformación de la ciudad desde los años setenta hasta la actualidad, haya engrandecido su legado fílmico, convirtiendo sus cintas rodadas sin el bagaje técnico apropiado, fiándose tan solo de su mirada, en documentos imprescindibles de la historia de la ciudad.




La proyección tendrá lugar el martes 4 de noviembre en el Teatro Guimerá y se proyectarán los cortometrajes documentales  "Una gaviota llama Esperanza" (1976), "Y lo llaman María Jiménez" (1976) y "La Leyenda de Santa Cruz" (1977), coincidiendo con la exposición “Filmoteca Canaria 30 años (1984-2014)” en el Círculo de Bellas Artes. La intención de la Filmoteca Canaria, en palabras de su responsable María Calimano, es la de colaborar, en la nueva andadura del Círculo de Bellas Artes, con la proyección de películas y organización de coloquios en la pequeña sala del primer piso que albergó, hace ya tantos años, las sesiones de los amateurs.



lunes, 13 de octubre de 2014

CANARIAS EN CORTO: COSECHA 2014


Este jueves tuvimos la oportunidad de ver en Tenerife los siete cortos que van a formar parte del catálogo 2013-2014 Canarias en Corto, promovido por el área de Cultura del Gobierno de Canarias, una fórmula que ha permitido la distribución de cortos canarios a nivel internacional y su presencia en festivales de prestigio de todo el mundo.



A lo largo de estas nueve ediciones han pasado muchas cosas, la más importante ha sido el desmantelamiento de la ayuda a la producción de películas, tanto de cortos como de largos, de la que se nutría, en una segunda fase, el correspondiente catálogo anual, tras una selección realizada por una serie de expertos, no siempre los mismos.

Durante los últimos años se han ido modificando los requisitos de presentación de los cortos, ya en las bases del catálogo 2010-2011 no era imprescindible contar con una copia en 35 mm., sino que podían presentarse cortometrajes digitales. En esta novena edición ya no es preciso contar con el paraguas de una productora que avale el trabajo, una queja continuada de algunos cineastas, pues cerraba la puerta a otros cortos, quizás más interesantes, pero realizados de forma independiente.

Ya hace un par de años analicé en este mismo blog el catálogo 2011-2012, no desde el punto de la calidad de los cortos, siempre discutible, sino tomados como síntoma de las preocupaciones, tanto temáticas como estilísticas, de los cineastas en activo.

Aunque se presenten como tales, los cortos no representan lo mejor de la cosecha de este año, sino que son el resultado de una valoración, siempre subjetiva, de las personas seleccionadas para ello, en su calidad de expertos. Además, este año quizás la selección no haya sido muy representativa de lo que se ha estado rodando en estos últimos meses, pues solo se habían inscrito 18 cortos, de entre el centenar de cortometrajes anuales que se realizan en el archipiélago.

Muchos cineastas prefieren distribuir ellos mismos sus trabajos. El hecho de que ya no sea necesario enviar los cortos físicamente a los festivales, la existencia de plataformas on-line que facilitan la inscripción y la posibilidad de alojar los vídeos en la nube, le han arrebatado protagonismo a la iniciativa de Canarias Cultura en Red, tan imprescindible en los primeros años.

Otros motivos podrían encontrarse en la desconfianza creciente de los cineastas en los criterios de la elección de los “expertos” y en los propios criterios de los expertos a la hora de seleccionar los cortometrajes. En esta ocasión, las personas elegidas fueron tres cineastas y dos gestores de eventos cinematográficos (uno de Tenerife y otro de Las Palmas), cuya labor ha sido precisamente la de seleccionar cortometrajes.

Las preferencias de cada uno de ellos influye claro está en la elección, y no solo en cuanto a la valoración de las calidades técnicas y artísticas de cada uno de los trabajos, sino en la propia consideración de lo que tiene que ser un corto. Hay quien piensa que la virtud de una película está en contar bien una historia, utilizando los recursos del propio medio, mientras que para otros el cortometraje debe ser un campo de experimentación. Aunar estos dos criterios debería se la labor tanto de críticos de cine como de pedagogos, pero la realidad es que esta dicotomía se está polarizando.

Está claro que también se piensa en los gustos del público, en llenar una sala y contentar a los políticos de turno que han apostado por disponer de un festival de cine como escaparate ante el mundo.

presentación del catálogo en el Espacio Cultural Aguere
   
En aquella ocasión detecté un ensimismamiento de los cineastas, con la puesta en escena de narrativas generacionales: conflictos amorosos, nostalgia del pasado o los miedos inherentes al paso a la madurez y a la integración laboral, que seguramente pesaban sobre una generación de jóvenes realizadores que, tras una década de actividad, empezaban a ser conscientes del paso (y el peso) de los años.

Es muy posible que las expectativas de integración laboral de estos jóvenes cineastas no se hayan cumplido por una crisis que va durando demasiado tiempo.

De este modo, las preocupaciones temáticas de los cortos vistos en el Espacio Cultural Aguere se circunscriben a tres cuestiones relacionadas entre sí: la presencia determinante de la crisis en la propia narrativa,  el descubrimiento de la importancia del contraplano (lo que está al fondo, lo que no se ve), y la presencia de diversos tipos de ensoñaciones (lo que me gustaría que fuese).

El título “El tipo del fondo” explicita ya la temática del inclasificable cortometraje de José Medina, que consiste en la presentación de una serie de fotografías y su posterior deconstrucción. Ese tipo insignificante que habita sin pedir permiso las miles y miles de fotos que se disparan diariamente, se hace presente en la mayoría de los cortos seleccionados.

En el corto de animación “La trompeta”, son los tipos que vemos suicidándose por doquier, el vecino que se cuelga de la lámpara sin que nadie repare en él, o los que se lanzan desde lo alto de las azoteas, al fondo del encuadre, mientras la cámara parece seguir al protagonista en sus idas y venidas por la ciudad. y siempre como de pasada, sin subrayar estas cosas “que pasan” alrededor de uno. Es un detalle macabro que nos hace gracia precisamente porque convivimos con ello.

Los maniquíes de “Plástico reciclable”, elevados a la categoría de protagonistas, no dejan de ser seres inertes a los que nadie mira a la cara, al otro lado del cristal de los escaparates, testigos mudos del deambular cotidiano de consumidores preocupados por su aspecto exterior, y que miran sin ver a los maniquíes.

En este corto, son los seres de carne y hueso los que deambulan cual fantasmas, apenas entrevistos, tipos relegados al fondo del encuadre, o despedazados (una mano, unas piernas), o desenfocados (el basurero, la pareja que se besa).



En el documental “Caballo de mar” la voz del narrador se erige omnipotente, mientras que de su poseedor tan solo entrevemos una mano que duda o mueve las fichas sobre el tablero de ajedrez, mientras las imágenes de los rincones del barco sin bandera se multiplican llenando todos los intersticios del documental, que la intermitencia de una música inmisericorde se encarga de machacar, todo ello para reforzar la idea del extrañamiento del marino sin patria, un tipo del fondo en el que nadie se fijaría, desaparecido no solo del barco sino también desalojado del encuadre. 

En “Golosinas,” resultado de un taller de cine en Los Realejos, lo sabremos al final. Hay un personaje casi insignificante pero que sobrevuela todo el metraje, explicando, si algo había que explicar, los actos del protagonista, y es la presencia de la niña, siempre presente, aunque en el interior del vehículo aparcado frente a la gasolinera, y que el director evita encuadrarla, a pesar de que el corto comienza con el hombre apoyado en la carrocería del automóvil.


Es esta tensión entre lo que el encuadre deja ver y aquello que queda fuera, al otro lado del encuadre, la palanca que moviliza el sentido de un film, de atrás hacia delante, dejando que los significados se vayan enfocando o desdibujando en la mente del espectador, que es donde todo discurre, más allá de lo se ve en cada instante en la pantalla.

Este mecanismo primordial del cine es lo que “El tipo del fondo” pone en escena, dejando al desnudo el engaño, como un truco de prestidigitador sofisticado, mostrándonos algo sin importancia (para el relato) y escamoteándonos lo principal, dirigiendo la mirada del espectador hacia el centro del encuadre, seducidos por la sonrisa de felicidad y satisfacción de aquellos personajes que han alcanzado el cielo (y con los que nos identificaríamos de buena gana), mientras que el verdadero protagonista de la historia es ese tipo insignificante (o sea, yo), desengañado de la vida, sometido a las vejaciones cotidianas de la crisis, impotentes por alcanzar el centro de atención de que gozan los (pocos y guapos) triunfadores que viven en las pantallas mediáticas.

El fondo destaca a veces sobre las imposiciones narrativas del género, como en “Progreso al pasado”, un híbrido entre la comedia, el trhiller y la ciencia ficción, dirigido por Edgar García. Más allá de los chistes fáciles y el buen hacer de un actor, lo importante son las figuras fantasmales que deambulan por los recovecos del encuadre, los chicos que van o vienen del instituto, las malas hierbas enseñoreándose por los patios y los muros desvencijados, la vida cotidiana que bulle, supervivientes del estallido social.



Signo de los tiempos, en estos cortos hay sueños o ensoñaciones que tratan de poner fronteras al deterioro personal y frenar el advenimiento de la locura, una forma de vencer el desánimo (como ir al cine, por ejemplo). “Progreso al pasado” nos sitúa en un futuro distópico donde el euro es un recuerdo de la Arcadia perdida, y en el que reconocemos buena parte de nuestro presente. Un final sorpresivo que no desvelaré nos enfrenta a un futuro no tan solo inscrito en el presente narrativo sino que se configura como la pesadilla del presente del espectador actual.

“Un día cualquiera”, el último cortometraje de Nayra Sanz, comienza con la descripción de un mal sueño que la protagonista intenta explicitar a su pareja, un sueño que, como casi siempre ocurre en el cine, tendrá relación con el mal que devora a la mujer.

En “La trompeta”, el músico venido a menos rememora los tiempos gloriosos, a partir de las fotografías colgadas en las paredes. De alguna forma, esta trompeta que le han regalado tiene la facultad de convertir en presente aquel pasado recordado (lo que hace el cine).

La tensión entre lo que se muestra y lo que se sugiere es también la base de “Un día cualquiera”, expresado aquí de una forma extrema, y que dio pie, off de records, a una discusión apasionada sobre la falta de ética en el tratamiento argumental y visual de la bulimia, la enfermedad que aqueja a la protagonista de este corto que transcurre, fiel a su título, durante una jornada, desde el despertar de la protagonista hasta la noche.

Durante la primera mitad del corto se nos describe a una mujer con una gran inseguridad emocional, que sugiere un grave trastorno sin mayores explicaciones.

La primera imagen del film es su rostro recostado en la cama. Es un plano largo, que nos permite asomarnos a la palidez de la cara, a su mirada perdida, a las ojeras que se hunden en un rostro sin embargo hermoso.  Es una imagen que nos trae el recuerdo de las mujeres soñolientas y sensuales de la pintura del XIX, aquejadas de misteriosas enfermedades.



Esta ambigüedad del comienzo, tan estimulante, choca violentamente con un plano secuencia que describe de modo totalmente explícito el episodio más característico de la bulimia, obligándonos a contemplar cómo la mujer come compulsivamente y sin control durante varios minutos y cómo acto seguido, sin corte alguno,  se provoca una serie continuada de vómitos de gran aparatosidad sobre la taza del váter. Es un plano con una clara intención provocativa, que actualiza el debate sobre la ética de la mostración de la barbarie, ahora que los nuevos bárbaros dinamitan el buen rollo de las redes sociales mostrando decapitaciones en directo.

A estas alturas, ¿es suficiente sugerir el vómito o necesitamos que el plano dure lo necesario para que llegue a ser desagradable y, fascinados ante lo innombrable,  no podamos apartar los ojos?

Quizás, a fin de cuentas, el corto no nos hable de la bulimia sino de otra cosa, la bulimia como metáfora de la condición humana en tiempos de crisis, esa crisis de identidad que llevamos años sufriendo sin ser conscientes de ello, y de la que la crisis actual, social y económica, nos ha despertado.

Otro tema es el del abuso en la utilización de los actores, más allá de sus habilidades como comediantes, obligándolos a recrear, sin ningún truco por medio, la vida misma, donde la ficción se tropieza con lo real, en la huida de algunas películas del exceso de lo virtual.

Recuerdo las declaraciones de las dos actrices de “La vida de Adele”, quejándose de la tortura del rodaje de las escenas de sexo, que se alargaron durante una semana entera, en la búsqueda personal del director del film de un atisbo de verdad entre tantas repeticiones. Y sin embargo, allí a las actrices se las proveía de prótesis como barrera, para que no experimentaran una verdadera excitación, mientras que en “Un día cualquiera” la actriz se atracaba realmente de comida y acto seguido se provocaba ella misma el vómito ante la cámara.